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Martes 27 de Diciembre de 2011

Lanitas de colores

En un multitudinario congreso educativo realizado en los años 90 —también formaban parte del pack de la ley federal— me tocó participar de un taller donde la coordinadora había propuesto a los asistentes, antes de abordar el tema planificado, "conocernos".

En un multitudinario congreso educativo realizado en los años 90 —también formaban parte del pack de la ley federal— me tocó participar de un taller donde la coordinadora había propuesto a los asistentes, antes de abordar el tema planificado, "conocernos". No importó el detalle de saber que en ese salón éramos unos 80 participantes (la misma cantidad se repetía por otros 10 salones aproximadamente), y que el programa indicaba que para el debate proyectado disponíamos de hora y media.

Un grupo de ayudantes, seguramente practicantes del magisterio, repartió a cada una de las presentes (la mayoría representantes del género femenino) unas lanitas de colores, de más o menos unos 20 centímetros. La consigna que desataría la instancia de "conocer al otro" era presentarse al grupo, relatando lo que se quisiera de la vida personal o profesional y usando el tiempo que llevaba enrollar la lana en el dedo índice.

De más está decir que las menos fueron muy breves, dijeron su nombre, cargo y lugar de procedencia. El resto, la gran mayoría, no. Y como suele darse en estos espacios colectivos, donde la tentación por hacer terapia grupal es muy grande, casi nadie ahorró confesar aquellos detalles que hacían al trabajo, la familia, las compañeros, los superiores y por supuesto "los chicos" (aquí es un sinónimo claro de alumnos). Y por supuesto que ninguna respetó el tiempo que imponía la famosa lanita.

No faltaron risas, lágrimas, alegrías compartidas. Tampoco el movimiento constante de asentir con la cabeza cuando alguien se identificaba con alguna anécdota que ganaba a la audiencia. La consigna planteada por la coordinadora no admitía preguntas, sólo escuchar "lo que el otro tenía para brindar/se". Aunque cada tanto los comentarios lograban colarse igual entre tantos vocablos.

Es fácil imaginar que el tiempo no alcanzó, y que más o menos las últimas 20 integrantes vieron muy reducidas sus posibilidades de hablar. Sólo decir el nombre y de dónde venían. "Una lástima", se escuchó reclamar desde un rincón del taller. Y desde ya a esa altura era más que difícil retener al menos el nombre de las antecesoras, ni pensar en las historias ofrecidas. Sólo imágenes, postales conocidas, propias y ajenas de quienes entienden muy de cerca el oficio de enseñar.

Los últimos 10 minutos del encuentro fueron utilizados por la coordinadora (una experta en el tema elegido) para exponer las conclusiones y sugerencias surgidas de ese taller, donde nadie pudo negar que "todas tuvieron la palabra". En ese momento se anunció el refrigerio: sandwichitos, alfajores, café o gaseosa, que a media mañana resultaban una verdadera tentación.

La distensión ganó al grupo, se intercambiaron direcciones (en aquellos años aún no circulaban el email ni el Facebook) y teléfonos, el queso se mezcló con los besos y saludos. La coordinadora pidió un aplauso "para el clima tan cálido y debate integrado" que se había logrado. Nadie podía poner en duda eso. Y por supuesto, como eran los 90, todos se retiraron con su "bolsita con folletos, birome color, carpeta con hojas en blanco y con la teoría ya procesada", entre otros suvenires académicos.

Por supuesto que este no fue ni es el único y último taller con estas cualidades. El formato se repite y recicla cada tanto, ahora con los aportes de las disciplinas que hacen al entendimiento del ser humano, los mandalas y las prédicas de la autoayuda, entre tantas otras. Y lo que es más llamativo aún, logran mantenerse inmutables en el registro de espacios de capacitación y participación docente.

A mediados de este año, circuló por cuanta casilla de correo educador hay la crónica de una de estas jornadas actuales escrita por una maestra. Un exquisito relato que no ahorra en imágenes y acusa mucha experiencia de la profesión. Y también testifica sobre esa confusión latente que "encontrarse" es participar.

"Jornada demente (perdón docente)" titula la educadora anónima a su escrito, que arranca con la "Convocatoria del Ministerio de Educación a la jornada interdisciplinaria «Te encuentro y me encuentro»".

La autora describe los pormenores por los que pasa desde que lee la circular/invitación hasta su llegada al gimnasio de la escuela donde se desarrollaría la reunión. "Hace su aparición una señora con chal y trajecito color manteca. Micrófono en mano nos da una dulce bienvenida y nos dice que la vamos a pasar genial, que esta no es una jornada más; nos promete que vamos a salir renovadas y con energía para emprender el nuevo ciclo lectivo. Parece un miembro de la Iglesia Universal y los Hermanos de Cristo en Apostolado Perpetuo. Ella es un ser de luz, que nos va indicar el camino hacia la felicidad junto a los educandos...", dibuja.

"«Acérquense, vamos a conocernos» —se escucha de la coordinadora—. Qué frase tan previsible y tan temida", confiesa la artífice de esta ingeniosa crónica que abunda en detalles sobre la lógica y dinámica de esa jornada basada en juegos teatrales, abrazos, conformación de grupos por distintas afinidades, etcétera. Cuenta además que alguien les hará saber que tanta entrega tuvo sus logros porque han alcanzado "los objetivos actitudinales, conceptuales y eventuales".

Para el final relata: "Todos unimos nuestras manos, mientras corremos en círculo al son de Baglietto, que grita «todavía me emocionan ciertas cosas...». Las que coordinan nos sacan fotos para seguramente hacer un power point subtitulado con leyendas cursis o con una voz en off relatando lo bien que la pasamos, la conexión que hay, la maravillosa propuesta transformadora que todos los docentes necesitamos".

No hay dudas de que muchos maestros logran distenderse en estos espacios donde se confrontan las mismas aspiraciones y temores, y que permiten a muchos sentirse de verdad, y ante tantas ausencias, que no están solos. Hasta ahí cada uno sabrá luego cómo procesar tales experiencias capacitadoras de mentes y cuerpos en movimiento.

Quizás el problema aparece cuando ese famoso "encuentro" de relatos atravesados por unas lanitas de colores, un juego teatral o alentados por una señora elegante vestida de trajecito color manteca se presenta (y confunde) como la participación docente real en la construcción de un proyecto educativo; llámense aquí propuestas para enseñar lengua, matemática, alentar la lectura, indagar en la ciencia, trabajar con las nuevas tecnologías y por qué no también proponer los cambios que el secundario necesita. Un buen debate para seguir agendando el año que viene.

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