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Martes 12 de Enero de 2016

Libertad, belleza y un poco de esperanza

Libertad, belleza y

Ayer a las siete de la mañana me entró un mensaje en el celular. Fui a ver porque es raro que alguien me mande un mensaje a esa hora. El mensaje decía: "Bowie murió. No lo puedo creer". Me empezaron a temblar las manos. No sabía qué hacer. Había estado todo el fin de semana escuchando el nuevo disco de Bowie, "Blackstar", que salió el viernes pasado. Escuchaba sin parar el tema "Dollar Days". La melodía me parecía conmovedora y la letra me obsesionaba: "Estoy tratando/ me estoy muriendo también", reza el estribillo. Apenas unos días antes había estado escribiendo el comentario de "Blackstar", que salió publicado en La Capital del domingo. Ahí afirmé que algunas letras de "Blackstar" me habían parecido oscuras, tristes y finales. Era una especie de metáfora, una forma sutil de expresarlo. En realidad quería decir que ciertos pasajes de las letras hablaban de la proximidad de la muerte, que eso se percibía en todo el álbum, pero me parecía demasiado fuerte escribirlo en esos términos, me sonaba demasiado "bajoneante". En el fondo, como todo fan, tenía miedo.

Sentada frente a la compu, la noticia de la muerte de Bowie se me confirmó como una pesadilla, como una película de terror que le estaba pasando a otro. Las manos me dejaron de temblar, pero no podía hablar. Un amigo me mandó otro mensaje: "Me resulta inconcebible un mundo sin David Bowie". Me hubiese gustado contestarle: "Fuimos afortunados de haberlo conocido, de escuchar todos sus discos. Yo hasta lo vi en vivo. Qué más puedo pedir". Sin embargo en ese momento uno sólo piensa en la pérdida, y en que la pérdida no se puede medir ni reparar. Para miles _millones_ de personas de mi generación Bowie siempre fue sinónimo de transformación, de cambio, de libertad, de belleza. Aunque ya no hiciera más giras, aunque sus últimos discos no estuvieran a la altura de sus obras maestras, saber que él estaba ahí, en alguna torre de marfil de Nueva York, te daba la tranquilidad de que lo que él simbolizaba seguía vivo.

David Bowie pertenece a la clase de artistas que transforma a quienes lo escuchan. Descubrir sus discos de los años 70 _desde "Hunky Dory" hasta "Lodger", llegando también al glorioso "Scary Monsters" (1980) y más allá, es abrir puertas a muchos universos. Cada canción podía esconder un link a más música, al cine, a la literatura, a las artes plásticas, al teatro, a la filosofía, a la experimentación. Detrás de cada letra, de cada imagen, una pregunta, un atajo, una historia.

En los últimos tiempos resultaba poco negocio ponerse a repasar la discografía de Bowie, fuesen los discos de los 70, los 80 o los 90. Cualquier otra cosa en comparación parecía menor, mezquina y aburrida. El mundo parece mezquino al lado de la obra de Bowie.

Una catarata de imágenes se me aparecen cada vez que escucho "Ziggy Stardust", "Low" o "Station To Station": El Duque en el escenario de River en 1990 cantando "Panic In Detroit". O cantando "Golden Years" en Ferro en el 97. Me acuerdo con ternura de cuando escondía la tapa de "The Man Who Sold The World" para que no la vieran mis viejos. No quería que me preguntaran por qué estaba vestido de mujer. Y recuerdo cuando viajé a Inglaterra para conocer su lugar de origen, una humilde casa en el barrio de Brixton, y me fui rápido porque Brixton es marginal y bravo, igual que los comienzos de Bowie.

¿Qué va a pasar con la obra de Bowie ahora que él no está? ¿Existe todavía el rock tal como lo conocimos? ¿Va a sobrevivir la cultura rock que Bowie ayudó a crear? Nadie lo sabe. Pero en este momento tal vez haya algunos pibes curiosos preguntándose quién fue Bowie. En esa respuesta yo siempre tengo esperanzas.

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