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Miércoles 15 de Marzo de 2017

En obras

¡Ja!, te la regalo. El proyecto es fantástico, corremos una pared, tiramos el revoque abajo, cambiamos cañerías y desagües y ponemos cerámicos, abrimos una claraboya, o una raja.

¡Ja!, te la regalo. El proyecto es fantástico, corremos una pared, tiramos el revoque abajo, cambiamos cañerías y desagües y ponemos cerámicos, abrimos una claraboya, o una raja. Después de ver hasta dónde conviene tarjetear y qué se compra al contado empieza el trabajo más arduo, contratar albañiles y hacerse la idea de que por un tiempo la casa será también de ellos. Sí, de ellos y de los metros de arena, de cal, bolsas de cemento, palas, baldes, cucharas, mazas de medio kilo, cortafierros, niveles de agua, fratachos y la portátil para escuchar música o los informativos.

Estar en obra es vivir con todo adornado por la fina capa del polvo blanco que deja la cal, de caminar pisando arena a pesar de haber barrido como obsesos, tener los muebles amontonados con cosas que no se pueden sacar, caminar esquivando bolsas y herramientas y con cuidado de no arruinar los cerámicos recién puestos.

En medio de todas esas vicisitudes el razonamiento que se impone (la esquiva razón salvadora clavada a martillazos para ahuyentar la duda lacerante) es que el trabajo debía hacerse. Así dos, tres o más semanas de caos donde la vida pasa dentro de una licuadora.

Y por fin los albañiles se van. Llega el silencio, el momento de recobrar el uso de facultades perdidas después de acarrear cientos de ladrillos, cerámicos y bolsas. Llega el último esfuercito de la limpieza (por semanas van a aparecer pedacitos de ladrillo en los rincones) y la pintura.

Al poco tiempo se olvidan esos tiempos descontrolados, todo quedó metido en las paredes y debajo el piso.

Es hora de arrancar con la piecita del fondo.

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