Bicentenario
Sábado 09 de Julio de 2016

Los desafíos de la cultura en el bicentenario

A 200 años de la declaración de la independencia, el escritor Mempo Giardinelli sostiene que el cuadro de desaliento que alcanza a la sociedad, sobre todo a los sectores más desprotegidos, desautoriza cualquier festejo grandilocuente

El solo hecho de celebrar en paz y democracia dos siglos desde la Declaración de la Independencia es, sin ninguna duda, un acontecimiento feliz en términos políticos y culturales.

Sin embargo, en este ardoroso e inquietante 2016 nos encontramos frente a un aniversario concreto en un país concreto cuya situación social, política y económica —pero sobre todo moral— dista muchísimo de ser la que tantos/as argentinos hubiésemos soñado.

Y es en primer lugar por el cuadro de generalizado desaliento que alcanza a todos los sectores de nuestra sociedad, y especialmente a los más desprotegidos, que este aniversario desautoriza cualquier festejo grandilocuente.

Las razones, que son muchas, tienen que ver todas con la desdicha de vastos sectores populares que están padeciendo muy velozmente una crisis brutal que era impensable un par de años atrás. Y crisis, además, que profundiza la vieja, amohosada pero siempre vigente y cruel división social que lastima la piel de esta nación.

Todas esas razones, que exigen mesura y apocamiento, tienen que ver fundamentalmente con el penoso estado de la ética pública, hoy expuesta a docenas de denuncias, investigaciones y sospechas que informan sobre el apestoso estado de la política en general y de las diversas dirigencias en particular. Las más altas responsabilidades de la administración pública, de los últimos años y de la actualidad, exhiben hoy sus respectivas miserias y latrocinios, de maneras escandalosamente distorsionadas y acomodadas por los grandes multimedios al servicio de intereses sectoriales, y en circunstancias en que es evidente que el sistema judicial argentino carece de capacidad, voluntad real y moralidad como para esclarecer nada y recuperar la salud republicana.

Las trágicas polaridades argentinas y latinoamericanas, que parecen de nunca acabar, se mantienen vivas como cuando se firmó la Independencia aquel 9 de Julio de 1816. Entonces carlotistas, fernandistas, probritánicos, napoleonistas, esclavistas, criollos libertarios y neutrales distraídos como nunca faltan, disputaban la forma y el sentido que tendría el nuevo país. Así fue como esta tierra bendita, pero tan capaz de autoinfligirse malditos destinos, empezó a producir más dolor que felicidad. Las luchas por la apropiación de sus riquezas y rentas —penoso muestrario de miserias y traiciones— definieron los repetidos divorcios de esta sociedad a lo largo de estos 200 años: republicanos o monárquicos; unitarios o federales; criollos o inmigrantes; radicales o conservadores; peronistas o antiperonistas; cipayos o libertarios; y ahora nacionales y populares o neoliberales.

La vieja cuestión que determinó nuestra Independencia del Reino de España es todavía hoy, dos siglos más tarde, en esencia la misma: de un lado un pueblo que exige dignas condiciones de trabajo y de vida, educación y moralidad. Del otro una oligarquía insaciable, antinacional, ciega, corrupta, y, aunque lo niegue, racista.

La gran paradoja es que a pesar de todo, en el duro presente argentino de este aniversario, otra vez perdido todo rumbo de soberanía y autodeterminación, y cada vez más lejos de ser una nación igualitaria y justa, los arduos valores inmanentes de la Democracia son los de siempre y se mantienen inalterados: Constitución, Memoria, Verdad, Decencia, Justicia. Así nos lo inculcaron los padres fundadores de la Patria, José de San Martín y Manuel Belgrano, verdaderos símbolos de la Independencia Argentina.

Sólo un recogimiento responsable cabría en esta celebración. Por eso, condenados sean los que invoquen uniones que no existen y pretendan mostrar fastos engañosos con el retorno de cañones y de aceros todavía manchados de sangre porque estuvieron al servicio de genocidas.

A 200 años de la Declaración de la Independencia, sólo caben y son urgentes la recuperación y reafirmación de los valores morales históricos de nuestro país, y el imperio de la Constitución y de la Paz social con justicia y equidad.

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