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Sábado 05 de Junio de 2010

Libros verdaderos

Las librerías ya no son lo que eran. En la actualidad uno entra a cualquiera de las grandes, tanto aquí como en Buenos Aires o Montevideo, y es recibido por los best sellers.

Las librerías ya no son lo que eran. En la actualidad uno entra a cualquiera de las grandes, tanto aquí como en Buenos Aires o Montevideo, y es recibido por los best sellers. Toneladas de best sellers apilados de manera intimidatoria esperan ansiosos sobre las mesas exhibidoras, respaldados por un convincente aparato publicitario y la crítica benevolente de las publicaciones llamadas “especializadas”. Pero no conviene confundirse: en la gran mayoría de los casos no se trata de libros. Sólo tienen la apariencia de libros. El aspecto de libros. La forma de libros. Pero los libros, los pocos que quedan, están más allá. Generalmente, más atrás y más abajo. Muchas veces, cubiertos por una generosa capa de polvo.
¿Qué ha pasado? ¿Cuál es el misterioso fenómeno que nos aqueja, ya desde hace años pero de modo cada vez más notorio y agudo? ¿Por qué quienes venden la mayor cantidad de libros no son escritores, sino supuestos expertos en felicidad e infelicidad, cocina, meditación o técnicas para abandonar a la pareja de turno, y por qué simples divulgadores o meros chismosos reemplazan a los investigadores serios así como las letras de las canciones han sustituido a la poesía? ¿Por qué gurúes de toda clase, casi siempre inventos del mercado o subproductos de la TV, se erigen de inmediato en líderes de ventas, tal como ocurre con pergeñadores de novelas cuyo tamaño y peso físico son equivalentes a su carencia de valores literarios?
Demasiadas preguntas para una sola respuesta: simplemente, porque eso es lo que “la gente” consume. Y obsérvese que escribo “consume” porque me aterra escribir “lee”. “La gente” entra a la librería y compra lo que le venden. Y lo que casi siempre le venden es eso.

No esperen que dé una solución al problema. No la tengo. Me limito a comentar que las grandes cadenas editoriales están concentradas mayoritariamente en la producción y difusión de basura. Y que tienen, en general, los mismos principìos a la hora de publicar que los que tiene Carlos Salvador Bilardo a la hora de defender un resultado favorable en un partido de fútbol.

No tengo soluciones, pero sí propuestas.
La primera es esta: no se deje seducir por lo primero que vea. Lo primero que va a ver en una librería son casi siempre materiales de segunda o tercera categoría. Entre, curiosee, fisgonee, inspeccione. Si es necesario, ensúciese las manos. Lo mejor puede estar oculto. Casi siempre está oculto.
Ahí va la segunda: no confíe en casi nadie (tampoco en mí). Sobre todo, no crea en los críticos pagos: suelen ser pagos por las editoriales. Pregunte, averigüe y vuelva otra vez a preguntar. Pruebe por cuenta propia. Arriesgue. De todas maneras, hay nombres que nunca fallan.
La tercera: no se olvide de las librerías de saldo ni de viejo. Son refugio de tesoros. Extráigalos del mar, lléveselos a su casa y consiga una botella para acompañar la lectura.

Cuando no se puede ganar, corresponde resistir. “Resistid, queridos libritos”, como escribió en un poema Roberto Bolaño. Resistid, sí, la ola de imbecilidad, los intereses creados, los hipócritas, los mentirosos y los mediocres. Resistir es la única que queda.
Y recuerden: un libro verdadero jamás se rinde.

 

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