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Domingo 21 de Agosto de 2016

Lo que pienso decirte

Me gustaría saber de qué fue que te enamoraste, eso voy a preguntarte en la carta que voy a escribirte. Son muchos los que miran de reojo mientras pasan, algunos siguen camino como si no existiera y otros se detienen unos minutos antes de seguir, pero es la primera vez que me dejan una carta donde encima me llaman amor. Me asusté cuando vi que te acercabas y yo ahí quieta, sin moverme, se notaba que no venías a dejarme ningún billete, con el tiempo uno aprende a reconocer a la gente de antemano y sabe para qué se acerca ese que se acerca, pero vos me desconcertaste, no entendía de qué se trataba ese papel. Pero resistí, cuando te fuiste me aguanté las ganas de bajar a ver qué era eso que dejaste, ¿las expensas, la luz, una multa municipal? Después, cuando pasó una señora con su hija y me dejó plata, el movimiento que hice fue para alcanzar la carta y así, estática, me puse a leer. Y cuando leía me asusté más todavía, pero después se me pasó. Me empecé a preguntar de qué era que te habías enamorado, y la verdad es que no creo que lo sepas. Vengo a la esquina, me maquillo, me subo al banquito y espero. Mientras la ciudad se mueve yo estoy quieta la mayor parte del tiempo, presa en mi lugar. ¿Es posible que te hayas enamorado de eso? ¿Cuánto tiempo puede pasar uno mirando algo que no se mueve antes de hundirse en el aburrimiento? ¿Alguna vez pensaste en mí como algo real o tan sólo soy una imagen para vos? Cuando las cosas están quietas es posible imaginarse el movimiento que uno quisiera que tuvieran. ¿Sabés lo que hago cuando me quedo quieta esperando que alguien pase y deje una moneda? Pienso. Mientras más quieta estoy, más cómoda me siento para pensar. Pienso en la gente que pasa caminando apurada todos los días, pienso en si ellos se frenan algún momento para saber si realmente vale la pena ir adonde sea que estén yendo. Pienso si ya conocen adónde van a ir mañana, si no se aburren de saber, desde que se levantan hasta que se duermen, lo que harán al día siguiente. Pienso si realmente piensan si quieren hacer eso que hacen, y si es verdad eso de que tienen libertad, si realmente se creen que hacen lo que quieren, o si en cambio les pasa como a mí, que algunas veces no tengo ni siquiera ganas de venir a la esquina y sin embargo estoy acá, y pienso si la libertad es hacer eso que uno tiene ganas, y también pienso si hay alguna manera de saber, con un poco de exactitud, de conocer, qué es lo que uno tiene ganas de hacer. Esto, por ejemplo, lo pienso mientras hago de Estatua de la Libertad, la más redituable de todas. En cambio, cuando hago de árbol pienso en la savia circulando por mi tronco, subiendo a las ramas y saltando desde las hojas vaya uno a saber adónde. Cuando hago de payaso me pregunto por la felicidad, en si es lo mismo que la risa o si en cambio es estar satisfecha. Si estar satisfecha implica estar satisfecha con lo que uno hace, con lo que uno tiene, con lo que uno siente, con los otros valores que uno lleva adelante (¿o son los valores de otros los que lo llevan adelante a uno?), o si la felicidad se refiere a alguna otra forma de satisfacción, o si la felicidad no existe, y ahí vuelvo a pensar en el dinero, y en que debería estar haciendo de Estatua de la Libertad, y entonces a veces pasa que vestida de payaso termino pensando en la savia de los árboles y se me mezclan las cosas y me confundo. Y a veces, cuando me confundo demasiado empiezo a temblar, y eso no le hace nada bien a una estatua, y entonces cambio de posición, y me muevo y cambio los pensamientos también. ¿Notaste alguna vez que la Libertad tiene un libro? ¿Sabés qué libro es? A veces pienso que debe ser un libro prohibido, ¿notaste que por tener un libro está aislada? ¿O será por la llama? A veces me digo que la llama de esa libertad es demasiado pequeña, no alcanza; no puede alcanzar para iluminar al mundo, apenas si le da un poco de luz a su isla, que ojo, no es poco, está bien que cada uno tenga su libro y su llama para iluminarse, para alumbrarse el camino, quién pudiera... ¿Sabés lo duro que puede ser todo un día de trabajo después de que se te metió en la cabeza preguntarte por el origen de eso que estás haciendo, de cómo fue que terminaste haciendo eso que hacés? ¿A vos te pasa? Yo por ejemplo, una vez, mientras hacía de Libertad, me pregunté cómo era que la estatua había llegado al lugar en el que está. La Estatua de la Libertad fue un regalo de los franceses, y si les interesaba tanto la libertad, ¿por qué no se la regalaron a los argelinos? A veces pienso que el mundo funciona mal, pero otras veces me convenzo de que las cosas van como pueden. Para mí que el libro tendría que ser de O. Henry, o América, de Kafka o Ellis Island, de Perec, y me querés decir ¿para qué tiene un libro la libertad si no puede leerlo? El libro que sostiene la Estatua es la Constitución de los Estados Unidos, o la Constitución de Norteamérica, o la Constitución de los americanos, o la Constitución, y entonces ahí caes en la cuenta de que la Libertad está loca, o mal asesorada, alabamos a una señora que terminó por irse a vivir a una isla, y eso no tiene nada de malo, pero no me vengas a decir que alguien con dos dedos de frente elegiría a la Constitución de los Estados Unidos como libro para llevarse a una isla. A veces cuando me toca hacerla a mí, me siento, abro el libro y hago por fin que la llama sirva para algo, ilumino el libro y me siento a leer, y sueño que algún día, en aquella isla, la estatua se va a mover, se va a sentar, va a tirar al río la Constitución y por fin se pondrá a leer alguna otra cosa más interesante, más real. A la gente que pasa le gusta eso, le gusta ver a la libertad leyendo, y ahí recaudo algunas monedas más. Una vez soñé que viajaba a esa isla, (nunca pude, por las restricciones para entrar, ¿loco, no?), y en el sueño me acerco y pongo mi banquito a sus pies, me maquillo y siento que me mira y disfruta lo que ve, después de un rato, cuando estoy casi lista siento que me levanta las cejas como incitándome, desafiándome a ver qué es eso que hago, expectante a ver cómo me sale eso que vengo a hacer. Y entonces, sin sacarle un ojo de encima, pongo el pie derecho sobre el banquito, subo el izquierdo, levanto la mano con la antorcha y ya firme alzo la vista y nos cruzamos miradas, alcanzo a leer en su placa aquello de denme a los que estén cansados, a los que son pobres y cuando estoy leyendo envíenme a esos apátridas sacudidos por la tormenta una tropa especial de la policía de Nueva York me agarra, un policía cada brazo, y me arrastran al móvil, me esposan, me empujan de cabeza en el asiento de atrás y arrancan el auto. Ahí yo observo a través del vidrio como ella baja la antorcha gigante, que es mucho más liviana de lo que parece, y la deja apoyada en el suelo, se cruza la mano por la panza, se curva y empieza a cagarse de risa, me mira y se caga de risa; una risa que sigo escuchando cuando ya no la veo desde el auto y entonces me despierto. Eso lo soñé dos veces, con la única diferencia de que en el segundo sueño alcanzo a escribirle, no me preguntes cómo, Emet en la frente con aerosol negro, y antes de poder borrar la E para que se muera como un golem, aparece la policía, que esta vez son los de la Guardia Urbana Municipal de acá y en lugar de la antorcha, apoya en el suelo la Constitución, y una ráfaga de viento le abre la tapa y le hace pasar volando hoja por hoja hasta el final, hojas que, para mi sorpresa, están todas en blanco, y otra vez la risa y me despierto.

Te voy a escribir la carta y la voy a dejar a mi lado acá, arriba del banquito, conmigo, sin moverme. Ojalá que te acuerdes de mí y ojalá que cuando pases te des cuenta de que esta carta es para vos.


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