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Sábado 19 de Marzo de 2016

Los chicos que le pusieron nombre y rostro a la memoria

El papel de la escuela en la formación democrática. Son estudiantes que en el secundario protagonizaron experiencias pedagógicas marcadas por los derechos humanos.

Se sentaron en ronda para hablar mirándose a los ojos. El debate giraba sobre los derechos humanos, la memoria y la identidad, pero los chicos querían ir más allá. Romper el silencio y hacer hablar al pasado. La escena ocurrió en el año 2003 en el salón del quinto año de la Escuela Pablo Pizzurno, de Melincué. En la clase de formación ética y ciudadana, los alumnos propusieron hacer un trabajo práctico sobre las tumbas NN que había en el cementerio. Un secreto a voces que cobijaba varias hipótesis, entre ellas que allí estaban enterrados víctimas del terrorismo de Estado. Siete años después lo que empezó como una inquietud escolar terminó con la identificación de los restos de dos desaparecidos.

Agustina Rosenthal era alumna de la escuela de Melincué y trece años más tarde vuelve a sentarse en ronda con otros jóvenes para reflexionar sobre la importancia del debate en las aulas sobre el último golpe cívico militar. A su lado están chicas y chicos egresados de distintas escuelas que, como ella, gestaron proyectos y acciones concretas para ponerle nombre y rostro a la memoria. Convocados por La Capital a días de cumplirse el 40º aniversario del inicio de la dictadura, destacan en rol de los docentes en ayudar a debatir estos temas y de la escuela como ámbito ideal para tomar conciencia sobre los sucesos más oscuros del pasado reciente.

Agustina ya tiene 30 años, está terminando la licenciatura en trabajo social en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y recuerda con una mezcla de ternura y orgullo aquella experiencia que le tocó vivir en su escuela de Melincué: "A veces me pasa que no puedo creer hasta dónde se llegó desde la pregunta de chicos del secundario que estábamos hablando de derechos humanos. Me cuesta creer cómo pudo haber terminado en esto, algo tan fuerte y que ayudó a mucha gente".

Y no es para menos. Es que ese trabajo escolar derivó en una investigación que llegó hasta la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia y que permitió reconstruir cómo en septiembre de 1976 dos jóvenes militantes —Yves Domergue y Cristina Cialceta, de 22 y 20 años, respectivamente— fueron secuestrados cerca del Batallón 121 de Rosario, asesinados, arrojados en un camino rural y enterrados como NN en Melincué. En 2010 el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los cuerpos. Ese año sus cenizas fueron arrojadas debajo de un timbó en el Bosque de la Memoria de Rosario.

El ministro de videla. En 2011 la Agrupación Hijos Rosario y la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) realizó un escrache frente al Colegio Rosario, denunciando la presencia e influencia en la dirección pedagógica de la institución de Ricardo Bruera, quien fuera ministro de Educación del represor Jorge Rafael Videla, y en cuya gestión se concretó el Operativo Claridad, por el que se quemaron libros, y se secuestró, persiguió y asesinó a docentes y estudiantes. Una mamá del colegio, Verónica Tsernostópulos, quiso saber si era cierto y recibió amenazas, por lo que decidió retirar a sus hijos del establecimiento. La militancia de los chicos y el compromiso de la madre permitió el desplazamiento de Bruera, tras la intervención del Ministerio de Educación provincial.

"Fue una experiencia muy interesante de lucha de chicos que éramos bastante pibes, poder sentarnos a pensar juntos una tarea colectiva entre estudiantes muy jóvenes en defensa de la democracia", recuerda Micaela Di Pato, quien entonces militaba en la UES.

Micaela hoy estudia ciencias de la educación y como enseñanza de aquella "experiencia muy movilizadora" rescata una anécdota: "Hace poco me escribió una estudiante de psicología, porque tenía que hacer un trabajo sobre las huellas del terrorismo de Estado en la sociedad. Esta chica me buscó y me escribió porque había sido alumna del Colegio Rosario y si bien sus padres no habían tomado la determinación de sacarla de la escuela, me contó que lo que pasó la había marcado mucho. A ella y a sus compañeros. Y eso era lo que en realidad queríamos lograr, más allá de la posibilidad de que Bruera no estuviera más al frente de la institución educativa, también que se empiecen a rechazar esas lógicas vinculadas a la dictadura. Y que a cinco años de eso que los mismos alumnos de la escuela nos escriban no es una pavada. Algo quedó marcado en esa escuela y en la sociedad".

Nombre como bandera. Los nombres propios en las escuelas también pueden ser refugio de la memoria. Así lo entendieron alumnos y docentes de dos instituciones rosarinas, que en los últimos años decidieron bautizar a dos establecimientos educativos con los nombres de Sonia Beatriz González Abalos y Madres de Plaza de Mayo.

Sonia González Abalos tenía 18 años cuando en julio de 1976 fue secuestrada por militares en su casa de barrio Tablada. En 2011 se hizo una votación en la escuela Nº 551 para ponerle un nombre y entre varios se eligió el de Sonia, propuesto por el profesor Carlos Cárdenas. Un año después la Escuela Secundaria Nº 551 se transformaba en la primera de la provincia en llevar el nombre de una joven desaparecida.

"De Sonia lo que más me llamó la atención es que tenía una edad cercana a la nuestra. Y cuando conocí la historia de su secuestro frente a sus padres me generó un sentimiento raro en el cuerpo. La historia me había llegado mucho", contó Jorge Torres, uno de los chicos que entonces cursaba en la 551. Hoy estudia el profesorado en matemática en la Facultad de Ingeniería de la UNR.

Por un sendero similar transitó la Secundaria Nº 514 de barrio Triángulo, cuando en 2013 docentes, padres, alumnos y vecinos decidieron que se llame Madres de Plaza 25 de Mayo.

Sacha Pedraza —exalumno de la escuela— dice que si bien en su casa se hablaban de estos temas, fue el debate por el nombre de la escuela lo que más destaca de aquellos días. "Había varios nombres, también estaba el de Rodolfo Walsh, pero nos gustó todo lo que pasó, aprendimos muchas cosas".

"Me parece bueno que en la escuela se hable de estos temas. Ayuda a que los chicos se informen, los ayuda a pensar y que no se olvide la memoria", reflexiona el joven que sueña con ingresar a Prefectura. Junto a un compañero, Sacha fue el autor de un poema dedicado a las Madres. Es más, guarda entre sus recuerdos más preciados de aquella época estudiantil la visita de Elsa "Chiche" Massa, una referente de las Madres en Rosario: "Ese encuentro estuvo muy bueno, sabía de la historia de las Madres, pero a ella no la conocía".

Por la expropiación. "El campo de concentración, por su cercanía física, por estar de hecho en medio de la sociedad, del otro lado de la pared, solo puede existir en medio de una sociedad que elige no ver", decía Pilar Calveiro en Poder y Desaparición. En el Gran Rosario son varios los lugares que durante la dictadura funcionaron como centros clandestinos de detención. La Calamita, en Granadero Baigorria, fue uno de ellos.

Por eso, en 2014 chicos de la Secundaria Nº 422 y de la Técnica Nº 550 de esta localidad se sumaron con un proyecto concreto para pedir que la Provincia expropie el inmueble y preservarlo como sitio de la memoria. El reclamo llegó hasta la Legislatura provincial, donde finalmente se sancionó su expropiación, aunque desde Documenta Baigorria advierten que si antes de diciembre próximo no se concreta la ley podría perder vigencia.

Camila Chirino Gualtieri hoy está en 4º año de la 422 y fue una de las chicas que participó del trabajo colectivo, impulsado por los profesores Hernán Allo y Mariana Rossi. "Ellos nos preguntaron a los chicos si nos interesaba sumarnos al proyecto. Y fue ahí cuando dije que sí y empezamos a meternos en el tema, a investigar. Fuimos a La Calamita, hicimos el recorrido y lo llevamos a la Cámara de Diputados", repasa Camila.

La alumna dice que sabía lo que había sucedido durante la dictadura en La Calamita, pero que a medida que se fueron involucrando en el proyecto fueron conociendo más. "Lo que sabía desde mi casa —dice— es que fue un centro clandestino de detención en la época militar. Luego nos enteramos quiénes habían pasado por ahí, fuimos recolectando datos de a poco y armando todo un expediente". Sostiene que la reflexión por la memoria y la identidad "es muy importante que lo den en la escuela, porque es parte de nuestra historia y nos ayuda a construir nuestra identidad, ya que hubo personas a las que lastimosamente se la han quitado".

Rol docente. En los relatos de los chicos también está muy presente el acompañamiento, incentivo y dirección de los docentes. Dice Agustina Rosenthal: "Creo que es bueno que se debatan estos temas en las escuelas. La gente joven es pura convicción, iniciativa y esperanza. Uno tiene muchos ideales cuando es adolescente y eso hay que aprovecharlo. Por suerte tuvimos profesores divinos como Juliana Cagrandi, con la que éramos parte de una gran familia".

Micaela Di Pato agrega al respecto que "hay una parte de la sociedad que tienen una visión de lo que fue la dictadura a partir de que el 24 de marzo se puso como feriado y se empezó a hablar en las escuela". Por eso considera que el de las aulas "es un espacio que se fue ganando, que no fue fácil porque no es un tema sencillo de hablar ni con los más chicos ni con adolescentes, por eso es importante el rol de los docentes".

Mirar hacia adelate. Para Jorge Torres, que se discuta sobre la memoria y la identidad en clases significa también "volver a ese tiempo oscuro de la dictadura pero no desde la tristeza, sino con fuerza para seguir adelante". Y Camila agrega que este debate sirve "para que cada uno de nosotros como alumnos, docentes y familiares podamos ayudar entre todos a reconstruir la identidad. Y más con adolescentes, que es el momento que necesitamos ayuda y apoyo para poder buscar un camino, descubrir cómo y qué queremos ser de grandes".

Sobre el final, Micaela deja caer una anécdota que le tocó presenciar hace poco en una plaza de barrio. En medio de una ronda de juegos y charlas escuchó cómo pibes de entre 10 y 12 años empezaron a hablar de lo que fue la dictadura. Con sus palabras, los chicos sumaban su voz a la construcción de la historia. "Cuando los escuché me sonreí porque eso lo aprendés en la escuela. Y ese es uno de los mejores espacios para hacer memoria".

 

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