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Lunes 11 de Mayo de 2009

Llorar por amor

Por la pérdida de personas valiosas, por gente inmerecida, de bronca, por angustia, impotencia, dolor, desengaños, frustraciones, tristeza o por alegría. ¿Quién no ha llorado alguna vez? Me refiero a llorar de buena gana, con esas lágrimas incontenibles que a veces avergüenzan y otras tantas relajan. Convengamos que hay llantos buenos, muy buenos: es más, soy de las que prepara la escena para sollozar y condolerse tranquila. Tal vez por masoquista, melancólica o amante del golpe bajo. No sé, pero a mí de vez en cuando un buen llanto me renueva el alma.

Por la pérdida de personas valiosas, por gente inmerecida, de bronca, por angustia, impotencia, dolor, desengaños, frustraciones, tristeza o por alegría. ¿Quién no ha llorado alguna vez? Me refiero a llorar de buena gana, con esas lágrimas incontenibles que a veces avergüenzan y otras tantas relajan. Convengamos que hay llantos buenos, muy buenos: es más, soy de las que prepara la escena para sollozar y condolerse tranquila. Tal vez por masoquista, melancólica o amante del golpe bajo. No sé, pero a mí de vez en cuando un buen llanto me renueva el alma.

Me pasa, por ejemplo, cada vez que veo "Los puentes de Madison". Sé de antemano que con esta película lagrimearé íntima e irremediablemente. La veo una y otra vez con absoluta tristeza pero empiezo a llorar, de veras y con congoja, no en un instante cualquiera sino cuando Clint Eastwood representando a Robert el fotógrafo se va del pueblo para siempre y bajo una dramática lluvia. Aguarda con su pick up el cambio de semáforo, sabe que Francesca en la piel de Meryl Streep lo está mirando y cuelga en el espejo retrovisor la cadenita que fue parte de ese amor intenso y desgarrador de apenas cuatro días.

Me mata. Muero de llanto en esa escena, pero me encanta y conmueve tanto como el recital del viernes por la noche del inmenso músico brasileño Egberto Gismonti.

Si repaso algunas penas propias y ajenas que viví por estos días, y hasta minutos antes de ir al recital, puedo entender que las lágrimas se acumulan, a veces en toda una vida, gota a gota, hasta que estallan de una buena vez. Pero, por qué se disparan en un momento y no en otro es para mí parte del misterio.

Con Gismonti sentí que esta vez lloré de belleza. Me sensibilizó el clima íntimo, cariñoso y sencillo que crearon él y su hijo Alexandre en el escenario; fue algo tan delicioso que me dio por llorar cual condenada. Eché mano a mis pañuelitos descartables y moquié cómodamente y a mis anchas por algo adorable que para mí transmite Gismonti. Que no sólo toca el piano y la guitarra como los dioses sino que, no casualmente, se reproduce en hijos virtuosos. Había en medio de la música de esos dos hombres tanta complicidad, respeto y admiración, tanto amor...que daban ganas de escucharlos y verlos más y más. Tras cada tema se pusieron de pie, saludaron al público con gestos mínimos de cabeza y se felicitaron mirándose a los ojos y tocándose apenas la punta de los dedos. Les aseguro que lo que ví en ese último gesto, cada vez, fue la viva imagen de la "Creación del Hombre", de Miguel Angel.

Volví a casa y seguí escuchando a Gismonti. Es una pena que todos sus discos se editen en el exterior y sean tan caros. Sólo tengo "Música de sobrevivência" porque aquel por el que conocí a este músico allá por los 80, no era mío sino de una de mis ex parejas. Y no iré a pedirle que me lo preste, así que acepto si alguien quiere acercarme por unos días algún otro CD, de lo contrario seguiré apelando al Youtube que es otra opción al momento de emocionarse.

Otra posibilidad es leer lo que tiene para decir Gismonti. Recomiendo la entrevista que le hizo mi compañero Orlando Verna días antes del espectáculo, en La Capital ("Para aprender música está la escuela"). No es una nota cualquiera, sus palabras sobre su obra y sus hijos (que tal vez sean parte de lo mismo), son un acto de amor.

Y al fin de cuentas, si hay que llorar irremediablemente en esta vida, mejor que sea por amor, por actos bellos y de verdadero amor. Por estos sí que vale la pena llorar a lágrima tendida.

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