La ciudad
Lunes 13 de Febrero de 2017

Lo que desnudó la caída de un poste en una canchita de fútbol barrial

En el Club Atlético Junior, de zona oeste, juegan unos 80 pibes de 4 a 12 años. Los padres se ponen la institución al hombro "por amor a los chicos".

La caída de un poste sobre la cabeza de un niño en una canchita de fútbol de la zona oeste, el jueves pasado, descubrió una historia de mucho sacrificio. En las instalaciones del Club Atlético Junior —la cancha, los baños y vestuarios, el buffet y un salón de usos múltiples— juegan unos 80 pibes en ocho categorías, de entre 4 y 12 años. Según las autoridades, el 60 por ciento son del barrio, pero el resto viene de otras zonas.

Todos los que colaboran, en cualquiera de las funciones, trabajan ad honórem. "Acá nadie cobra un peso, hacemos todo por amor a los chicos", dice Martín, que además también entrena a la categoría 2005. Llegó al club hace cinco años porque llevó a probarse a su hijo, que ya no juega porque superó el límite de edad. El nene cumplió su ciclo, pero el padre, que es empleado metalúrgico cuando se saca el traje de director técnico, se quedó. "Igual este es el último año en que participo, se deja mucho acá adentro, se le resta tiempo a la familia. Mi hijo me dice a veces que quiero más a los pibes del club que a él", admite.

Según cuentan en el barrio, al grupo de padres que se carga al hombro la institución, haciendo trabajos de albañilería, herrería y plomería para abaratar los costos de las obras, se le suman muchos de los chicos que —como el hijo de Martín— superan la edad de la máxima categoría, pero se quedan dando una mano en lo que se pueda.

"Los que vivimos acá tenemos un buen concepto del club. Trabajan todos gratis. Por ahí se juntan y hacen una pollada para recaudar plata y mantenerlo funcionando. Viene un padre y trae materiales, otro se pone a soldar, hacen todo a pulmón, porque esto no es una mina de oro", dice con admiración Guillermo, un vecino que vive hace 30 años en la zona y vio crecer poco a poco la institución, que se asentó allí tras la donación del terreno por parte de la Escuela 1.263 Joaquín V. González, que linda con la canchita y adonde concurre buena parte de los jugadores del club y muchos niños del Fonavi de Donado y Mendoza.

Entre monstruos y plomos

"Sacan a los pibes de la calle, les muestran otra cosa. Le hacen bien al barrio, que ahora está más tranquilo, pero los fines de semana a la noche es un infierno, salen todos los monstruos (sic) a tirarse con plomo, hay venta de droga", comenta el hombre que tiene un taller mecánico de motos justo enfrente del portón del establecimiento.

El sentido de pertenencia también juega un rol importante. "Hubo un grupo de chicos que cuando jugó el último partido cortó un pedazo de pasto con tierra y se lo llevó de recuerdo. Sacamos a muchos pibes de situaciones difíciles, con padres complicados, y este lugar se vuelve su segunda casa", recuerda Martín, que menciona además —sin asegurarlo con certeza— que allí se formó el ex jugador de Newell´s Pablo Pérez. Y quizás para equiparar y no generar rivalidades, también recuerda a los hermanos del futbolista de Rosario Central Cristian Villagra.

"Pero lamentablemente otros son los mismos que después se saltan el tapial y entran a robar o hacen destrozos. Ya tuvimos varios episodios similares: se llevan pelotas, la garrafa, la máquina de cortar el césped, lo que encuentran. Ya no dejamos nada acá, cada uno se lleva algo a su casa", lamenta el técnico.

Sin embargo, no todas son pálidas. Prietto reconoce que el Estado les da una mano, y cuando eso no basta se juntan con otros clubes para realizar partidos a beneficio —como el que se desarrollaba el miércoles último— y de esa forma solidaria juntar fondos para subsistir.

"El municipio algo manda, y el actual gobernador (Miguel Lifschitz) cuando era senador provincial nos ayudó a hacer el salón. Nos mandó a buscar presupuestos, y las empresas nos pasaban 60 mil pesos. Entonces le dijimos «la mano de obra la ponemos nosotros», y entre todos nos pusimos a construirlo. Lo hicimos por 15 mil", relata con orgullo. Y aclara en qué se basa el acuerdo de honestidad que potencia todo el esfuerzo conjunto: "No aceptamos dinero para que no haya problemas. Cuando alguien quiere hacer una donación, le pedimos materiales".

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