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Domingo 31 de Julio de 2016

"Lo que me pasa en la vida termina pasando en mis libros"

El exitoso narrador cuenta cómo se gestó La noche de la usina, la novela que ganó el cotizado Premio Alfaguara y que intenta reflejar la idiosincrasia del ser argentino.

En La noche de la usina, en la segunda página, aparece un personaje llamado Lombardero, quien "jamás repetía una historia exactamente igual a como ya la había contado". Y que "al público eso lo divertía y lo inquietaba". Por allí pasan los relatos de Eduardo Sacheri, por ese afán de contar situaciones tan cercanas con las que es muy sencillo reflejarse. "Lo que me pasa en la vida termina pasando en mis libros", le dijo a Más el flamante ganador del Premio Alfaguara por la novela que habla de Lombardero, pero también de Perlassi, de Fontana, de los López, personajes entrañables de Aráoz y la verdad, a los que recurrió simplemente "porque los extrañaba".

La noche de la usina recorre el derrotero de pobladores de O'Connor, un lugar que Sacheri describirá en esta entrevista como "un mundito en sí mismo" donde conviven los que quieren sacar la cabeza del agua y los que se sientan sobre esas cabezas para que nunca salgan a flote. El corralito es el escenario ideal para ambientar esta batalla. Un villano se queda con los ahorros de gente decente y habrá que urdir una estrategia para recuperar lo perdido, cueste lo que cueste.

En ese viaje, que por momentos toma ritmo cinematográfico, Sacheri le saca punta al lápiz para escribir con humor, sensibilidad y crudeza sobre las miserias humanas, los vínculos entre padres e hijos, el éxito y el fracaso, el amor eterno y el romance instantáneo, el afán de los poderosos y la resistencia de los que menos tienen y, claro, como siempre, la idiosincrasia del ser argentino.

—¿Cómo recibiste la noticia al ganar el premio Alfaguara?

—Me sorprendió. La verdad era algo que deseaba mucho, porque es un premio muy prestigioso al que le tenía muchas ganas y de hecho ya me había presentado dos veces antes, con Aráoz y la verdad y con Papeles en el viento y había estado cerca pero no se me había dado. Ahora tenía una mezcla de expectativa y eso de saber que era muy difícil que se dé, pero si no se hubiera dado con La noche de la usina, seguro que lo hubiera vuelto a intentar.

—Es una característica de tus personajes: siempre lo vuelven a intentar.

—Sí (risas), somos porfiados.

—¿La única lucha que se pierde es la que se abandona?

—Mirá, yo creo que hay otras que también se pierden, eh (risas). Ojalá fuera así, yo creo que muchas veces uno la pelea y la pierde igual, pero lo que nos queda por hacer es dar pelea, por lo menos perder jugando, esa es mi filosofía. Creo que la vida es difícil y mejorar en la vida también es difícil, por eso tenés que remar como loco. Lo que pasa es que si no laburás te va a ir para el demonio, el fracaso casi que lo tenés garantizado. La única manera de moverte de ahí me parece que es peleándola.


   —¿En O'Connor se plantea la realidad de un pueblo como el reflejo de la idiosincrasia argentina?

   —A mí me gusta laburar con un pueblo chico como si fuera un mundito en sí mismo, que hubiera ahí adentro de todo un poco, porque están los que se van a pelear y están los que no se meten y los que se dejan vencer, y también está el pragmático villano que se la lleva de arriba y hace grandes negocios. Me gustó que fuera como un pequeño mundo cerrado y una especie de isla, que en vez de estar rodeada de agua esté rodeada de campo, como tantos pueblos de acá en la Argentina.


   —¿Por tratarse de una novela coral, es una de las más complejas que escribiste en cuanto a lo descriptivo y a la cantidad de personajes?

   —Sí, puede ser, me dio mucho trabajo el hecho de laburar con tantos personajes al mismo tiempo. Es que por un lado está el policial, que más o menos tiene como un laburo particular en ese mecanismo de relojería de causas y efectos que se van induciendo unos a otros, en eso puede parecerse a La pregunta de sus ojos. Pero a esa complejidad se suma la otra que es lo coral, y me dio mucho laburo de que fueran muchos personajes y aparezcan protagónicamente y retrocedan, se tradujo en dos años de laburo muy intenso.


   —Siempre trabajaste los vínculos de amistad en la mayoría de tus novelas, pero aquí no aparecen esos amigos eternos, como sí están por ejemplo en Papeles en el viento. ¿Por qué?

   —Lo que pasa es que de libro a libro me gusta plantearme cosas distintas, dificultades diferentes. De mis últimas novelas, en Papeles en el viento la amistad es muy profunda, muy de toda la vida entre esos tipos, y después en Ser feliz era esto es la construcción de un vínculo padre-hija. Y acá me gustó trabajar vínculos diferentes entre sí, tenés el de hermanos casi siameses, como son los López; tenés dos paternidades muy distintas, ya que la de Perlassi con Rodrigo funciona de una manera totalmente distinta a la de Lorgio con Hernán; y después hay varios tipos grandes en esta historia, porque están Lorgio, Perlassi, Belaúnde, Fontana, que son amigos, pero también son gente del interior y tampoco se van a entregar a la amistad como los tipos jóvenes. Hay como otro pudor en ciertos vínculos, ahí está, son amistades pero más pudorosas, más de no me entrego tanto, tan evidentemente a esa amistad. Son amistades sólidas, pero también tienen la seriedad de tipos grandes, me parece.


   —¿Buscaste, desde lo coloquial de los diálogos, una manera de hacer foco en personajes conocidos?

   —Mirá, yo creo que son muchas las personas que se interrogan, así como tenés a las personas que no se interrogan nunca sobre la vida, creo que también hay otro montón de gente que sí se está preguntando sobre las cosas profundas. Pero la mayoría de los que hacemos esto no lo hacemos desde el lenguaje neutral o profundo de la filosofía. Yo creo que muchos de nosotros nos formulamos interrogantes existenciales aunque lo hagamos en un lenguaje cercano. En el fondo el planteo de Manzi, cuando dice que está convencido de que los boludos tienen más suerte que la gente inteligente, es un planteo ético o existencial. Otro ejemplo es cuando Perlassi y Fontana están hablando de los hijos de puta.


   —¿A qué te referís puntualmente?

   —Si Perlassi estuviese escribiendo un tratado de filosofía no se plantearía qué porcentaje de la humanidad son hijos de puta, no lo plantearía en esos términos, hablaría de la maldad y la bondad en términos generales. Pero, bueno, Perlassi es un tipo que se crió en O'Connor y la manera de hablar de la maldad es la hijaputez, pero está hablando de la maldad y de la dignidad del alma humana. Y cuando yo me lo planteo, me vivo interrogando sobre cosas profundas, pero suelo hacerlo a partir de categorías menos herméticas que las del pensamiento filosófico.


   —De todos modos, en este libro, de la mano del humor y el juego de palabras, recurrís a giros filosóficos, como por ejemplo cuando uno de tus personajes se pregunta "dónde acaba el acabóse".

   —Sí, me gusta un poco la filosofía de entrecasa, en el sentido de salir hacia la filosofía desde la vida cotidiana, que es como va uno. O sea, estás caminando por tu barrio y te asaltan estas cosas, y bueno, por eso surge a veces del propio lenguaje, pero del lenguaje común y corriente. No sé, me pasa en la vida y por eso también termina pasando en mis libros.


   —¿Cómo tomaste la decisión de traer a escena otra vez a los personajes de Aráoz y la verdad?

   —En el fondo fue porque...los extrañaba (risas). Mirá, cuando escribí Aráoz y la verdad nació el pueblo O'Connor, Perlassi, los López, el viejo Medina, el del lavarropas, y una serie de personajes que me cayeron bien, me gustaron y me hice amigo de ellos. Y cuando estaba terminando Aráoz y la verdad me agarró como una melancolía de decir "puta, a estos tipos no los veo más". Y me dije "alguna vez voy a volver con ellos".


   —¿En qué punto o momento hilvanaste ambas historias?

   —Aráoz y la verdad es una novela en la que hay ocultamientos y cierto recelo de contarle mucho a este Aráoz sobre Perlassi y O'Connor. Y sobre todo cómo no les gusta a estos tipos que le vengan a preguntar mucho de ellos. Algunas de las cosas que terminan ocurriendo en La noche de la usina ya se me iban ocurriendo ahí, pero no entraban en Aráoz y la verdad, no tenían que ver con esa historia, pero le daban sustento. Entonces era una cuestión de tirar de esos hilos sueltos. La noche de la usina sería una precuela, porque esta novela transcurre en 2001 y la otra sucedía en 2006.


   —¿Por qué tomaste como disparador la crisis del corralito?

   —Por un lado había una conveniencia argumental, algo bien básico, porque para favorecer la estafa me venía bien situarlo ahí, dado que el tipo que le quedó la guita adentro del banco perdió como en la guerra pero el que tenía la guita en el banco y sacó la plata antes multiplicó la guita por cuatro, que es lo que hace Manzi. En esas grandes crisis y enormes cataclismos casi todos los giles perdemos pero algún piola gana mucha plata, y me gustó situarme en esa bisagra, de que cayeran de un lado todos los giles perdiendo y del otro lado se irguiera alguno ganando. Por otro lado, me parece que la crisis del 2001 habla mucho de nosotros.


   —¿Qué es lo que queda más expuesto a partir de ese caos?

   —Me gustaba ir a ese pueblo condenado, me gustaba bucear un poco en esa especie de condena fatal que los tipos están arrastrando dos años antes, al decir "que se nos viene la noche, que se nos viene la noche" y se les viene la noche. A mí me pasó eso de vivir unos años 90 muy duros y difíciles,rodeado de un montón de gente que se sentía en el mejor de los mundos. Y lo que pasó en el 2001 fue que había un montón de tipos que estaban arriba del bote mientras yo estaba en el medio del agua y terminaron también en el agua. Mientras yo chapoteaba me daban ganas de decir "¿pero cómo, no estabas recontento vos cuando hace cinco o seis años yo estaba dentro del agua y vos no veías el agua?". Me gustaba volver a esa candidez, esa ingenuidad que tenemos los argentinos, que somos bastante especialistas en no verla o de creernos que somos una maravilla cuando la cosa no es tan buena.


   —¿En la novela está también esta cuestión de recurrir al ingenio argentino y lograr el objetivo cueste lo que cueste?

   —Sí, es un policial chambón, porque ellos no son ningunos genios, en realidad si fuera una historia de robos bien hechos serían todos unos expertos, pero son un desastre todos. Lo que tenemos, no sé si los argentinos o los seres humanos en general, es que con recursos limitadísimos, si los administrás con inteligencia un tiro derecho te sale y alguna vez pegás en el blanco. El asunto es también aprovechar esa única que vas a tener.


   —La cuestión de las pertenencias políticas aparece en la historia, pero no le diste protagonismo. ¿Fue intencional?

   —Está como de fondo, en el sentido de dar ciertas identidades, pero son identidades románticas y confusas. Fontanta, por ejemplo, es anarquista y alfonsinista. Por ahí vos decís ¿sos anarquista o alfonsinista? Bueno, él es las dos cosas y le cierra, o el caso de Belaúnde, que es peronista, pero de una manera casi folclórica. Es el tipo de identidades que a mí me gustan, no son agresivos, tanto en la política como en el fútbol me gustan las identidades y que la gente tenga sus ideas, pero no la agresión a los demás. No me banco a los fanáticos y ojo que soy futbolero hasta la maceta, pero una cosa es ser enfermo de tu club y otra cosa es ser fanático. Estos tipos no son fanáticos, tienen sus ideas y sus cariños, pero no andan bajando línea ni explicándole el mundo a nadie.


   —El amor y el drama también atraviesan el relato y en el caso de Rodrigo y Florencia hubo final feliz. ¿Sos de apostar a los finales felices?

   —Mirá, mientras te escucho pienso en Hernán y su padre, y esa historia termina muy mal. Creo que hay varios finales, me gusta que en los finales haya una apertura hacia un lado. En todo caso, para mí los finales felices son que los personajes se muevan un paso en la dirección que desean. En La noche de la usina Florencia lo va a buscar a Rodrigo y ahí tenés una consolidación de un final feliz; pero los López en el final se van a la banquina y Hernán termina distanciado para siempre de su padre. Sí es cierto que para mí, en la vida como en los libros, lo peor de todo es cuando no te podés mover de un sitio malo.


   —El caso más emblemático es La pregunta de sus ojos (novela que llegó al cine y al Oscar con El secreto de sus ojos), en la que todos los personajes se mueven de los sitios donde están incómodos.

   —Sí, pero ahí lo último que pasa es que va el protagonista y la encara a la mina, pero ¿qué sabés qué dice la mina? Uno podrá decir que le dice que sí y no lo sabemos, pero ojo, a uno lo pone contento porque decís "puta, este se puso en movimiento". Y está bien, para mí es bueno eso, pero no es una consolidación definitiva de que las cosas le van a salir bien, por lo menos lo va a intentar.


   —¿En tus novelas buscás darle aire y movimiento al personaje o pensás en darle aire al lector?

   —Yo necesito pensarme a mí mismo como lector, porque yo soy el lector que tengo en la cabeza. Como lector me gusta que me cuenten un cuento, que me propongan una historia, que pasen cosas en eso que estoy leyendo. Entonces cuando escribo me pasa de plantear cosas que a mí me resultan atractivas como lector, que no es lo mismo que pretender que le pase algo específico al lector. Eso trato de evitarlo porque los lectores son tan distintos uno de otro, que la verdad es que yo no sé qué es lo que quiere cada uno. Yo creo que si uno quiere como escritor generar cosas en un lector vas a fracasar, porque lo vas a lograr con un lector y no con otro, y eso te generaría mucha inseguridad también. La clave es qué historia quiero contar, cómo lo voy a lograr y cómo me gustaría leerla. Y ahí se acabaron las preguntas te diría, si uno logra eso, ya está.

La ficción antes que la realidad

A veces la realidad supera la ficción, pero en este caso la ficción se adelantó a los hechos. Cualquiera que lee La noche de la usina podría pensar que Eduardo Sacheri se inspiró en sucesos de la Argentina actual que sacudieron la escena política, social y mediática. Es que uno de sus personajes construye una bóveda en medio del campo y ahí esconde el dinero que acumuló en forma deshonesta. Cualquier parecido con la realidad, confirma el autor, es pura coincidencia.


   —En medio de la promoción de tu novela explotó el increíble caso López. ¿Cómo lo tomaste?

   —Fue terrible. Yo la novela la entregué en diciembre, pero cuando se empezó a agitar el asunto con el tema de Lázaro Báez, con las topadoras que entraron a escarbar la tierra en la Patagonia, dije "uy, cómo se parece a lo que yo escribí". Y después vino este López con la bóveda y las valijas y todo eso. Parece que lo hubieran hecho a propósito para promocionarme la novela, fue terrible la casualidad.

A dúo con Campanella

Las novelas de Sacheri suelen pasar de las librerías a las tablas o al celuloide. Aráoz y la verdad fue adaptada al teatro y Papeles en el viento fue filmada por Juan Taratuto, pero ninguna tuvo una repercusión tan grande como La pregunta de sus ojos, que mutó en El secreto de sus ojos y en 2010 ganó el Oscar como mejor película extranjera. Ese hito fue de la mano de Juan José Campanella, con quien Sacheri estableció un vínculo sensible y laboral. "Ahora estamos escribiendo un guión original nuevo con Campanella, pero arrancando de cero entre los dos, no basado en un libro mío", le dijo a Más el escritor, quien citó que ese proyecto es el más inmediato. Eso sí, Sacheri no adelantó ni una línea de ese guión, ya que el texto está en pleno proceso de producción. En tanto, La noche de la usina seguirá su camino de promoción por toda América Latina hasta diciembre.

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