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Lunes 22 de Agosto de 2011

Las razones del cristinazo

Los dos meses que quedan hasta las elecciones presidenciales del 23 de octubre exhalan un aroma inédito en la política argentina: la sensación de que todo está de más.

Los dos meses que quedan hasta las elecciones presidenciales del 23 de octubre exhalan un aroma inédito en la política argentina: la sensación de que todo está de más.

Resultado cantado, hecho consumado, final anticipado, bien podrían ser los denominadores comunes tras el avasallador resultado de las primarias, un virtual juego de niños para el oficialismo y una insoportable pesadilla para la insoportable levedad de la oposición.

La presidenta de la Nación tiene ante sí un escenario ideal al haber logrado una legitimación estentórea en todo su recorrido, basado en cuatro aspectos que se interrelacionan. La recalentada economía argentina es un tren de carga movilizado por el alto consumo de las capas medias. A esa acción estridente de un sector social que siempre fue clave para ganar o perder elecciones, se le suma el juego de espejos que, inteligentemente, fue sobredimensionado en el axioma por el kirchnerismo. Cuando el mundo de las grandes potencias parece tirar para atrás hasta anclar la mirada de la sociedad argentina en el caos del 2001, Cristina pasea su realidad con tacos altos y elegancia de la mano del autodenominado "modelo" nativo.

Hacia abajo. Y si las clases medias compraron el paquete cristinista sin beneficio de inventario, mucho más lo hicieron las franjas más pobres, adheridas como una oblea a los planes sociales y a los incentivos destinados a engrosar los ingresos mínimos.

Aparece portentoso en el firmamento otro motivo que pavimentó el camino hacia el 50,1 por ciento de los votos: por primera vez un gobierno pudo construir su relato por afuera de los canales mediáticos tradiciones. Resultaba impensado hasta el domingo mismo salir airoso sin aparecer en las naves insignia del Grupo Clarín. Sin embargo, el cristinismo lo hizo a partir del estado de movilización permanente que logró anclar en sectores culturales acicateados a partir de la ley de medios.

El mundillo vinculado a la cultura, las facultades de comunicación social y determinados estamentos linkeados con la progresía nativa se sintieron atraídos por el voceado "cambio de paradigmas" y lograron como nunca antes hacer de los medios oficiales y oficialistas un anzuelo destinado a encarnar socialmente. Ese relato oficial tuvo por primera vez respuesta popular en las calles, con un antes y un después: los actos populares por el Bicentenario.

El kirchnerismo no da puntada sin hilo. La instalación de la pretendida megaferia científica denominada Tecnópolis se convirtió en una unidad básica virtual y temporal donde, con el llamado a participar de una rotunda novedad, se desgrana pulso a pulso la publicidad oficial. Empezando por los simuladores de vuelo que les recuerdan a los estudiantes lo malo que fue el noventismo para Aerolíneas Argentinas. Se trata de la puntada final iniciada por el Fútbol para Todos, una genial idea kirchnerista para penetrar comunicacionalmente en las grandes mayorías por afuera de los canales tradicionales.

Es el kirchnerismo actual un resumen de estas perlas: consumo, relato y práctica. Una tríada incomparablemente eficaz, aderezada y espolvoreada por la oposición más descerebrada e ineficiente de la que se tenga memoria.

La presidenta de la Nación, cada vez más afiatada, lúcida y convencida de lo que busca, tuvo enfrente a un abanico de figuras ancladas en el pasado, sin nada nuevo que decir y con placares repletos de huesos. La frenética capacidad de la constelación anti K por ponerse el helado en la frente alejó de manera natural a la mayor parte de la sociedad que busca por estos tiempos un espacio de paz y pequeñas certezas, tan alejadas de Eduardo Duhalde, Ricardo Alfonsín y Elisa Carrió (por citar a las estrellas máximas de ese firmamento) como Rosario de Alaska.

El armado opositor tuvo el resultado que se preveía al forzarse una competencia entre pares, entre dirigentes que básicamente piensan lo mismo (o muy parecido) y que escarparon la campaña sin nada nuevo que decir. Terminaron Alfonsín, Carrió, Duhalde, Alberto Rodríguez Saá y Hermes Binner haciendo lo más funcional para un oficialismo sólido y concentrado en el resultado: se sacaron votos entre ellos.

El desafío. De todo el cardumen opositor, el que quedó mejor parado fue Binner por un mix de realidad y futuro: la escasa diferencia que le sacaron Duhalde y Alfonsín coloca al gobernador santafesino con el techo más bajo. A la vez, su actual grado mínimo de conocimiento popular fuera de Santa Fe podrá convertirse en un handicap: aparece como el único que tiene algo nuevo para decir.

La instalación de Binner podría haber sido perfecta de no haber tenido una sorprendente derrota en su lugar de origen: Santa Fe. El resultado en la bota deja mucho margen para el análisis posterior a los comicios presidenciales si se suma el escaso margen con el que el Frente Progresista triunfó en julio y la derrota de los candidatos antikirchneristas (o no kirchneristas) en la parada del domingo pasado.

No habrá ningún margen siquiera para una sorpresa mínima si algunos de los candidatos opositores no declinan sus postulaciones. Ofrecer a la sociedad como única forma de despojo el temor al "autoritarismo cristinista" que podría sobrevenir con mayorías parlamentarias se constituye en un oxímoron. Esa misma oposición tocó el cielo con las manos tras las victorias legislativas del 2009, logró mayorías en las dos Cámaras y terminó regalando el resultado como un número 9 que tira a la tribuna todos los centros que le caen al área.

Al fin, y como cuadratura del círculo, el triunfo cristinista tiene fundamentos transparentes y prístinos: economía, relato, movilización e inexistencia real de la oposición. Un cuadro que deja ver mucho más que viento de cola.

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