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Domingo 29 de Noviembre de 2015

Los cafés y el tango

La presencia de música en ámbitos populares fue una de las características de la difusión cultural en el río de la Plata y también en Rosario. Si la pulpería con cancha de bochas fue el marco propicio para el verso de los payadores, el dos por cuatro encontró en los cafés un territorio que lo enmarcó desde sus mismos inicios.

El café, institución que América heredó de España, fue cincelado por el espíritu rioplatense, que convirtió la tertulia informal en palco tanguero con orquesta numerosa.
La creación de este nuevo foro que el tango forjó en su conquista arrebatadora se debió a un proceso ligado al crecimiento de la urbanización moderna, que trajo aparejado un inusitado despliegue de la industria del entretenimiento. El Censo Municipal de 1909 indicaba que los asistentes a espectáculos públicos (que incluían circo, cinematógrafo, zarzuelas, etcétera) habían crecido en la ciudad de una cifra cercana al millón y medio en 1900, a ocho millones y medio en la fecha del relevamiento.
En ese esquema, los bares cubrían parte de la necesidad de esparcimiento del porteño de la primera década del siglo XX. Si para escuchar un tango el hombre de la Gran Aldea debía asistir a algún peringundín o al comité, ahora, el habitante de la ciudad cosmopolita encontraba en el café el lugar de sociabilidad adecuado.
Pero además de cumplir una función en la reproducción del moderno sistema de producción, el café no dejaba de tener un espíritu de resistencia, pues desairaba la racionalidad del tiempo imperante y, de uno u otro modo, se las ingeniaba para burlar la respetabilidad burguesa. No en vano ha dicho Celedonio Flores: “Los cafés, esas iglesias sin santos y sin horarios”.
De esa manera, en cada barrio surgieron los cafés con orquesta, que adquirieron el regusto del lugar y le devolvieron una referencia que ahondaba el sentido de pertenencia. Por otra parte, los ejecutantes fueron ganando esos espacios identificándose con cada uno de ellos.
Ya establecidos en el imaginario popular, la moda se trasladó al centro, y entonces florecieron el café Domínguez, el Nacional, el Germinal, el Marzotto. Todos estos espacios fueron cooptados progresivamente por los capos de entonces: Arolas, Greco, Pacho, Berto, y se convirtieron en los principales promotores de la llegada al “trocén” de los muchachos de los barrios, ávidos de escuchar a estos ídolos que ya les había sugerido el disco.  
La importancia que el café-bar ha tenido para el género es fácilmente mensurable a través de la cantidad de tangos que inspiró. La enumeración de los mismos sería demasiado extensa.

Creemos que con sólo mencionar algunas de las piezas mayores que verificaron esta premisa cumpliremos con el objetivo (el lector podrá completar la serie con sus propios nombres): Cafetín de Buenos Aires (M. Mores-E.S. Discépolo), Cafetín (Argentino Galván-Homero Expósito), Mi taza de café (Alfredo Malerba-Homero Manzi), Café Domínguez (Ángel D’Agostino), Café de los Angelitos (J.Razzano-Cátulo Castillo) y Café La Humedad (Cacho Castaña).   

Aquí también se tejió la historia.  En Rosario, en tanto, podemos rastrear desde comienzos del siglo XX la presencia tanguera en diferentes cafés de la ciudad. Como primera referencia debemos mencionar al café San Martín, lugar en el que, el 22 de junio de 1905, José Baracco estrenó Agarrate Catalina, considerado como el primer tango rosarino.
Otro espacio de relevancia en aquella primera década fue El Caburé, donde por las noches desfilaban los tríos y cuartetos de la incipiente camada tanguera. Este café fue el que cobijó a don Abel Bedrune cuando recién había llegado de Buenos Aires. También en el centro, la cita tanguera se daba en el café y restaurante La Comedia, lindante al teatro homónimo. Otro café famoso fue el Montes de Oca, ubicado en la cortada Ricardone, en el que desfiló la mayoría de los músicos guardiaviejistas de la ciudad, y en donde había una puerta de escape por donde evadían al comisario Velar los “puntos” de las partidas de monte, pase inglés y gofo. Otro era el café del griego Chucadalaquis, lindante al teatro Odeón, en Mitre y Urquiza, reducto de los bailarines del momento: Forestieri y el Vasco Furundarena.
Por otra parte, debemos recordar que en esa época, El Chon Eduardo Pereyra compuso el tango El africano en homenaje al café homónimo que estaba en calle Córdoba entre Mitre y Sarmiento, donde luego se instalaría el cine Radar.
En Pichincha, mientras tanto, la referencia obligada era el café de Doña Julia. Este boliche ubicado en Jujuy y Pichincha, enfrente del teatro Casino, además de contar con la habitual presencia de algún trío o cuarteto, fue el primer café con cine que hubo en Rosario. Se llamaba Mitre pero su dueña le dio el mote identificatorio.
En el mismo barrio también copaba la parada el bar Don Pedro, en el que alternaban conjuntos de tango con payadores. En ese lugar actuó don Luis Acosta García durante su estadía rosarina. Otro muy conocido fue La Carmelita, en Ovidio Lagos y Jujuy, que hacía también las veces de restaurante, y donde paraban Gardel, Parravicini, Alippi, entre algunos de los hombres de más relieve del mundo del espectáculo porteño. Enfrente de La Carmelita estaba El Infierno, y más allá El Forastero, de Pablo Banchero.
Si avanzamos un poco en el tiempo, nos encontramos con una proliferación inusitada de las orquestas típicas que ensancharon la cantidad de locales.
Algunos de los nombres de entonces fueron el Savoy, en San Martín y San Lorenzo; el café Los Andes, de Salta y Oroño, frente al cine Real, y el café-bar Colón, de San Martín entre Córdoba y Rioja. En este último, durante la década del 40 se llegó a trabajar con tres secciones: de 13 a 15 la orquesta de Luis Chera con su cantor Alberto Ríos; de 18 a 21  Francisco Plano con Oscar Silva, y de 21:30 a 1:30 José Sala con Pedro Bassini.
Todos estos números podían disfrutarse con una consumición mínima, con lo cual el acceso popular era evidente. Claro que debe señalarse que esta situación se podía llevar adelante debido a la precarización laboral a la que estaban sometidos la mayoría de los músicos. Recién en la gran huelga de mayo de 1947 se ajustarían un poco los derechos de los ejecutantes.
Durante los años 50, el barrio de Pichincha, que había sido diezmado durante la década del 30 a causa de la tristemente célebre trata de blancas, volvió a resultar un lugar de frecuentación tanguera intensa. El Panamericano y el varieté Mitre vieron desfilar por sus escenarios a los artistas más importantes de la ciudad, desde José Berón a Los Poetas del Tango. Mientras, en el café Los Colonos eran habituales las alternancias entre orquestas de señoritas con diferentes formaciones tangueras, algunas de ellas de importancia, como Los 4 Señores del Tango, dirigidos por Julio Barbosa. En Los Colonos había música en vivo desde media tarde hasta la noche, con entradas de media hora o cuarenta minutos de cada conjunto.
Pero ya los tiempos habían cambiado demasiado. Los ámbitos fueron mutando su rostro y aparecieron nuevas modalidades, como el café concert. Por otra parte, la industria se hizo cargo de modo integral del entretenimiento y la confitería con música funcional ocupó el lugar del café con orquesta.
Luego vinieron los años de clanes y nuevaoleros. Pero también entonces la grey tanguera encontró sus lugares de resistencia. Ya en la década del 60, con la aparición de una serie de peñas tangueras surgía una variante cercana al café con orquesta. Esos nuevos foros de interacción tuvieron a su primer gran exponente con Mi refugio, de Raúl Mendoza, en la esquina de San Juan y Dorrego. Luego aparecería la del hotel Europeo, Chiqué, y tantas otras.
En las dos décadas siguientes la realidad del tango fue pauperizándose y los espacios angostándose. Ya llegados los 90, en pleno vértigo de la enajenación, el tango tuvo un respiro en el bar Berlín, donde alternaban viejas glorias como el Cholo Montironi con talentos que asomaban a la vida, como el inolvidable Octavio Brunetti.

Sentémonos un rato en este bar. Debemos decir, sin embargo, que el café como institución no solo cobijó al tango en su formato de conjunto musical, sino que resultó un caldo de cultivo permanente para su desarrollo. Como el sentido filosófico del hombre de café encuentra en el tango su quintaesencia, las cuatro paredes de cualquier bar resultaron (y resultan) el lugar propicio para fortalecer aquellos tejidos imperceptibles que configuran su argamasa. De esta manera, brindándole al rosarino su lugar de pertenencia, todos los cafés de la ciudad han aportado su granito de arena en la configuración del tango como fenómeno cultural. Para recuperar algunos otros que sin contar con números en vivo tuvieron su importancia para la historia del género en la ciudad, podemos mencionar al Tolosa, que cobijaba a la barra nochera de Antonio Ríos, Gonzalito y el Cholo Montironi; el Villamil, de San Lorenzo y San Martín, donde caían de recalada José Berón, Jorge Denis y Salvador Donnarumma; el Olímpico, de San Martín y Ayolas; El Sibarita; o el Imperial, de Corrientes y Santa Fe.
Además, los cafés con billares, como el Madrid, el Olimpia o el Saigo, verdaderos templos que configuraron la fortaleza del traspaso generacional de la tanguidad rosarina. Hijos de aquellos, el Rosario Billar Club y Los Inolvidables resisten al apuro de la modernidad y emergen como reservorios impertérritos del hombre de boliche crecido en estas costas del Paraná.
Sabemos que el lector atento también estará aquí masticando el nombre de cafés a los que no hacemos alusión, pero sabrá entender que es inviable aspirar a una enumeración integral.
Actualmente, los cafés volvieron a hacerse eco de la movida tanguera abriendo sus escenarios a los músicos de la ciudad. Por otra parte, adaptándose a los nuevos tiempos, diversos cafés de la ciudad implementan milongas con números en vivo, congregando a una buena cantidad de concurrentes. El Cairo, El Levante, El Café de la Flor, La Buena Medida o el Olimpo son algunas de las experiencias más satisfactorias en ese sentido. 

En una esquina sin tiempo

En el año 1976, el difusor Gerardo Quilici fue contratado para que trasladara su programa “A todo tango” de LT24, Radio San Nicolás, a LT3, de Rosario. Tanto la calidad de la conducción artística como el material difundido hicieron que coleccionistas y entusiastas rosarinos se convirtiesen de inmediato en sus seguidores. Fue tal el furor, que un grupo de calificados oyentes después de cada programa lo esperaba en la puerta de la radio. Fue por este motivo que se estableció un día a la semana para que radioescuchas y conductor se reuniesen en el viejo café Oaky, que quedaba enfrente de la emisora.
Luego de aquellos inicios, la tertulia tanguera hizo pie en otros cafés hasta establecerse definitivamente en el bar Blanco, de la esquina de Alem y Pellegrini. Durante muchos años, “la mesa del Blanco” resultó un lugar imprescindible para el intercambio de materiales, de opiniones, y como aprendizaje de vida para los que tenemos el berretín del tango. Acompañando a Quilici, a esa mesa la integraron los hombres mejor formados en el conocimiento del género durante las décadas siguientes: Ismael Klocker, José Gottlieb, Vicente Cuñado, Raúl Gallardo, Bartolomé Cossovich, Omar Benito, Norberto Iriel y el inolvidable Omar Spizzo, entre tantos otros.
El año que viene la mesa cumplirá 40 años y ya muchos de sus hombres esenciales no están. Sin embargo, otros continúan la senda mientras la figura de Gerardo Quilici, su emblema, sigue ocupando el espacio de liderazgo que a fuerza de conocimiento y constancia tuvo desde el primer día.

Apoteosis de popularidad

Las posibilidades que ofrecían los locales no solo posibilitaban el goce artístico del público, sino que también resultaban una salida laboral estable para los músicos. A modo de ejemplo, transcribimos el programa que en 1951 llevó adelante el Eden Bar, denominado "La Catedral del Tango", en su local de Santa Fe 1176.

"Actuación de Todas las Mejores y Principales Orquestas en un solo programa: Antonio Ríos c/Héctor Navarro, Juan Antonio Manzur c/Jorge Acuña, Güerino Scazzina c/Raúl Reynal, Domingo Sala c/Jorge Denis, Julio Conti c/Ricardo Rojas, Francisco Plano c/Alberto Ortiz, Salvador Cascio c/Mario Amor, Los Provincianos c/Jorge Sucher, Raúl Bianchi c/Alfredo Belluschi, Ángel Bellía c/Ricardo Faglia y Pedro Bassini, Luis Chera c/Ángel Barrios, Carlos Lalia c/Eduardo Roca, José Corna c/Roberto Fuentes y Alberto Vaga c/Roberto Gálvez. Café $1. A la noche: Abrojo-Pampita-Marin, Marta Landi, Carlos Argüello, Ana M. del Pilar, Elvita Lucy, Gladis Norton, Irma de Triana y gran elenco".

Cada una de las orquestas típicas mencionadas estaba integrada por un número de músicos que oscilaba entre siete y once, más el o los cantores. Este espectáculo de proporciones se llevó a cabo todos los días de 13:30 a 20:30 durante varias semanas.

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