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Domingo 01 de Noviembre de 2015

Los intelectuales como testigos de su tiempo

En su libro póstumo, Las tormentas del mundo en el Río de la Plata, el historiador Tulio Halperin Donghi hace un recorrido sobre el pensamiento de los intelectuales del siglo XX.

Para hacer una nota sobre un libro de Tulio Halperin Donghi hay que saltear varios obstáculos, primero leerlo hasta el final, luego comprenderlo, por último reseñarlo sin caer en la tentación de imitarlo y escribir algo que se pueda entender con facilidad, pero que muestre la complejidad de sus planteos. Las tormentas del mundo en el Río de la Plata, libro póstumo del autor de Revolución y guerra, hace un recorrido por la historia intelectual rioplatense y argentina de lo que Eric Hobsbawm llamó el corto siglo XX. Más específicamente puede sintetizarse como la historia del vínculo entre intelectuales y política, analizados en tanto observadores participantes de los cambios sociales y políticos. Este término está tomado muy libremente de la antropología, y uno de sus iniciadores fue Bronislaw Malinowski, que investigó a los habitantes de las Islas Trobriand, en Oceanía y llegó a la conclusión de que si quería tener una mirada lo más cercana a la realidad de esa sociedad, tenía que convivir con ellos. El investigador entonces se veía generando lazos y vínculos con su objeto, opuesto a una forma de estudiar los fenómenos sociales desde una distancia que concebía a los hechos sociales como cosas.

El intelectual que se dedica por oficio o vocación a estudiar la realidad social, económica cultural o política de su tiempo tiene cierta distancia de su objeto, pero a la vez está necesariamente involucrado con él.

De algún modo el hilo narrativo que propone Halperin Donghi en Tormentas… es la lenta caída de la figura del intelectual con cierta incidencia en la cosa pública, como legitimador o cuestionador del poder. Su rol estaba claro en el período inmediatamente precedente al inicio del libro: durante el régimen oligárquico ofrecía con sus saberes y su distancia "objetiva" de la sociedad un plus de legitimidad a un régimen que no la tenía a través de las urnas.

El principio del fin de ese rol empieza con la primera experiencia democrática, acaudillada por Hipólito Yrigoyen, quien mantendrá desde el principio una actitud de indiferencia frente a quienes estaban acostumbrados a tener un papel protagónico en el poder político hasta ese momento. Este es el inicio del libro, con tres actores que toman actitudes distintas frente a esta nueva realidad: Palacios, Lugones e Ingenieros. El primero era un ser anfibio que circulaba tanto en la política como en la vida intelectual, y finalmente se decide por dedicarse de lleno a la política por el resto de su vida. El segundo es el que más sufrió este aislamiento del poder y la falta de auditorio, lo que lo lleva a proponerse como ideólogo del ejército, a tono con la ola autoritaria que estaba emergiendo en el mundo occidental. Finalmente Ingenieros buscó referenciarse en los jóvenes intelectuales radicalizados de la década del 20 como una suerte de "maestro de juventud". De esta manera los dos últimos asumieron una actitud más positiva que Lugones, cuyo trágico final, según Halperin, tuvo que ver en parte con la centralidad política perdida para el mundo intelectual, y de la cual el poeta no pudo reponerse.

Los siguientes ensayos estudian en cada capítulo a distintos intelectuales, haciendo un cruce entre sus biografías y su pensamiento. Todos ellos están atravesando un país y un mundo que está cambiando desde la Primera Guerra Mundial, y con la crisis económica que estalla en 1929.
Empieza por monseñor Franceschi, alguien que formaba parte de la jerarquía eclesiástica, pero adoptó un rol distinto del religioso y se convierte en un intelectual de la Iglesia Católica. Fue el promotor y primer director de la revista Criterio, una de las más destacadas publicaciones culturales y políticas de la Argentina del siglo XX, y que reunió lo más destacado de una intelectualidad católica que empezó a ser gravitante en la política argentina en la década del 30.  Franceschi había sido uno de los impulsores de la doctrina social de la Iglesia, y se veía a sí mismo como precursor de la necesidad de organizar al movimiento obrero en sindicatos, tarea que Juan Domingo Perón estaba realizando desde el Estado.
Le sigue Eduardo Mallea, del que analiza las tribulaciones metafísicas expresadas en sus textos, acerca de una Argentina superficial y frívola que se opone a la “auténtica” y profunda. Mallea  en sus escritos expresa una angustia existencial muy honda por los cambios que está viviendo la sociedad argentina, en una actitud de “observador distante”, que no se considera involucrado en el proceso, y forma parte de la “Argentina invisible” que conserva una personalidad firme y auténtica, opuesta a la falsedad de la “Argentina visible”.
Los otros capítulos se dedican a la generación siguiente que tuvieron evoluciones ideológicas  distintas a los anteriores. Es el caso del uruguayo Carlos Real de Azúa cercano a la derecha católica en la década del 30, y cercano a la izquierda literaria en los 60. Real de Azúa es el único no argentino de los intelectuales que estudia Halperin en una misma clave que los otros: testigo de un mundo que cambia, y de Uruguay que va perdiendo su  prosperidad e igualdad social, fruto de las políticas reformistas llevadas a cabo a principios del siglo XX por José Battlle Ordóñez. La angustia frente a este cambio da como resultado la obra de un intelectual que se puede considerar uno de los creadores de la ciencia política moderna en el Uruguay y el Río de la Plata.
Así vamos llegando al capítulo dedicado al principal maestro del autor: José Luis Romero, el historiador que revolucionó la historiografía argentina y latinoamericana y que paradójicamente se especializó en historia antigua y medieval europea. Precisamente el padre del conocimiento histórico académico actual no tuvo como especialidad académica la historia argentina y latinoamericana. Sin embargo, en la lectura halperiniana fue quien desmontó el edificio historiográfico creado por Bartolomé Mitre, quitándole a la Argentina su pretendida particularidad, subsumiéndola en la más amplia historia latinoamericana. De esta manera Romero, acusado por los revisionistas como “liberal”, en la óptica de su discípulo es en realidad el primero que rompe con la idea de que Argentina tiene una historia y un destino más semejante a Europa que a Latinoamérica.
Otra paradoja que señala es que el inspirador de las corrientes más académicas de la actualidad hizo sus trabajos sobre historia argentina y latinoamericana en ámbitos y con fines extraacadémicos, tanto de militancia como editoriales. También fue, en palabras de Halperin, un observador participante de su tiempo, un militante del socialismo, que padeció la expulsión de los ámbitos académicos durante el peronismo, retornó con su caída y revisó a posteriori su posición negativa frente al movimiento de masas.

El último retrato del libro es el de Raúl Prebisch, el fundador de la Cepal, creador de una teoría explicativa del desarrollo económico latinoamericano, y generador de una escuela de economistas que fue muy influyente desde los años 60 hasta los 80. La biografía del economista la inicia desde su época juvenil siendo uno de los egresados de las primeras camadas de la facultad de ciencias económicas de la UBA,  y su desempeño en la oficina de estadística de la Sociedad Rural Argentina. Desde ese lugar empieza a plantearse la necesidad de que el Estado regule la actividad empresaria, ya que ésta se resiste a cambios que ayudarían a enfrentar las crisis y los peligros latentes de rebelión del proletariado. Y así lo vemos iniciarse como funcionario estatal con el golpe del 30, generando instituciones perdurables como el Banco Central, reformas impositivas y otros organismos estatales o mixtos que tenderían a regular la economía en plena crisis.
Otro golpe, el de 1943, va a terminar con esta trayectoria estatal y el economista trabajará para Naciones Unidas, que lo catapultará como un especialista de renombre mundial, a partir de la creación, en 1949, de la Comisión Económica para América Latina (Cepal). Desde ese lugar Prebisch elaboró su teoría  que divide las economías mundiales en centrales y periféricas, éstas básicamente proveedoras de materias primas y aquéllas altamente industrializadas. La propuesta es la de llegar a un equilibrio en que las economías periféricas alcancen la industrialización de las centrales. La biografía pública del personaje le permite narrar otra historia, que es la del Estado, y sus agentes “técnicos” e intelectuales, que podían pensar en la regulación del capitalismo a partir de instituciones y burocracias, desde la segunda posguerra hasta los 70. Aquí, más precisamente con la crisis del petróleo de 1973, empieza la debacle de ese Estado de Bienestar que parecía haber resuelto las aristas más injustas del orden capitalista. En esa última crisis empieza a avanzar el neoliberalismo, que a la muerte de Prebisch (1986) aún no había logrado su consagración, que llegó de la mano de la caída del muro de Berlín y de la implosión del socialismo real. La máxima creación institucional de Prebisch dejó de ser la usina intelectual de otrora y se convirtió en una oficina de estadísticas. Aquí el historiador parece considerar que el neoliberalismo no se fue, o al menos  los Estados no recuperaron sus capacidades de acción y el pronóstico se presenta como de una sombría incertidumbre.
En síntesis, Tulio Halperin Donghi escribe una historia intelectual con algo de autobiográfica, donde el centro es la mirada y las sensibilidades de estos particulares actores. Pero se va deslizando hacia una historia más general de la sociedad y política argentina, al punto de desaparecer en su narrativa tanto las biografías individuales de los intelectuales que trabaja como su propia autobiografía. Se podrá criticar la presencia de algún escritor y la ausencia de otros, se podrá decir que en su libro están ausentes los sectores populares y los intelectuales que pudieron surgir de allí o se vincularon políticamente a ellos. Pero es un libro para pensar con detenimiento acerca del lugar de los intelectuales en la actualidad, de las incertidumbres del presente y del futuro, y que nos moviliza a leer nuevamente escritores y ensayistas que trataron de dar respuestas a un mundo que estuvo en permanente cambio. Esas respuestas no son “enseñanzas” para nuestro presente pero pueden darnos una pista de lo que está ocurriendo, precisamente por lo que por momentos esos intelectuales no pudieron ver de su propio tiempo.

El hombre que hizo historia

Tulio Halperin Donghi nació en Buenos Aires en 1926, en el seno de una familia mixta. Su padre Gregorio Halperin era de origen judío, profesor de latín y sobrino del notable escritor Alberto Gerchunoff. Su madre, Renata Donghi, era genovesa, profesora de literatura  y  de familia católica.
Hizo la secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires y cuando terminó empezó sus estudios de química en la Facultad de Ciencias Exactas, que abandonó rápidamente, para pasar a la carrera de derecho. Él mismo dijo que tampoco le interesaba mucho esa carrera y que la hizo por insistencia de su padre, porque ya le interesaba la historia, que luego estudió y terminó. Hizo estudios de posgrado en Francia con Fernand Braudel y retornó a la Argentina, donde empezó a dar clases en la UBA y la UNL desde 1955, y en 1957 fue decano de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Escribió desde muy joven en el diario La Nación y en la revista Sur. Participó,  junto con los hermanos Viñas, Juan José Sebreli, Ramón Alcalde y otros de la mítica revista Contorno.
En 1966 se exilió y trabajó en Uruguay, Oxford y finalmente en Berkeley, volvió con frecuencia en la apertura democrática de 1983 a dictar cursos, conferencias y charlas, y venía especialmente a Rosario, donde tenía amigos y colegas con los que se encontraba en cada regreso. Murió el 14 de noviembre de 2014, a la edad de 88 años, produciendo casi hasta último momento y viajando por sus actividades académicas.
Escribió entre otros libros: Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla (1972), Una nación para el desierto argentino (1982), José Hernández y sus mundos (1985), La larga agonía de la Argentina peronista (1994), Son memorias (2008), Recuerdos e impresiones personales y El enigma Belgrano: un héroe para nuestro tiempo (2014).

Un gran maestro

Los estudiantes de historia lo odiamos cuando nos dieron a leer Revolución y guerra, un libro sobre la Revolución de Mayo cuya narrativa se nos hacía incomprensible a primera lectura. Protestamos frente a nuestros profesores pidiéndole bibliografía alternativa, hasta que terminamos encontrando la clave para leerlo. Su estrategia era abrir permanentemente interrogantes, iluminarnos con paréntesis interminables y también revelarnos gracias a una pésima gramática las dificultades de conocer el pasado. A partir de eso empezamos a quererlo como un maestro y desear conocerlo para preguntarle por qué escribía así y cuáles eran sus bases teóricas. Indefectiblemente esas eran las preguntas que le hacía algún estudiante novato cada vez que venía al salón de actos de la Facultad de Humanidades a ofrecer su conferencia anual. La pregunta era contestada brevemente y con un fino sentido del humor, ante la mirada sobradora de los estudiantes más viejos, que ya la conocían.
Pero en sus conferencias descubríamos que su oralidad enriquecía su relectura, allí se veía mucho mejor su escepticismo, y su involucramiento con el pasado en el momento que lo relataba. Al mismo tiempo el tono burlón e irónico que desplegaba, a veces excesivamente, nos distanciaba de ese pasado haciéndolo ver como un relato que si opera en el presente no lo hace producto de una vigencia simplona y evocativa.
La academia, en la que ocupaba un rol central, tampoco escapaba a sus invectivas y desmitificaciones. En los tardíos 80, cuando muchos de los que estudiábamos pensamos seriamente en emigrar, vimos un cartelito en la Escuela de Historia que anunciaba una conferencia para estudiantes y docentes sobre las posibilidades de tener becas de posgrado en Estados Unidos. Imaginamos una charla técnica de cómo aplicar la beca deseada y nos encontramos con alguien que se dedicó durante dos horas a explicarnos que las universidades norteamericanas eran intelectualmente berretas y que la mejor manera de conseguir una beca era siendo mujer y llevando una buena minifalda. Su presencia generaba un clima muy particular en los ámbitos académicos, que el se ocupaba de desarmar a veces con crueles ironías hacia quienes le mostraban signos de veneración y deferencia.
Dicen que Oscar Terán dijo una vez que Halperin era para los historiadores lo que Borges para los escritores. Y sí, después de leerlo es muy difícil no quedar atrapado en alguna oración subordinada que nos sugiere un tema de investigación. También resulta difícil sustraerse a la tentación de imitar su forma de escribir, pero lo que en él tiene origen en un pensamiento complejo, en muchos otros es simplemente arrogancia y mala escritura.

M. G
 

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