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Viernes 09 de Marzo de 2012

Leer y escribir en el nivel superior

La educadora Analía Calafato analiza cómo responder a problemas de comprensión lectora

Vocabulario acotado, problemas para desarrollar un tema en profundidad y organizar información en un cuadro sinóptico son algunas de las dificultades más comunes que expresan los estudiantes que ingresan a una carrera terciaria, universitaria o no. A estos problemas frecuentes, se suman los propios de cada disciplina, y que habilitan —entre otras cuestiones— la comprensión de los textos académicos. Por eso, la educadora Analía Calafato, asegura: “En el nivel superior también se debe enseñar a leer y a escribir”.

Calafato es —a partir de abril próximo — la jefa del área de lengua y literatura del prestigioso Instituto Superior Nº28 Olga Cossettini de Rosario, además de ser profesora de formación docente y licenciada en pedagogía social. En diálogo con La Capital, destaca la importancia de la lectura y la escritura, en tanto “están presentes en toda instancia de aprendizaje”.

—¿Cuáles son las dificultades más comunes en la lectura y la escritura de los estudiantes que ingresan al nivel superior?

—Estimo que lamentablemente muchas de las cuestiones son las mismas que se presentan durante el secundario: dificultades para poder sintetizar en una idea principal el sentido de un texto o para identificar tesis y argumentos en una argumentación, para poder deducir por el contexto palabras desconocidas; los diagnósticos también hablan de que los jóvenes poseen vocabulario acotado, presentan problemas para desarrollar un tema en profundidad, o para organizar información en cuadros sinópticos o mapas conceptuales, y viceversa, entre otras. Son los mismos problemas, pienso, pero con otra profundidad o especificidad. Se trata de poder entender que lectura y escritura son actividades cognitivas complejas, cualquiera sea el momento de la escolaridad que se transite, y que —por esa complejidad— deben estar mediadas por el docente del nivel. Incluso el de nivel superior. A veces, cuando los estudiantes ingresan al nivel superior, se enfrentan con textos provenientes de campos del saber con los que no habían interactuado hasta ese momento; por ejemplo, los ingresantes a carreras docentes suelen tomar contacto por primera vez con textos de las ciencias de la educación, que presentan un vocabulario de tal “opacidad” para el lector, que opera como un fuerte limitante en la comprensión. Entonces, se hace imprescindible “andamiar” esos textos para que sean comprendidos, interpretados, ubicados en un nuevo sistema de significados.

—¿Esos inconvenientes pueden volverse en un obstáculo para seguir adelante con la carrera?

—La lectura y la escritura son dos procesos que se presuponen mutuamente, y que están presentes en toda instancia de aprendizaje. En tanto la lectura no se constituya en una verdadera construcción de sentido para quien lee, o estudia, en este caso, y se entrelace fuertemente con la escritura, en un continuum, como forma de volcar lo leído luego de haberlo apropiado en el universo de significados de cada uno, es probable que esas formas más mecánicas de leer y de escribir, más cercanas a la repetición, se transformen en obstáculos dentro del cursado de una carrera. Leer, sin comprender en profundidad, y sin poder escribir o hablar de lo que se ha leído, con soltura, habiéndolo internalizado, obviamente tienen consecuencias negativas en la formación de un estudiante.

—¿A qué atribuye estas falencias comunes?

—Estimo que tienen que ver con los cambios en los modos de lectura y escritura de los últimos años: hace mucho tiempo que escuchamos “los chicos no leen”, y creo que se trata de una verdad a medias: los chicos no leen de la manera en que nosotros —adultos de cierta edad— leíamos, o seguimos leyendo, pero sí leen con interesantes habilidades, otros tipos de textos como las imágenes. Quizás una tarea pendiente de la escuela, del sistema educativo, sea tender líneas entre esos modos de leer centrados en la palabra, que siguen siendo socialmente valiosos, y los modos de leer, por ejemplo, la imagen, en los que los jóvenes tienen más destrezas. Partir de sus habilidades comunicativas en otros lenguajes, para desarrollar las habilidades del lenguaje verbal. Quizás también se hayan visto debilitados los intercambios orales de estos jóvenes con los adultos: este es un mundo con menos tiempo para los relatos, para la interacción oral que no sea mera “función fática, de contacto”.

—¿Qué se puede hacer al respecto?

—Es central que los docentes tengamos claro que todos debemos enseñar a leer y a escribir desde cada disciplina, y en el nivel en que trabajemos, porque cada ciencia tiene su propia estructura, lógica y su especificidad en torno a su lenguaje. Esta problemática de la “alfabetización académica” está instalándose en el nivel superior, y está avanzando lentamente esta idea de que resulta impensable disociar un objeto específico de estudio, el eje de una carrera profesional, con las palabras, con los tipos de textos que lo conforman. Afortunadamente. Si estamos de acuerdo en que formarse en una profesión implica conocer su universo de saberes, para poder interactuar con él, entonces queda claro que ser docente de nivel superior demanda poder mediar, alfabetizar, en ese lenguaje en que ese campo científico se expresa, enseñar los procesos y desarrollar las habilidades que atraviesan la lectura y escritura en esa carrera. Diríamos que en el nivel superior también se debe enseñar a leer y a escribir.

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