Lionel Messi
Martes 28 de Junio de 2016

Leo Messi y una renuncia que deja a la selección en la intemperie

En caliente, y tras otra final perdida con Chile, Lionel Messi hizo el anuncio y provocó un tembladeral, aunque la decisión se venía masticando desde hace tiempo. El capitán argentino había dado señales.

La bomba mediática que hizo detonar Lionel Messi tuvo un efecto más devastador que la nueva desesperanza que invade a los argentinos por otra final perdida ante Chile. Eran cerca de las 1 de la madrugada en Nueva Jersey (una hora menos que en Argentina) y en los pasillos del MetLife Stadium no se hablaba de otra cosa. O, mejor dicho, no se hablaba. Los periodistas abocados a la cobertura de la Copa América Centenario 2016 se miraban todavía incrédulos unos a otros por lo que acaban de escuchar del capitán argentino. No por la rotundidad de las palabras, sí por el momento que eligió para decirlas públicamente.

Tampoco creamos que los Reyes Magos existen y que la renuncia de Messi a la selección argentina fue un arrebato de alguien que no está en sus cabales. Nadie más consciente que Leo sabía del sismo que iban a provocar sus declaraciones. Por eso las realizó en caliente y con otra derrota por penales contra Chile en una final recién salidita del horno. Nunca hay que olvidarse, menos en este contexto, que el domingo fue el cuarto intento frustrado del diez por salir del club de los perdedores al que parece estar abonado de por vida desde que es la bandera de reivindicación de los últimos procesos en la selección. Todo eso metido en una mezcolanza indigesta salió lo que salió. El acto de sinceramiento de un ser humano que estaba destrozado. Que lucía realmente tan abatido, como si un camión con acoplado le hubiera pasado por encima: "Estoy realmente destrozado. Es un momento durísimo para mí. Creo que lo mejor es que me vaya de la selección argentina. Que les deje mi lugar a otros jugadores que vienen desde atrás y tal vez con ellos podamos ganar algo. Porque conmigo no se puede. Lo busqué, lo intenté cuatro veces y perdí todas las finales. Tal vez sea yo el problema. Por eso prefiero dar un paso al costado y ojalá que la selección pueda lograr muchas cosas sin mí". Este discurso sólo es capaz de darlo alguien que ya tiene asumido que los infortunios en la selección seguirán minando su estadía para siempre. Y que no tiene ni le quedan ganas para cambiarlos.

Precisamente Messi siente que dio todo, pero que el destino se portó muy mal con él. Que fue al único que todavía no pudo gambetear con la camiseta argentina. Pero lo peor es que siempre se le anticipa y no puede sacárselo de encima. El domingo jugó quizás la mejor final de las cuatro que disputó, una por el Mundial 2014 y tres por Copa América, pero cuando se paró frente a Claudio Bravo en el penal para poner en ventaja a Argentina, la fatalidad futbolística volvió a ponerle el dedito en el hombro para decirle que esto no estaba reservado para él.

Messi tuvo que probar el veneno de otra desazón para que las ganas de no venir más a la selección se potencien. No se está atajando de nada ni haciéndose el niñito caprichoso. Pero sabe que la lapidación pública estará a la vuelta de cualquier esquina. Que ese ojo acusador del hincha argentino más recalcitrante lo seguirá hasta debajo de la cama y vivirá mirándolo cada vez que lo vea con la camiseta de la selección argentina. Por eso decide tomar distancia ahora. Convencido de que las puertas de la gloria en el equipo de su país le tienen prohibida la entrada. Por eso entiende que el ciclo en la selección se terminó. Porque ya no quiere pasar más por lo que pasó cuando perdió la final del año pasado en Santiago y se convirtió en el puching ball predilecto al que le pegaba la mayoría de la prensa. En aquel momento también se rumoreó con una posible renuncia. Al final siguió. Primero porque se lo pidió su círculo más cercano y segundo porque no quería dejar en banda a Gerardo Martino a un año de haber asumido.

Ahora la historia se cuenta con otros capítulos. Con páginas escritas con más desengaños y desilusiones. Messi se siente más culpable que antes de todos los males de la selección y más permeable a lo que piensa que se le va a venir. Tampoco ayuda para repensar lo que hoy no tiene retorno: el escenario caótico en el que se mueve la selección albiceleste con la dirigencia de la AFA.

Todos los que vivieron el día a día del equipo en cada ciudad en la que montó campamento durante la disputa de la Copa Centenario sabían del marcado fastidio de Messi hacia la dirigencia argentina. Nadie ignoraba esas pequeñas cositas que no lo hacían estar pleno y enfocado sólo en el objetivo de ganar el título. Claro, él trataba de disimularlo hacia afuera porque la obsesión de tener la copa lo era todo. Eso sí, no lo camuflaba puertas adentro, cuando charlaba con sus compañeros. Pero nada de lo que le hacía morder los labios entraba en comparación con la ilusión que tenía de demostrarle al pueblo argentino que él también podía subirse a un podio para recibir la medalla de campeón y no sólo a mirar como se la colgaban a otros.

   Basta con esforzar un poco la memoria y retrotraerse a la conferencia de prensa que dio el viernes previo a la final contra Chile. No cayó ahí frente a cientos de periodistas de todo el mundo como un extraterrestre en una cancha. Tampoco la causalidad o que ese día justo se levantó con ganas de agarrar un micrófono. Nada de eso motivó a que fuera el último jugador en dar la cara antes de la final. Al fin de cuentas era el capitán del equipo. No hizo ni más ni menos que lo que debe hacer un referente con las pelotas bien puestas.

   Se paró solito ante la prensa porque también tenía muchas cosas que decir y explicar. De hecho, se refirió a la famosa frase que había escrito unas horas antes en su cuenta de Instagram mientras esperaba el demorado vuelo hacia Nueva Jersey: "Qué desastre que son los dirigentes de la AFA, por Dios". Para hablar de eso se deslizó por la tangente. Sólo ensayó un mea culpa por no haber elegido el momento propicio para descargar la bronca por el vuelo demorado. Aunque se guardó para vaya a saber cuándo todo lo que piensa de la actual dirigencia de la AFA. Igual, ahí ya algo venía masticando. La decisión de irse de la selección no se incubó sólo por otra final perdida y el penal errado. Obvio que esas dos situaciones traumáticas configuraron el combo perfecto para abrir el portón de salida. Tal vez si la herida encontraba algún cicatrizante y él se sacaba la etiqueta de fracasado, el anuncio lo estiraba un tiempo más. O lo disfrazaba diciendo públicamente que se iba a tomar un descanso por unos meses en la selección.

   El adiós tiene hoy el auxilio de lo irremediable, pero habrá que ver hacia donde decanta esta nueva frustración. Sería una temeridad asegurar que el domingo fue la última vez de Messi con la selección argentina. Por más que él lo haya dicho sin dudar. A seguro hace rato que se lo llevaron preso.

   Además, una vez que las cosas empiecen a retomar el cauce normal y este nuevo subcampeonato de América se observe sólo en términos deportivos, seguramente vendrá el operativo clamor para que Messi vuelve a la selección. En esto está terminantemente prohibido hacerse el amnésico y no recordar que Argentina sin Messi es una selección del montón. Por no decir de morondanga. O acaso nunca se escuchó que dijeran que "Argentina era Messi y diez más". Tampoco ahora hay que jugar al distraído y hacerlo responsable hasta de la inflación del país.

   En ese sentido, Messi no es ningún zonzo y se encargó el propio domingo de activar las teclas de esta nueva versión de jugador más reaccionario afuera que adentro de la cancha: "Sé que muchos ahora estarán contentos que me voy de la selección. Lo estaban esperando. Parece que yo soy el culpable de todo lo que pasa en la selección y el fútbol argentino", repitió anoche al pasar cuando el plantel llegaba al hotel Westin Hoboken para cenar, agarrar el equipaje y luego emprender el regreso de madrugada hacia Argentina.

   La renuncia de Messi a la selección le hace un tajo todavía más grande a la herida que tiene abierta esta generación de jugadores por no haber podido salir campeón. También deja a la intemperie al fútbol argentino. No va a ser cosa que de tanto hacerlo responsable de todo lo que perdió la selección en los últimos tiempos, en un par de meses esté todo el país unido y arrodillado pidiéndole por favor que vuelva.

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