Ovación
Viernes 07 de Octubre de 2016

Lima, contrastes y buen paladar

La capital peruana invita a recorrerla por su riqueza colonial y para respirar el aire cosmopolita. También hay que disfrutarla por el sabor de su gastronomía, todo un hecho cultural de gran fama

No hay muchas excusas para no venir a Lima, la ciudad en la que estuvo hospedada la selección argentina desde el domingo pasado a la espera del partido de anoche contra Perú por las eliminatorias sudamericanas. Por más que una neblina pegajosa y molesta siempre se quede impregnada en el cuerpo del visitante, la capital peruana invita a un recorrido prehispánico y colonial. También empuja a conocer cada rincón de una urbe obsesivamente poblada de plantas y flores que les dan un colorido único a sus calles y plazas. Hasta vale la pena quedarse tirado panza arriba y contemplar como el sol se empaca detrás de ese cielo plomizo que parece caérsele encima a quien la camina por primera vez.

   No en vano los limeños se jactan orgullosos de definirla como la ciudad en la que nunca llueve. Por algo aquí el paraguas es un elemento que no existe. De vez en cuando cae una llovizna tenue, pero es toda una rareza. Una singularidad más ligada al hecho de que Lima está flanqueada al oeste por el océano Pacífico (de corriente fría) y al este por la Cordillera de los Andes, que la aísla de las aguas más cálidas provenientes de la selva.

   De hecho, el enviado de Ovación debió soportar una garúa imperceptible durante todo el paseo por la Plaza Mayor, ubicada en el punto neurálgico para empezar a saber algo más del centro histórico limeño. También conocido como damero de Francisco Pizarro, en homenaje al fundador de la ciudad en 1535. Es una zona de calles que aún conservan ese aire colonial y que están trazadas como un tablero de ajedrez. Por ejemplo, el piso y los muros lucen revestidos por millones de mosaicos venecianos.

Alrededor se encuentran la Catedral, el Palacio de Gobierno y el Palacio Arzobispal. Monumentos renacentistas y tallados en el molde del estilo barroco y aborigen de la época. Por aquí afirman, y vaya si tienen razones para hacerlo, que la Catedral es la síntesis perfecta de los estilos arquitectónicos que se desarrollaron en la ciudad desde sus orígenes hasta la actualidad. También la leyenda urbana asegura que cada templo tiene su pequeño tesoro y que en uno de ellos el escritor Mario Vargas Llosa se inspiró para escribir la fabulosa novela Conversación en la Catedral, que remite a los tiempos en los que Perú estaba jodido por la dictadura militar encabezada por el general Manuel Arturo Odría.

   Como toda metrópoli de América latina, Lima tampoco puede esconder la pobreza ni siquiera debajo de esa alfombra de flores y aromas tan originarios de la cultura peruana. Por eso es habitual desorientarse viendo un paisaje de contrastes en el que las ofertas callejeras muchas veces se pierden entre las esquinas de los barrios más pudientes.

   Justamente si el viajero busca encontrarse con esa Lima que le hace honor al cosmopolitismo y la modernidad, nada más recomendable que darse una vuelta por los distritos de Miraflores, San Isidro y el Barranco. Sitios exclusivamente turísticos en los que a cada paso la mirada se atropella con bares, restoranes, impronta bohemia y arte contemporáneo. Por allí se puede pasear de día y de noche sin pensar en arrebatos o miedo a la inseguridad entre una gran cantidad de tiendas, galerías de arte, teatros, hoteles de las cadenas más afamadas, cafés y en medio de casonas del siglo XIX y sus pintorescos parques. Lo que más llama la atención de esa zona es que en Miraflores se levanta una rara escultura de dos amantes inspirada en el Parc Güell, del arquitecto Antoni Gaudí, y además se puede apreciar una espectacular vista al mar desde sus malecones. También es para perderse literalmente cuando uno se adentra en el mundo del Mercado de Surquillos y el Mercado Indio.

   Al primero podría definírselo como una inagotable fuente de experiencias sensitivas y humanas. Se pueden encontrar todos los frutos inimaginables, con los colores y olores más exóticos. Un dato que convoca a la sorpresa es que en el inventario de productos se ven más de 4.000 variedades de papas, carnes de todos los animales que caminan y verduras autóctonas. Ni hablar de los mariscos y todos los ingredientes necesarios para preparar el famoso cebiche, la comida nacional por excelencia peruana. En cambio, el Mercado Indio se especializa en el surtido de artesanías y de la indumentaria autóctona. Al turista le venden desde un hilo peruano a ponchos y pantalones de bordado y tejido casero a tan sólo 20 soles, que equivalen aproximadamente a 20 pesos argentinos.

   Pero si de gastar dinero se trata, el Mercado Central de Lima es el peor terror de los bolsillos de los visitantes. Es considerado uno de los más grandes de América debido a la masiva llegada de familias que arribaron como mano de obra esclava a Perú en el siglo XIX. Sinceramente ahí se puede encontrar de todo, pero nada como las exquisiteces de la comida fusión, que hoy hacen furor en Perú, y que son la mezcla de estilos culinarios de diferentes culturas.

   Para aquel que se muera de ganas de darse de bruces contra la brisa marina, lo más aconsejable es caminar y caminar por el barrio el Barranco. Es que ahí se encuentra un antiguo balneario en el que vacacionaba la aristocracia limeña a principios del siglo pasado y actualmente se convirtió en el lugar elegido por los surfistas peruanos para desplegar toda su destreza y cabalgar sobre las olas del Pacífico. Por algo el surf es uno de los deportes más practicados en el país incaico.

   Para lo último siempre se guarda lo mejor. Y lo más placentero de este paseo a las apuradas por la ciudad en la que jugó la selección argentina es disfrutar de su gastronomía. No es verso cuando te dicen que "si querés comer bien, tenés que ir a Lima". Porque la cocina peruana es más que una buena mesa a la que se sientan los elegidos. Es todo un hecho cultural. Y uno de los mayores acontecimientos que explica esta fama es el festival Mistura, que se realiza en septiembre. Allí coinciden las grandes figuras del paladar limeño en un mismo espacio que brinda al gran público la posibilidad de probar los sabores de sus cocinas. Obviamente, en la pole position de las degustaciones se ubican el cebiche macerado con limón y acompañado por un buen pisco sour. La bebida que cura todos los males y que hace que el visitante no descarte alguna vez vivir en Lima.

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