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Domingo 21 de Junio de 2015

Los dos Murakami

Obras como Tokio blues, El pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla o el recientemente aparecido Hombres sin mujeres lo han convertido en un auténtico best seller. Su calidad literaria, sin embargo, continúa en discusión.

Haruki Murakami (1949) es un escritor escindido. Su obra ha sido expuesta a análisis en extremo antagónicos. No son muchos los escritores contemporáneos con los que sucede esto: adentrarse en el análisis de su literatura es experimentar una sensación inquietante. Los vaivenes de opinión pueden generar en el lector la sensación de estar en medio de una cinchada: sus fieles seguidores, de un lado, acusados por el bando contrario de pretenderse hipsters o cool por llevar bajo el brazo un libro de Haruki; y del otro, sus opositores, quienes acusan al nipón de ser un mero producto editorial y —como mucho— un best seller fino.
Dice, por ejemplo, la escritora Carina Radilov: “Leer a Murakami me sumerge en una atmósfera peculiar hecha de sosiego, incertidumbre y, permítanme la vaguedad: entrega. Me entrego al devenir de la novela para impregnarme de las cualidades y de los yerros de los personajes murakamianos, tan alejados de mi entorno y tan entrañables, al mismo tiempo. Me fascina de esos personajes que sean capaces de entregarse también, plenamente, a secuencias de eventos extraños, a caballo entre la conciencia y la supraconciencia, atentos a las señales de los otros mundos que orbitan sobre ellos (…) Estar en el trabajo o en un sitio al que deba concurrir por obligación y pensar, regocijada, pero tengo a medias Baila baila baila o Tokio blues o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Afortunada de mí, aún no he leído ni un cuarto de lo que este japonés corredor ha escrito”.
Desde el otro lado, responde el escritor y periodista venezolano Albinson Linares: “Lo que más me gusta de Murakami es el tercer libro de la trilogía de la Rata, es decir, La caza del carnero salvaje. En esta novela Murakami alcanza cotas sorprendentes de intertextualidad, además su narrador nos toca con juicios y situaciones enloquecidas como cuando desde una limusina puede llamar a una línea para hablar con Dios. Obviamente, cuando lo hace, una contestadora le pide que deje un mensaje. Después me han gustado de manera intermitente Sputnik, my love, Kafka en la orilla y Tokio Blues. Detesté, por ejemplo, Al sur de la frontera y Crónica del pájaro..., ¿por qué? por la sencilla razón de que Murakami se da el lujo de firmar novelas a las que les sobran páginas. No existe concisión, hay tramas irrelevantes y se exagera con el recurso de abandonar a los protagonistas para centrarnos en detalles raros o larguísimas disquisiciones acerca de ciertas obsesiones que no pertenecen a la novela. Por supuesto que, en general, el nivel de Murakami es alto, un best seller que le plantea notables exigencias al lector pero carece de la sencillez y los giros bizarros que convertían a sus primeras novelas en algo inolvidable. Tú no leías Murakami para enterarte de los problemas de Japón, lo leías porque lograba mostrarte que los problemas del ser humano son universales estés donde estés y las respuestas a esos dilemas residen adentro de ti. Eso, se ha perdido”

Hombres sin mujeres

La espina dorsal del reciente libro de Murakami Hombres sin mujeres (Tusquets Editores, 2014) es un reflejo cabal de su título, que no se presta a dobles lecturas. Los siete relatos que lo componen hablan de los diferentes modos de ausencia del género femenino en la vida de algunos hombres. O, quizá, de cómo esos hombres se sobreponen, luchan o son derrotados por esas ausencias.
Una de las críticas a la obra de Murakami es la reiteración de ciertas estructuras y trucos narrativos. Pocos años atrás, Grant Snider ilustró para The New York Times los elementos recurrentes en la obra de este escritor. Sus lectores saben —intuitivamente algunos, o en un nivel mayor de conciencia otros— que en su obra siempre hallarán gatos, alguna mujer misteriosa, personajes con nombres inusuales, víctimas de depresión o aburrimiento urbano, viejos discos de jazz, poderes sobrenaturales, llamadas misteriosas, algo que desaparece, sexo fuera de lo común...
En cuanto a la aparición de felinos domésticos, mascotas preferidas del escritor, el periodista y docente Rubén Fraga recuerda: “Descubrí a Murakami hace varios años, gracias al querido y recordado Gary Vila Ortiz. Yo acababa de escribir una contratapa en el diario El Ciudadano sobre la particular relación que entablaron muchos escritores con los gatos y Gary me llamó para recomendarme una novela cuyo personaje poseía el don de hablar con ellos: Kafka en la orilla. Fue amor a primera vista. Desde entonces, Murakami —quien adora a los gatos y residente en Hawai. ¿Las referencias nacionales (y universales) surgen como trazos propios de su escritura o son gestos impostados, artificiales? ¿Hay una búsqueda de complacer al lector (y/o al mercado) occidental o se escribe con lo que se es, léase, un escritor oriental, traductor de grandes autores occidentales, inmerso en una cultura de fuerte influencia americana? El mismo narrador inclusive ha reconocido la influencia que las traducciones de Carver, Scott Fitzgerald o Irving han dejado en su escritura. Cabría analizar si logra, luego, ir más allá de estas influencias. Si puede generar o proponer con ellas —y a partir de ellas— nuevas formas, giros, estructuras, etilos…
Verónica Laurino, escritora y bibliotecaria, destaca las reminiscencias orientales en la obra de Murakami: “Una amiga me prestó Kafka en la orilla y me enamoré. Luego leí y compartí todos los demás con ella. En la Biblioteca Argentina empezaron a comprarlos por sugerencia nuestra y de otros lectores y vimos cómo Murakami formaba  una especie de cofradía de lectores devotos. Pero también debo reconocer que me fui cansando y algunos libros no los terminé porque me resultaban demasiados complicados y alargados. Creo que es un autor que abre al amor oriental y así también comparte esa realidad fantasmagórica con Banana Yoshimoto,  Kenzaburo Oé, Kazuo Ishiguro”.
Benito Elías García Valero, por su lado, analiza en su tesis doctoral las diferentes concepciones acerca de la literatura entre Murakami y otros escritores japoneses como el Nobel Kenzaburo Oé y apunta: “La disparidad del éxito crítico y comercial existente entre Oé y Murakami se debe a diferentes concepciones sobre la literatura. Mientras que Oé seguiría convencido de la necesidad de aplicar métodos estructuralistas y teóricos para generar obras de calidad, Murakami opta por acudir al  imaginario colectivo popular japonés y global para hacer llegar su mensaje al  mayor número de lectores posible,  descuidando teorías literarias y narratológicas de renombre intelectual en pro de una eficiencia imaginística y social”.

El escritor, el corredor,
el del consultorio online
tanto como lo hicieron Cortázar, Borges, Hemingway o el Gordo Soriano— me atrapó con su estilo mágico, onírico, surrealista. Me cautivó su literatura laberíntica, que habla de la alienación y la soledad, en la que nunca falta un gato (mágico, como todo gato) y que nos invita a viajar a través del tiempo o de mundos paralelos. Textos que navegan entre la realidad y los sueños, cuya banda sonora son, por ejemplo, clásicos del jazz o de los Beatles. Luego vinieron a mi encuentro Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; Tokio blues; Sputnik, mi amor; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Baila, baila, baila; After Dark... En mi alienada existencia, con poco tiempo para el disfrute, aún no me animé al voluminoso IQ84, pero no pierdo las esperanzas de poder hacerlo en breve, para disfrutarlo lentamente, como a un buen vino. Es que, como señala Rodrigo Fresán: «Los textos de Murakami siempre parecen estar dirigiéndose única y exclusivamente a quien en ese momento los lee y experimenta la extraña nostalgia de algo que no se vivió pero, de pronto, se recuerda»”.
En Hombres sin mujeres también pueden encontrarse numerosos elementos de los enumerados por Grant Snider. En el cuento Scherezade, por ejemplo, una mujer visita a un hombre para proveerlo de víveres ya que por una razón no muy clara, el hombre no puede salir de su casa. Cada día Scherezade —así la llama él, que no sabe demasiado sobre su vida y ni siquiera su nombre— va a la casa de Habara, reorganiza los alimentos, repone los que faltan y confecciona una nueva lista para el supermercado. Después se aproxima naturalmente hacia el cuarto, de la mano del cautivo, donde hacen el amor “como arrastrados por una corriente marina invisible”. Dice el narrador: “practican el sexo como si colaborasen para despachar una tarea impuesta”. Luego se quedan tumbados en la cama y la mujer le relata historias que, a la manera de su homónima de Las mil y una noches, deja inconclusas hasta su próxima visita. En uno de esos relatos Scherezade le cuenta con absoluta naturalidad que en su vida anterior fue una lamprea. Las lampreas son especies de anguilas sin mandíbulas que viven como parásitos, adheridas a las truchas. A Habara no le importa si esas historias son reales o inventadas, porque Scherezade posee una destreza que hace que el oyente se olvide de la realidad que lo rodea. Eso sí, si por alguna razón el vínculo con la mujer se cortara —aclara el narrador—, Habara perdería contacto con el mundo exterior, “se quedaría abandonado en una isla desierta”. Aunque eso a Habara no lo asusta, de hecho está acostumbrado a estar solo: “No se trata de eso, sino de que yo mismo soy una isla desierta” reflexiona el personaje.
En una entrevista publicada hace unos meses, Murakami analiza a Habara y su misteriosa reclusión: “Es un hombre que ha experimentado un punto de inflexión irrevocable en su vida. ¿Fue una inflexión moral, legal, simbólica o psicológica? ¿Lo hizo voluntariamente o alguien lo obligó? ¿Está satisfecho, o no, con los resultados? No sé la respuesta a estas preguntas. Sin embargo, en el instante en que dio vuelta la esquina, él se convirtió en una «isla desierta». Las cosas no volverán a ser como antes, no importa lo que él haga. Creo que este es el aspecto más importante de la historia”, reflexiona y luego opta, ante la pregunta de preferir ser una isla o una lamprea: “Una lamprea, por supuesto”.
Quizá esa opción explique lo que en algún momento se le ha atribuido en tono acusativo. Se lo ha señalado a Murakami de ser un “topo de la literatura”. Pero él no se inmuta y afirma su interés por las buenas historias —sin importar su origen— y su involuntario mecanismo de absorción: “Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas para establecer una comunicación directa con los lectores. Si yo tomo como título de un libro el de una canción de los Beatles, como en mi novela Norwegian Wood (en castellano, Tokio blues), sé que a muchos eso les va a sonar y ya así se crea algún nexo entre nosotros. A la vez, la cultura pop es como el agua, y con algo tan simple como abrir la canilla podemos tomarla para nutrirnos. Es tan imposible escapar de ella, como del aire que respiramos”
Según el autor, el título de este reciente libro, Hombres sin mujeres, surge “igual que una semilla transportada por el viento que se asienta y crece en el campo”. El nombre, que refiere directamente a un libro de Hemingway, sencillamente ocupó su mente y desde allí las historias fueron surgiendo, atraídas por ese hilo conductor: los hombres que viven la ausencia de sus mujeres, el abandono, la muerte o la falta.

¿Es japonesa la literatura escrita por un japonés?

La pregunta podría abrir un panorama difícil de resolver en pocas páginas. En Japón se lo acusa a Murakami de “apestar a mantequilla” es decir, de estar demasiado americanizado.  Por otro lado, el crítico Masao Miyoshi sostiene que Murakami no muestra a Japón en sus libros, sino la idea de Japón que tienen los lectores extranjeros. No es nada nueva la disparidad de opiniones acerca de este aspecto en la obra del escritor nacido en Kioto. En cada uno de los cuentos que componen Hombres sin mujeres existen numerosas referencias musicales y literarias. El relato Drive my car, por ejemplo, cita en su nombre la primera canción del álbum Rubber Soul, de los Beatles. También hay guiños al jazz, a Kafka —en el relato Samsa enamorado— y a Las mil y unas noches —en el relato Scherezade—.
Hay quienes acusan a Murakami de utilizar estas referencias como modo de complacer al lector occidental y de escribir con los mismos códigos narrativos que los de un best seller. Inclusive David Viñas ha analizado el libro del escritor japonés ¿De qué hablo cuando hablo de correr? en términos de “autoayuda”. Pero las opiniones sobre este novelista, como mencionáramos al principio del artículo, se oponen de manera antagónica.
Afirma el escritor y licenciado en letras Francisco Cascallares: “Lo que más me llama la atención de Murakami es su dimensión de cuentista. Murakami es un excelente novelista, al menos casi todo el tiempo; en cambio, como cuentista, algo ocurre a otra escala: tiene un genio (como Hemingway, como Cortázar). De sus pocos libros de cuentos, prefiero por mucho The Elephant Vanishes, que sigue, incomprensiblemente, sin traducción al español (salvo por un cuento, Sleep). De hecho, The Elephant Vanishes tal vez sea uno de los mejores libros de cuentos jamás escritos. Contiene desde cuentos extrañísimos y ambiguos como The Wind-Up Bird and Tuesday’s Women hasta cuentos perfectos como The Second Bakery Attack, Sleep, Lederhosen o TV People, donde siempre está vibrando lo extraño, lo inasible, y la irrealidad que acecha justo por fuera de nuestra noción cotidiana de realidad y seguridad”.
“Es difícil, antes de Murakami, imaginar que podían contarse historias como estas. La manera en que una situación cualquiera, sencilla, instalada en el centro de lo más cotidiano, en el lugar más común de todos, empieza a resonar de a poco con vibraciones ambiguas, misteriosas, cada vez más ominosas, que vienen de cosas lejanas, alguna vez sumergidas, cada vez más inminentes, hasta que todo lo inasible de la realidad —el inconsciente, la memoria, la experiencia real, la identidad— queda en riesgo. Narraciones absolutamente accesibles, como si evitaran cualquier forma de pretensión literaria, que por una extraña circunstancia de esa misma modestia la alcanzaran de lleno, muy al estilo japonés”.
“El problema de leer a Murakami en español es que se lee algo que no es Murakami. Las publicaciones se lanzaron fuera del orden de escritura, y empezar a conocer a Murakami leyendo Kafka en la orilla no tiene ningún sentido: uno lee como genial un libro tardío, que es la repetición cansada de todo lo que sí descubrió, intuyó y construyó un Murakami mucho más inspirado y real en sus primeros siete u ocho libros. Si aún no han leído a Murakami, o no mucho, hay dos opciones mucho mejores: empezar con todos sus primeros libros hasta Sputnik, mi amor (siguiendo las fechas de publicación en inglés) o empezar con cuentos sueltos de Sauce ciego, mujer dormida (que recopila 20 años de su escritura, desde su primer cuento) y luego seguir con todos sus primeras libros hasta Sputnik, mi amor”.
En cuanto al Murakami maratonista, mucho también se ha analizado al equiparar esta disciplina con la escritura y lo que el deporte representa en Japón: ante todo sacrificio y poder de superación. Murakami decidió dedicarse a la escritura a los 29 años. Luego, no se detuvo. Lo mismo sucedió con el running, que comenzó a practicar a los 33, para no parar jamás. “No soy un humano. Soy una pura máquina. Y como tal, no tengo que sentir nada. Simplemente avanzo” cuenta Murakami que se repetía a sí mismo durante el Ultramaratón de Saroma.
Maria Eugenia Duró, docente y licenciada en comunicación social, analiza este aspecto y su relación con el proceso creativo: “Muchos han dicho que a partir de 1Q84 la pluma de Murakami ha perdido emoción. Yo creo que su literatura ha evolucionado de tal forma que lo convierte en un adelantado a su época, y como tal un ícono de lo que la humanidad experimentará en el transcurso de este milenio. Como buen corredor de distancias largas, Murakami entiende mejor que nadie dos experiencias humanas fundamentales: la soledad y el dolor. Y como buen oriental comprende que el dolor, la pena, la soledad, el amor, la pasión, el sexo, el nacimiento y la muerte son experiencias del ser, el alma, la energía, la chispa divina, y que no deben vivirse con dramatismo sino como lo que son: meras experiencias de la existencia, o incluso como información”.
El del consultorio on line: La página temporal se llamó “Murakami-san no tokoro” (“El espacio del señor Murakami”) y fue abierta para que el novelista contestara los correos recibidos. La portada llevaba una ilustración de Murakami junto a un gato —su mascota preferida— y un oso hormiguero. La idea surgió desde su editorial, Shinchosha, para que el escritor respondiera preguntas de sus lectores.
Una mujer, por ejemplo, preguntó cómo era sentirse enamorada. Murakami respondió: “Es similar a un gato resbalando en una lavadora en marcha”. Luego, ante la pregunta de un hombre de 50 años acerca de cómo seducir a una mujer 20 años menor, Murakami aconsejó leer El arte de la guerra de Sun Tzu, crear una oportunidad para hablar con ella y descubrir cómo irá reaccionando a sus avances.
Estas consultas serán parte de una obra que contendrá entre 400 y 500 de los cerca de 37.500 mensajes que Murakami recibió tras la apertura de la plataforma, en enero pasado. El libro saldrá a la venta a fines de julio en Japón y tendrá su edición digital ampliada. En ella podrán leerse alrededor de 3.500 correos recibidos, junto a las respuestas del escritor que afirma estar cansado “como si hubiera corrido un maratón de 100 kilómetros”.

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