Ovación
Viernes 20 de Mayo de 2016

Los canallas en la calle y "el dolor de ya no ser"

Tensión, expectativa y "el dolor de ya no ser", como dice el tango. Esa podría ser la crónica de los ánimos auriazules que se vivieron anoche en la ciudad.

Tensión, expectativa y "el dolor de ya no ser", como dice el tango. Esa podría ser la crónica de los ánimos auriazules que se vivieron anoche en la ciudad. Cuando el partido aún se estaba jugando, en la calles rosarinas no había un alma. Tampoco en el barrio centralista por antonomasia: en Arroyito parecía que todos se habían mudado a Medellín. "Es que están todos viendo el partido", dijo el remisero que llevó a Ovación a hacer una recorrida unos minutos antes de la medianoche, cuando el canalla aún ganaba 1 a 0 y faltaba un tiempo completo para que finalizara el encuentro que derrumbó la ilusión de los hinchas de Rosario Central.

En la Sede Fundacional del club, en Alberdi 23 bis, donde nació Rosario Central, el paisaje era distinto. El piso alto de la casona concentraba la pasión futbolera de unos 150 hinchas impregnados de liturgia auriazul frente a una pantalla gigante. Todos cantaban y alentaban como si los jugadores pudieran escucharlos. Hasta que en el minuto 5 del segundo tiempo los festejos se volvieron reproches. Alejandro Guerra metió el segundo gol para Atlético Nacional y la expectativa tornó a impaciencia.

En Ribereño, otro de los bares de avenida Avellaneda donde tradicionalmente se concentra el pueblo canalla, algunas familias cenaban sin despegar los ojos del televisor. Entre ellos la familia Sejudo, Flavia y Carlos con sus hijos Santino y Agustín. Todos con camisetas azul y amarillas. "Siempre lo vemos en casa, hoy decidimos salir a cenar, porque el partido era muy tarde y sabíamos que iba a estar todo tranquilo", dijo el el hombre de la casa,mientras por lo bajo el hijo mayor le recriminaba con aire cabuleros: "Sí, espero que no hayamos hecho mal". (Minutos después la misma superstición lo convencería de que la cena les había jugado en contra).

A pocas cuadras de allí, en dirección al Gigante, también se veía el partido en el bar "Más de Cien Mentiras" (Avellaneda 1001 bis). Central no estaba jugando nada bien y eso se reflejaba en el humor de los parroquianos. "Espero que ahora que entran ustedes no nos metan un gol o va a estar todo mal", advirtió un hincha. Pero su insinuación no torció un destino pésimo para Central. Se vinieron los dos goles colombianos, los insultos, las caras largas y la resignación. Todo jugaba a favor, pero se perdió y sólo quedó el regreso, por la ciudad, que seguía vacía y, para muchos, dolorida.

Comentarios