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Martes 18 de Octubre de 2011

LAN y la educación

Hace unos años conocí de cerca a un profesor de dibujo que se jactaba de llegar al aula, darles tarea a los más pequeños (consistían básicamente en copiar modelos de "ilustraciones bien realizadas"), abrir el diario, cruzarse de piernas y garantizar que nadie se saliera de la raya.

Hace unos años conocí de cerca a un profesor de dibujo que se jactaba de llegar al aula, darles tarea a los más pequeños (consistían básicamente en copiar modelos de "ilustraciones bien realizadas"), abrir el diario, cruzarse de piernas y garantizar que nadie se saliera de la raya. Y esta última expresión era literal: implicaba trabajar sin mediar un por qué y portarse "bien" en clase.

Quizás lo más "creativo" que había logrado era que los chicos estamparan sus manitas en algún mural o bandera (idea repetida hasta el hartazgo si las hay, y por tanto de poca imaginación).

Desde ya que los logros mayores que obtuvo en su materia fue que nenas y nenes se aburrieran, detestaran estas clases y vivieran esas horas como un verdadero castigo. Felizmente para la infancia este buen hombre ya goza de su jubilación.

Contrariamente a esta imagen, en otra escuela pública rosarina tuve la suerte de registrar muy de cerca la experiencia encarada por una profesora empeñada en hacer valer la hora de plástica, ofreciendo libertad de trabajo y la posibilidad de compartir proyectos colectivos, inspirados en historias y en la obra de pintores de todas las épocas. También en desafiar estereotipos e introducir otra mirada estética en los niños.

Para el sistema educativo uno y otra son profesores de dibujo, plástica o educación artística (como se quiera llamar a la materia), cobraban el mismo sueldo y hasta tenían asignadas las mismas horas de trabajo.

Claro que el esfuerzo puesto en una y otra experiencia eran (y son) distintos, también los resultados obtenidos. Algunos niños terminarían su escolaridad maldiciendo este espacio, y otros quizás descubriendo vocaciones escondidas y desarrollando habilidades que estimulan increíblemente sus sentidos.

Paradójicamente, la profesora era la que debía además dar una batalla al interior del sistema mismo para conservar esas horas que le permitieran desarrollar una estrategia de enseñanza que apuntaba sobre todo a lograr aprendizajes felices. Es que haberse salido de la raya tenía su costo, lo cual representaba además para su cuerpo una cuota de estrés mayor.

Esta anécdota puede ser leída en cualquiera de las áreas pedagógicas que cobran vida en una escuela, donde hay maestros que encantan a sus alumnos con buenas iniciativas y otros a quienes la pereza intelectual termina por conquistarlos.

Por suerte los primeros han sido y son los más. Es que por algo a las escuelas -como expresa el pedagogo Pablo Gentili- "se las puede cuestionar, pero no se puede negar que es la única institución pública que abre las puertas todos los días y no para recibir a un usuario, sino al sector de la sociedad con necesidades muy específicas y complejas: la infancia y los jóvenes".

A propósito de los educadores que todos los días intentan que las escuelas no cierren sus puertas, todavía están muy frescas las declaraciones de la semana pasada de la directora de una escuela bastante castigada por un empeñado olvido del Estado. No es la única, su caso se reconoce en muchas otras realidades. Contaba cómo durante el fin de semana largo habían entrado, robado y destrozado el comedor escolar. "Ahora tenemos que conseguir ollas, ver cómo arreglamos la bomba de agua y reparamos la comida que falta", enumeraba con pesar las tareas que nuevamente caían sobre sus espaldas, porque no es la primera vez que pasa por trastornos parecidos.

Pero de alguna manera obligaba a preguntar una vez más por qué una educadora debe desplazar su tiempo de enseñanza (que es lo propio de su oficio) para correr detrás de la comida, los arreglos de ventanas y puertas, y estar haciendo números para pagar los tubos de gas -según contó- que la burocracia insólita del ministerio no alcanza a cubrir a tiempo. Y desde ya qué costos tienen para su salud y vocación estas demandas cotidianas.

Una triste postal que no se ha logrado superar plenamente en estos últimos 28 años de democracia, ni siquiera en esta última gestión educativa que consiguió acompañar los cuatro años del gobernador Binner. De los 16 ministros que transcurrieron por esta provincia en ese lapso, sólo María Rosa Stanoevich (en el primer gobierno de Obeid) había alcanzado ese "récord" de continuidad.

Es verdad lo que dice la ministra Elida Rasino (a propósito de la extensión del calendario escolar a 190 días en 2012), que importa más la calidad que la cantidad de días de clases. Quién puede tener dudas que más que contar jornadas porque sí (aunque es importante que el calendario se extienda) es más relevante la calidad del tiempo ofrecido.

Quizás Rasino no lo sabe, pero en eso nunca han dudado los docentes que contabilizan muy bien las veces que por los robos, hechos de violencia, la falta de agua y hasta de cargos necesarios no pueden dictar sus materias.

También lo saben los chicos que a veces terminan dando una lección a sus adultos. Dos semanas atrás la rectora de un prestigioso y centenario colegio público de la ciudad decidió contratar personal externo para limpiar los baños de la escuela, ante el paro decretado por el gremio de los no docentes por dos días. Y lo hizo con el aval del Ministerio de Educación santafesino. "¿Les gustaría que a los docentes les pusieran reemplazantes cuando hacen un paro?", cuestionaron los pibes a los directivos, y enseguida resolvieron una "sentada" colectiva para recordar la vigencia del derecho de huelga. ¿Cómo se contabiliza ese "día de clases" para los padres y funcionarios?

El viernes pasado un comunicado de prensa enviado desde la Dirección de Prensa del Ministerio de Educación de Santa Fe recorrió los medios nuevamente advirtiendo que en esa fecha "se dictaban clases normalmente". Llegaba a propósito de una posible jornada gremial para debatir los diseños curriculares del secundario, y se pedía a los padres que "ante cualquier duda o reducción de la jornada escolar" se hiciera saber de manera inmediata a un 0800 oficial.

Y algo más inquietante aún, entre los argumentos que se esgrimían por la situación generada, el comunicado -redactado quizás por alguien inexperto o poco conocedor de qué rol tiene un docente ante la educación- se aclaraba que "la discusión curricular es una actividad estrictamente pedagógica que no requiere consultas gremiales ya que no coloca en juego ningún derecho laboral". Entonces, ¿el debate por lo que aprenden los estudiantes en el secundario es algo ajeno a la política educativa? ¿Los profesores sólo discuten salarios? ¿Esto no incide en lo que pasa en cada día en el aula?

Sin dudas que el debate por la calidad de lo que los chicos aprenden en cada jornada escolar no es sólo pedagógico, sino que involucra a toda la sociedad. Sería fantástico por tanto, y además, que todas las "fuerzas vivas" de la provincia, funcionarios, políticos y candidatos se comprometieran y manifestaran por la educación con la misma vehemencia que en los últimos tiempos lo han hecho para que la empresa LAN siga teniendo vuelos desde Rosario.

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