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Domingo 02 de Noviembre de 2014

Las barras Vip de los clubes de fútbol

Los clubes tienen grupos fundamentalistas violentos con militantes que pertenecen a segmentos sociales vinculados al poder. 

El fútbol argentino durante décadas tuvo en las barras bravas a los mercaderes de la violencia. Hay una extensa saga de muertes en torno a las luchas por el poder vinculado a los dividendos. Pero el transcurrir estableció nuevas formas. Que no reemplaza ni hace desaparecer a las anteriores. Sino que se agregan. Y el escenario se hace más complejo porque surgió una segmentación parida también como reflejo y consecuencia de lo que ocurre en la sociedad. Los clubes tienen un nuevo problema: la aparición de grupos radicalizados y fundamentalistas también violentos. Aunque con una ilógica diferente. Con otras formas. Menos vertical. Y por todo ello más peligrosa. Basan su pensamiento y acción en la negación de la existencia del otro. Propio de un comportamiento que no fue forjado en la cultura del trabajo, sino que proviene de una idea facilista donde todo es ya y ahora sin sacrificio para obtenerlas. Nativos de la comodidad y del cómo sea. Y fundamentado en la esencia de su tan mentada idea de superioridad, relativizando los nombres, los hombres y la historia. O lo que es peor, acomodando el pasado acorde a su conveniencia.

Entre los barrabravas y estos militantes radicalizados aparece una diferencia de origen. Las barras tienen una composición mayoritaria de sectores marginales, más vincu- ladas al de- lito con- suetudinario. En cambio estos grupos fundamentalistas son articulados por jóvenes de clase media y alta más relacionados a los poderes económicos, sociales, políticos y jurídicos. Por eso su combustible es esa sensación de impunidad con la que se conducen. Porque los jefes de las barras deben negociar su inmunidad. Estos otros creen que es una herencia familiar.

Por eso piensan que todos son culpables, administrando la ética y la moral de acuerdo a sus tan cuestionados patrones culturales, los que consideran suficientes como para sostener su hostilidad. Que es más cobarde, pero perseverante. Son detractores desde lo verbal, pero reticentes a ponerles el cuerpo al desafío. Es que buscan siempre la complicidad del anonimato para desarrollar su accionar, ya que la mayoría pulula y se une en las redes sociales con falsas identidades, para luego juntarse en sectores del club del cual dicen ser hinchas. Y allí se corporizan como subcomisión, agrupación, núcleo autodenominado apolítico, o grupo de supuesta pertenencia para potenciar su pensamiento atravesado por el ultra fanatismo.

Muchos directivos no sólo le dieron cabida a estos grupúsculos sino que además lo hicieron parte estructural del club, facilitándole recursos o medios para obtenerlos y así desarrollar su acción. Y su crecimiento termina dejando presos a los dirigentes de estos movimientos que concluyen como sectas, donde los que no son y no quieren serlo se convierten en enemigos a los que hay que expulsar o exterminar públicamente. Así entonces sus dislates pasan por varias estaciones. De pintar con sus colores todo lo que no se mueve mutaron al sectarismo de agredir y correr en forma de patotas a aquellos que quieren transitar por las calles aledañas a ese club ataviados con la camiseta "del enemigo". Pero no es todo. La estación siguiente es el escrache de viviendas, con atentados incluidos, a aquellos que habitan cerca pero tienen predilección por otro club. Y apañados por esa sensación de protección contenida en el "no pasa nada", y con la lógica del cambalache, lejos de reflexionar sobre la inconveniencia de sus actos profundizan sus delitos. Incluso contra los propios dirigentes, jugadores e hinchas con sentido común.

Así, pintadas, banderas, atentados, campañas de difamación pública, accionar violento contra propiedades y pedradas, entre otras cosas, forman parte del arsenal con los que estos militantes fundamentalistas del fútbol se conducen considerándose "iluminados por la pasión". Al extremo de alucinar que no hay nada más allá de su fanatismo. Es su club o la muerte. Una patología que se sustenta en que todo lo que ocurre es por culpa del otro, siendo ellos los integrantes de una Liga de la Justicia de cabotaje.

Sí. El fútbol suma violencia. Y lo que es peor, cuando aún la sociedad futbolística no encontró el antídoto para las barras bravas, ahora también debe enfrentar otra forma virulenta. Más sofisticada. Y más complicada por su vinculación a los sectores dominantes. Allí, donde al fútbol y a la vida los hacen pelota.

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