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Domingo 18 de Septiembre de 2016

"Los chicos más vulnerados están olvidados en Rosario"

El sucesor del padre Tomás Santidrián, Javier Bilbao, cuenta cómo continuó la obra del sacerdote. Habla de la pobreza y la esperanza, y de cómo hace compatible su trabajo en el colegio San Patricio y los barrios marginales.

"Líder es aquel que deja tras de sí la voluntad de continuar" dice la conocida frase que se ajusta perfectamente a lo que fue el padre Tomás Santidrián. Un visionario que descubrió cómo se podía proteger a la niñez más vulnerable, aquella que no sólo carecía de lo material, sino también de los afectos y la familia. Aunque él ya no está su obra continúa, más sólida que nunca, y cumple 40 años de trabajo ininterrumpido.

   Es cierto que cuando Santidrián falleció la institución sufrió un bajón importante que no duró mucho, porque el sacerdote supo armar un equipo fuerte de trabajo liderado por Jackie Marin de Milano que fue su mano derecha, y por muchas personas que en forma anónima siempre colaboraron con él y quisieron seguir.

   Siempre fue el alma máter de la institución y se sintió su pérdida, pero sus "seguidores" se dieron cuenta de que para honrarlo, lo que debían hacer era continuar con aquel sueño.

   Así, en poco tiempo, se rearmó una comisión cuyo nuevo presidente es Javier Bilbao, apasionado docente que, como el padre Santidrián, hace compatibles las tareas educativas en un colegio de alto poder adquisitivo como el San Patricio y la escuela más pobre, Madre Teresa de Calcuta, y los hogarcitos donde viven chicos que lo perdieron todo.

   En su cómoda sala de la dirección de la secundaria del colegio San Patricio, Bilbao, de 44 años, saca adelante, dirige y da clases en esa escuela donde los chicos no tienen privaciones económicas. Al terminar la jornada, se saca la corbata y se dirige a la escuela Madre Teresa de Calcuta, donde también da clases y dirige a los docentes de esos alumnos que en cambio, no tienen nada. Viven de cartonear como sus padres y como sus abuelos.

La tarea de Bilbao no queda allí, también coordina lo que se hace en los tres hogares Hoprome donde se recibe a los chicos que, por decisión judicial, no pueden seguir en su propio ámbito familiar.


—¿Qué te llevó a continuar con la obra comenzada por Santidrián?

—Lo conocí cuando era un adolescente y siempre le tuve admiración, además de que me apasiona la educación y cada vez que podía me metía en alguna tarea solidaria. Es algo que me atrae y además veo la necesidad urgente de que esto siga vivo.


—La Municipalidad no tiene hogares...

—No. Tiene la provincia y hay instituciones. La realidad es que están desbordados porque en Niñez no hay una toma de conciencia de lo que están atravesando los chicos más vulnerados de Rosario. Es cierto que el municipio tiene muchas actividades para niños, pero en ninguna de ellas se tiene en cuenta a los más pobres. La provincia intenta brindar recursos y profesionales, pero todo es poco. Hay un déficit muy grande en niñez. En Hoprome tenemos tres casas funcionando, una de nenas, otra de adolescentes varones y otra de niños de 6 a 12 años. Cada uno de ellos recibe un subsidio de la provincia por chico y por día. No alcanza, pero al menos es algo. Además, la provincia nos audita, nos controla y estamos de acuerdo con que lo haga porque así también vemos que estamos trabajando bien.


—¿Cómo funcionan los hogares de Hoprome?

—Tenemos un concepto diferente de cualquier "hogar de niños". Nosotros (como quería el padre Santidrián) nos esmeramos por que los chicos, que provienen de situaciones muy difíciles, puedan vivir en familia. Por eso los hogares son llevados adelantes por familias, un matrimonio con sus hijos, o tenemos el caso de una mamá con su hija. Les brindamos un contexto familiar donde almuerzan, hacen sobremesa, la tarea, los llevan al médico, al cine o al parque, y también hacen deporte. El concepto esencial de Hoprome es la familia. Y eso es lo que nos distingue de otros hogares que existen, públicos y privados, donde están a cargo de celadores. Santidrián fue un visionario, adelantándose a la ley nacional que hoy prevé que no se junte a tantos chicos como hacían antes los hospicios o los hogares de huérfanos. Fue pionero en esto. Hoy cada uno de estos chicos vive en un verdadero hogar, que es lo que todos necesitamos.


—¿Y cómo se manejan los hogares provinciales?

—Trabajan de otra manera. Los chicos están al cuidado de los preceptores, que trabajan ocho horas por día y van rotando para que los pequeños estén acompañados. Me atrevo a decir que estos hogares no funcionan porque los adultos que trabajan allí no tienen el nivel de compromiso que necesitan los niños. A nosotros nos critican porque los chicos no se quieren ir de las casas y supuestamente vuelven a sufrir un desapego. Esto sucede porque la ley nos obliga a que sólo estén por un año y medio. La norma indica ese plazo porque teóricamente se intenta que se inserte al niño en lo que quedó de su estructura familiar biológica.


—¿Qué pueden hacer en un año y medio con los chicos?

—¡Muchísimo! Los chicos reciben todo como esponjas y cuando se trata de cariño esto no tiene límites. Los niños que llegan a nuestros hogares cargan historias muy tristes sobre sus pequeñas espaldas. Vienen con lo puesto, abandonados, sucios, tristes. Les servís la comida en el plato y la tiran al piso y comen en cuatro patas porque nadie les enseñó a sentarse en una mesa, a compartir un almuerzo; otros no saben cómo usar los cubiertos. Muchos están desnutridos, tienen a sus padres vivos pero por ejemplo la madre tiene problemas de adicciones y el papá está preso... Muchos han sufrido abuso sexual, fueron explotados en el trabajo infantil, y hay nenas que fueron sacadas de redes de prostitución. También llegan chicos con discapacidad o problemas psiquiátricos, porque la pobreza extrema está unida en muchos casos a otros problemas. Por ejemplo, uno de los nenes caminaba torcido, pero no tenía problemas sino que había recibido tantos golpes que le habían roto los huesos y las quebraduras estaban mal soldadas. Tenemos un nene de seis años que no habla. Se le están haciendo todos los estudios para ver qué pasa... De a poquito con su "mamá" del hogar ha empezado a balbucear algunas palabras y sobre todo se deja abrazar. Los chicos cuando se encuentran con el cariño, se sienten queridos, y acompañados aprenden muy rápido


—¿Cómo resuelven el tema de la escolaridad?

—Esa es una condición que les pido que cumplan porque no podemos perder tiempo. Y un día en la escuela es un día ganado en inserción, igualdad, aprendizaje de normas, convivencia y aprendizaje. La escuela les da oportunidades.


—¿Qué otras actividades hacen las "familias" Hoprome?

— Acá aprenden todo, desde higienizarse hasta comer en una mesa y conversar, pasar ratos de familia. Les damos ropa, útiles para la escuela y empiezan a hacer la vida de un hijo más de esa casa. La mayoría hace deporte, van a la plaza, al cine, los llevan a pasear, como a los demás chicos.


—Pero, ¿sirve este aprendizaje si vuelven a un entorno conflictivo?

—Sí, vale la pena aunque regresen al entorno de donde salieron. Aunque a nosotros nos da pena porque a veces se sabe que si vuelven a su lugar de origen van a recaer en problemas graves. Pero eso, lejos de desanimarnos, nos anima a aprovechar cada día que los chicos pasan con nosotros. Tenemos casos de chicos que vuelven grandes al hogarcito de Hoprome donde vivieron tanto tiempo para mostrarnos a sus hijos, para contar en lo que están trabajando, o simplemente a dar una mano. Eso no tiene precio, es muy gratificante... Siempre decimos que el único registro de lo que es un hogar tal vez sea el que ese niño tuvo en Hoprome.


—¿Ante tanta necesidad, no preferirías dedicarte a tiempo completo a la tarea de Hoprome?

—(Risas) Uno en escuelas privadas se prepara, gana concursos y tiene todo para que el proceso de enseñanza-aprendizaje se produzca de la mejor manera. Y este trabajo, que me fascina, también me da de comer. En Hoprome todo lo que hago es voluntario. Igual, lo más interesante es haber podido unir estas dos tareas porque el padre Santidrián dejó una huella muy profunda de solidaridad en San Patricio. Combinar esas dos realidades es fabuloso. Por ejemplo, voy a un curso del secundario y les cuento a los chicos que necesito un par de zapatillas y al otro día me llegan tres. O se acerca la Pascua y les planteo a los adolescentes que donen un huevo de chocolate para la escuela Madre Teresa. Pero les pido que el donativo sea ese que ellos se comerían, el mismo. Y lo hacen. ¡No puedo explicar la alegría que tienen todos! Esto es un enriquecimiento para ambos, porque esta veta de solidaridad permite reconocer al otro. En alguna oportunidad hicimos una colecta, pero no de cualquier cosa: los objetos tenía que salir de sus ahorros y con los de tercer año de San Patricio pintamos la sede de la escuela. A su vez, vienen exalumnos que se comprometen una vez por mes o cada semana para visitar los hogares y ayudar a los chicos con las tareas. Es un ida y vuelta maravilloso.


—¿Se rompen prejuicios?

—Se ve mucha generosidad en los adolescentes y como educador creo que es muy sano unir estas dos realidades de una sociedad que tantas veces las presentan como opuestas o enemigas. Y claramente cuando se conocen y están juntos se derriban los prejuicios, y por ejemplo dejan de estigmatizar. Muchas veces esto es un tema de reflexión cuando izamos la bandera. A veces les cuento historias como la de Andrea, que con 16 años aprendió a leer y escribir. Es una chica igual a las que están en cuarto año del colegio y esto ya es motivo para pensar y agradecer, por ejemplo, las oportunidades que tienen ellos en la vida, y a la vez la necesidad de dar oportunidades a otros que nunca las tuvieron. Esto lleva a que los chicos se planteen esforzarse un poco más, dejar de quejarse o estudiar con seriedad y se producen verdaderas transformaciones. Eso se aprende con vivencias, no con clases y profesores que les hablemos. En Hoprome también tratamos de inculcar una cultura de la solidaridad en los adolescentes. Ellos también trabajan para otros o donan cosas.


—¿Detectás necesidades comunes en estos dos segmentos sociales?

—Sí, porque el adolescente es adolescente en cualquier lado. Y además el tema de la baja autoestima y la soledad se da en los dos lugares. O ese centrarse en el defecto del otro, son cosas de manual y les ocurren a todos los chicos. Por eso trabajamos en que se enfoquen en el otro, que lo registren y vean sus necesidades, eso le da a la vida de cualquiera otro sentido.


—¿Hay momentos de desaliento para quienes tienen esta tarea tan compleja?

—Muchos, pero por suerte duran poco. Vemos situaciones muy dolorosas y que no se pueden solucionar. El sistema es lento y en el medio hay chicos con realidades duras. Sin embargo, es en esos momentos cuando surge algo que te da nuevas fuerzas y volvés a decir ¡vale la pena! Como el caso de Andrea, que aprendió a leer, o este pequeño que empezó a decir sus primeras palabras a los ocho años, o los chicos que arrancaron con acompañantes psiquiátricos y al mes y medio vemos que no lo necesitan, o un nene que no te registraba de pronto viene y te da un beso y te abraza. Eso te renueva la esperanza, y te da energía para seguir.


—¿Cómo subsiste Hoprome económicamente?

—En este tipo de instituciones siempre falta plata, y estás peleando por todo y todo el tiempo. También muchas veces escasean los voluntarios, lo que nos impide hacer tantas cosas como quisiéramos. Existimos sobre todo por el aporte de los socios, que son increíbles. Y además hay empresas que hacen donaciones y como dije antes, tenemos los subsidios provinciales. También la Nación nos provee los alimentos para la escuela.


—¿Cuáles son los proyectos que tienen después de estos primeros cuarenta años de trabajo?

—Ahora que cumplimos un aniversario tan importante lo que quisiéramos es pedirle a la provincia abrir una escuela secundaria que siga en Madre Teresa y tenga una orientación en energías sustentables. Ese es el desafío. Además seguiremos con los talleres de panadería, electricidad, computación, buscando que los chicos tengan un oficio, y a los más grandes y sacarlos de la calle, del flagelo de las drogas. Lo fundamental, para todos los que conformamos esta gran familia, es que ellos puedan aprender que con esfuerzo y trabajo pueden lograr lo que quieran.

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