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Martes 31 de Marzo de 2009

Laetitia

La larga cabellera rubia se hunde en el mar celeste. Arriba, flotando, dos hombres la contemplan tomados de la mano. Ella era su faro. Y ningún faro alumbra bajo el mar.

La larga cabellera rubia se hunde en el mar celeste. Arriba, flotando, dos hombres la contemplan tomados de la mano. Ella era su faro. Y ningún faro alumbra bajo el mar.


Pero ella sí. Ella nos sigue alumbrando a través de los años, que cada vez son más y más oscuros. En una de las escenas más tristes y hermosas de la historia del cine, Lino Ventura y Alain Delon despiden a la hoy olvidada Joanna Shimkus, actriz cuyo nombre quedará unido para siempre a la del personaje que encarnó en “Los aventureros”, de 1967.


“Los aventureros” no sólo es una obra maestra, también es un emblema. Ese trío de locos que tras fracasar en sus proyectos personales se lanza a buscar un tesoro sumergido frente a la costa africana tiene el espíritu de la época que los engendró, los queridos años sesenta. Manu (Delon), Roland (Ventura) y la inolvidable Laetitia (Shimkus) llevan dentro suyo la pureza de las almas que no duran demasiado sobre el mundo. Libertad, desenfado y sobre todo alegría, si se entiende la palabra en su sentido más hondo, es lo que irradian e irradiarán siempre, a pesar de que las décadas transcurran y arrasen con su límpida memoria.


Si hasta Delon, tantas veces mal conceptuado como actor, muestra su faceta más sensible y canta la canción que todavía hoy seguimos silbando y tarareando:


Laetitia je ne savais pas
Que tu étais tout pour moi
Un oiseau chantait tout près de moi
Mais je ne l'entendais pas
Et tu vivais innocente, éphémère
Tu habillais nos printemps de chimère


Laetitia se hundió en el mar y con ella se perdió una parte de nuestros sueños. Así como en la película a la luz sucede la sombra, al amor la soledad y a la risa la siniestra potestad de la ambición y del dinero, los sesenta candorosos terminaron en un baño de sangre. Pero nadie se ha rendido, como no se rendirá Roland tras la muerte de su amigo, muerto en vida de puro amor no correspondido.


Robert Enrico dirigió. José Giovanni escribió. François de Roubaix compuso la música. Y nosotros, más de cuarenta años después del milagro repetido una y otra vez sobre la pantalla, somos fieles al mensaje, al sentido y a la estela de una obra de arte capaz de darnos la fuerza necesaria para seguir creyendo en la vida.

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