El Mundo
Viernes 11 de Noviembre de 2016

Los dos populismos: diferencias y similitudes

El fenómeno Trump ratifica que la llegada de populistas al gobierno —o a posiciones muy competitivas en los sistemas políticos— se ha vuelto común también en el mundo desarrollado. A los Maduro y los Putin en los países emergentes se suman ahora en el mundo desarrollado Trump y, apenas un escalón por debajo, Marine Le Pen (¿próxima presidenta de Francia?), y, a su izquierda, Alexis Tsipras (en su primera y breve etapa), Pablo Iglesias y el inclasificable Beppe Grillo. Europa oriental —Polonia, Hungría— va "en la otra tabla".

El fenómeno Trump ratifica que la llegada de populistas al gobierno —o a posiciones muy competitivas en los sistemas políticos— se ha vuelto común también en el mundo desarrollado. A los Maduro y los Putin en los países emergentes se suman ahora en el mundo desarrollado Trump y, apenas un escalón por debajo, Marine Le Pen (¿próxima presidenta de Francia?), y, a su izquierda, Alexis Tsipras (en su primera y breve etapa), Pablo Iglesias y el inclasificable Beppe Grillo. Europa oriental —Polonia, Hungría— va "en la otra tabla".

La causa es muy conocida: los efectos negativos que en estas sociedades desarrolladas trae la globalización, poco compatible con el modelo de Economía del Bienestar construido luego de la 2a. Guerra. Su erosión causa una legión de "perdedores" en naciones que hasta hace poco eran las únicas a las que se llamaba "industrializadas". Así se designaba al G-7, portentoso gremio de los grandes países ricos (sinónimo entonces de industrializados) donde no figuraban ni de casualidad China o India. Asia es precisamente la otra cara de estas pérdidas traumáticas. Con mucha menos atención de los medios occidentales, que son los que aún marcan la agenda global, en pocos años entre 500 y 1000 millones de asiáticos pasaron de la supervivencia a la clase media. Los "blue collars" de Ohio y Michigan, aquel electorado demócrata histórico que el martes votó a Trump (ver págs. 28 y 29), han sido sustituidos por trabajadores que cobran 5, 10 ó 20 veces menos, dependiendo de adónde se haga la "deslocalización". Pero el proceso de encarecimiento progresivo del trabajo y de paralela mejora de la calidad de vida que se vio en Occidente se repite hoy en la costa china, donde las fábricas llegan a pagar en la ciudad de Guanzhou salarios que ya superan los 8.000 dólares anuales. Por esto se verifica una segunda ola de deslocalización hacia el interior chino, a otras naciones asiáticas como Bangladesh y Vietnam, e incluso al Africa. La deslocalización está dando así la vuelta al mundo.

Desde el punto de vista de los sistemas políticos, el autoritarismo emergente, a lo Putin, Maduro o Erdogan, siempre será una amenaza mucho más cruda y directa a las libertades y a la calidad de la democracia —que ya no existe más en los países que dirigen— que la amenaza potencial que representan los populistas "de Primer Mundo". El súbito cambio de tono de Trump, de pronto serio y conciliador, desde la misma noche de la victoria señala esa diferencia. Su propio partido, por cierto, le marca los límites.

¿Pero a mediano o largo plazo existe el riesgo de que el mundo desarrollado repita el modelo autoritario emergente? La respuesta parece ser que por ahora no, porque el diseño constitucional liberal, de balance y división de poderes que tienen estos países frena esa tendencia autoritaria. Ahora, si el retroceso relativo de estos países se sigue profundizando, algo que hoy parece seguro —sobre todo en Europa— la respuesta podría ser muy diferente en poco tiempo. Hay que señalar que estos países siguen siendo abismalmente más ricos y con un nivel de bienestar general que los "emergentes" no pueden ni plantearse. Y que EEUU, a diferencia de Europa, no sólo sufre la globalización, sino que la protagoniza y le saca provecho.

Pero Trump es apenas el primer aviso de peligro. El próximo llegará muy pronto, en abril y mayo, con las presidenciales de Francia.

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