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Sábado 04 de Septiembre de 2010

Las raíces del cielo

Lo que nos salva siempre está en la infancia. Nos fue dado cuando no lo sabíamos. Cuando aún no nos habíamos separado del mundo y el futuro no se distinguía de los sueños.

Lo que nos salva siempre está en la infancia. Nos fue dado cuando no lo sabíamos. Cuando aún no nos habíamos separado del mundo y el futuro no se distinguía de los sueños.

A diferencia de lo que se cree, la luz viene siempre desde atrás, desde abajo y desde adentro. Está en las raíces, más que en el cielo. En el suelo, más que en la ventana abierta. En la tierra oscura del corazón, donde la riega la memoria.

En la lluvia de otros inviernos late el secreto de la alegría. En las gotas que se balanceaban en los alambres del toldo como bailarinas antes de mezclarse con el río que corría a través de las baldosas coloradas. El patio equivalía al universo. Las hortensias eran la jungla amazónica. Y la coronita de novia, el árbol gigante cuyas ramas se perdían en las nubes.

(El primer deslumbramiento, la primera herida. La intuición certera del dolor que iba a venir. El que me iba a arrebatar las manos más queridas).

La infancia nos protege del porvenir. En el porvenir está la muerte como una boca abierta. Detrás de esa puerta quedará lo amado. Quedarán tus ojos en la mañana de verano de un año que se fue. Ya no los recordará nadie.

Pero la infancia nos abraza. Viene por nosotros en la más helada de las noches a decirnos que sí. Nos trae el mar, las veredas de barrio, la pelota. Y entonces salimos a buscar lo que nos falta y está dentro nuestro, oculto tras la pesada cortina del error, disimulado por la rutina, el hastío y el fracaso. Se llama infancia. Al sacarle la capa de polvo que la cubre veremos otra vez el brillo de la luna sobre la ciudad. Saldremos a caminar y no tendremos miedo.

Cuando los interminables días lluviosos se van, cuando agosto se decide a dar paso a la primavera, las compuertas del alma se abren. Brota de pronto el agua de la vida y lava el mundo hasta dejarlo nuevo. Y entonces surge la voz, que había enmudecido, para decirle al silencio: “Todavía no. Soy el que fui. Llevo la infancia en mí. Llevo la música”.

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