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Domingo 13 de Diciembre de 2015

Las palabras y sus secretos

Si bien no hay una sola cuestión que nos convierta en humanos, la palabra tiene la virtud de alejarnos de los laberintos, aunque también hay quienes llegan a ellos por la palabra.

Para nada es seguro que a las palabras se las lleve el viento como a menudo aseguran todos aquellos que no confían en el poder de la palabra. Lo curioso es que la caterva de los que desconfían de la palabra lo hacen en el ejercicio de la palabra, para colmo muchas veces ellos mismos traicioneros de la palabra empeñada. Un hábito muy extendido no sólo en el hacer de muchos políticos, también y muy especialmente en las cocinas del poder más poderoso, esto es, más allá del poder siempre limitado de los gobiernos.
   La palabra estándar tiene un origen con vaivenes entre el francés (al parecer su origen) y el inglés. De este último idioma se nos vino a nosotros sin que esto implique ninguna cuestión de tipo nacionalista. Las palabras son mucho más libres que los hombres y todas las censuras del mundo han perdido las batallas represivas contra la palabra y las palabras.
    Así, viajan de un lado a otro por encima o por debajo de las fronteras sin necesidad de visados. Hasta logran configuran una nueva lengua como el Spanglish metida sin permiso dentro de los EEUU con 40 millones de hispanos parlantes, además de la primera parte del Quijote ya traducida a la nueva lengua.
   De modo que estándar es una de las tantas viajeras adaptada y adoptada  en nuestra lengua en su caso como en todos los casos portadora de un mensaje. Estándar se refiere a “patrón, tipo, modelo, norma o referencia”.
    Así un objeto estándar es un objeto básico con el mínimo de funciones y cualidades que le permiten ser lo que se dice que es. Para el caso, un teléfono celular o móvil básico sirve para llamar y recibir llamadas, para agendar, conocer la hora, tener alarma y varias funciones más pero tal vez sin internet ni GPS pero sin las infinitas aplicaciones actuales y por venir. Un teléfono estándar por lo tanto porta un prestigio de ese nivel.
   Como se sabe el teléfono es uno de los mayores ejemplos de la evolución de los objetos al punto de que el humano de estos tiempos viaja por la existencia con su celular inseparable con el número del móvil incorporado al legajo de la vida en tanto y en cuanto se trata de un número que ofrece la misma estabilidad que el número del DNI.
   La carrera milenaria ente los sujetos y los objetos es cada vez más despareja, mientras los objetos están cada vez más evolucionados los humanos estamos cada vez más estacionados. No precisamente en cuanto al manejo de los objetos ya que las nuevas generaciones van casi a la misma velocidad que los objetos, como así también algunos ejemplares no tan nuevos o incluso algunos viejos circulan a una velocidad apenas parecida.
   En 2013 dos espeleólogos aficionados encontraron en Sudáfrica, en una cueva conocida como la “Cuna de la Humanidad”, unos restos fósiles pertenecientes a una especie humana conocida como homo naledi. Cada vez que esto sucede se reabre la cuestión polémica respecto de nuestros orígenes. Lo cierto es que el homo sapiens ha convivido hace miles de años con otros homínidos lo que hace que no seamos tan únicos, y sin embargo el único que ha sobrevivido entre todos los mencionados homínidos es el homo sapiens, es decir nosotros. ¿Por qué?
   La danza de hipótesis trama las respuestas posibles que conducen en definitiva a la pregunta crucial: ¿qué es lo que nos hace humanos? No hay una sola cosa que nos convierta en humanos señala desde Harvard el paleoantropólogo Daniel Lieberman pues son muchos los factores intervinientes: “a partir de una serie de golpes de suerte evolutivos muchos factores fueron cambiando a lo largo de la evolución humana: ser bípedos, tener un cerebro más grande, construir y utilizar herramientas, el lenguaje, la cultura, elevados niveles de cooperación…” Todos factores importantes en la evolución humana pero en definitiva ninguno suficientemente exclusivo para responder a la pregunta de qué es lo que nos hace humanos.
   El profesor de la Universidad de Jerusalén Yuval Noah Harari autor del libro “De animales a Dioses” destaca factores extremos del Sapiens que van de una capacidad inigualable para la empatía y la cooperación como así también para la crueldad. Al respecto Harari señala un recurso exclusivo del Sapiens: la imaginación. “Podemos cooperar (o no) con extraños porque podemos inventar historias sobre cosas que sólo existen a partir de nuestra imaginación —dioses, dinero, naciones— y difundirlas a millones de personas. Ningún chimpancé creería en un cielo lleno de bananas para toda la eternidad. Solo nosotros podemos creer algo así. Y por eso dominamos el mundo”, sostiene Harari.
   La pregunta es, por qué los chimpancés no pueden soñar con un cielo lleno de bananas. Porque los chimpancés son a todos los efectos seres estándar, salvo claro está que los lleven a un circo, o a una familia, lo que en cierto sentido es lo mismo.
   A pesar de todas las rutinas y de todos los protocolos estandarizantes el humano no es un ser estándar, y no lo es en parte por el extraordinario desarrollo de su sistema nervioso central, la no menos extraordinaria capacidad de su razón, que sin embargo no excluye la proverbial estupidez de la soberbia humana, pero por sobre todas las cosas no es un ser estándar por la ilimitada imaginación que nos caracteriza como especie.
   El aserto que sentencia que muchas veces la realidad supera a la ficción, bien mirado, no se sostiene. Apenas se escarba cualquier realidad se podrá ver que es hija de la imaginación, fuente de la interminable creación de los humanos, sin olvidar que se trata de una capacidad tanto para el bien como para el mal. Aún el ejemplar más obvio puede sorprender o sorprenderse y dar un giro inesperado a su vida tipo estándar. Un giro tan soñado tantas veces. O sobrepasar las locuras normales e ir a parar al laberinto de las locuras mayores encerrado en las batallas milenarias entre la Razón y la Imaginación. Sin olvidar que lo que le falta al chimpancé es la palabra, y la palabra no es estándar, ni siquiera lo es la palabra estándar, pues es precisamente la palabra la que en sus infinitas combinaciones y asociaciones nos saca de los laberintos.

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