Escenario
Martes 01 de Noviembre de 2016

La voz que viajó a mar abierto con su licencia para cantar

Andrés Calamaro ofreció un show intimista con temas propios y otros clásicos de música popular. Agotó localidades en el teatro Broadway.

Se puede ir de un océano al otro con un mismo barco y llegar a destino casi sin salpicarse. Pero claro, para eso hay que llamarse Andrés Calamaro y tener licencia para cantar.

Ante un Broadway con localidades agotadas, El Salmón surfeó el domingo por la noche un cancionero que representa la flor y nata de la identidad argentina.

El concepto de su espectáculo "Licencia para cantar", con el que recorre el interior, tiene un perfil bien definido. Es tango, folclore y rock nacional, a partir de canciones que van desde Atahualpa Yupanqui hasta Troilo y Cadícamo; desde Gardel y Le Pera a Litto Nebbia; y desde Miguel Abuelo a "Algo contigo" y "Milonga del trovador", popularizada en la voz de Jairo.

Todos esos universos posibles confluyen en las aguas de un Calamaro que muta en un songwritter que conoce al dedillo todas los guiños de su personaje.

Porque sale a escena sin gestos demasiado demostrativos, con la mirada apagada escondida detrás de sus gafas oscuras, pero bastará que levante el brazo haciendo un recorrido de testeo del rango de fidelidad de su público para que todos estallen en una ovación.

Y habrá gritos de pedidos de temas como "Picado fino", que no tocó, y decenas de "te amo" del sector femenino, y hasta recordará a Maradona, en su día de cumpleaños, y a Julio Iglesias, que coincidió en Rosario con un show el mismo día que el Salmón.

Pero delante y detrás de todo eso, Calamaro sigue fiel a su destino de cantante. Porque pocos como él pueden darse el lujo de versionar un tema escuchado tantas veces como "Garúa" o "El día que me quieras" y lograr que esos textos se resignifiquen o, para algunos, se descubran como si fuese un estreno mundial.

"La libertad", el tema que eligió como apertura en el Broadway, fue una declaración de principios. Porque más allá de esa melodía cadenciosa y el mensaje inequívoco que encierra esa palabra, estaba mostrando las cartas con las que iba a jugar su juego, y eran cartas sin marcar.

Para eso, se rodeó de tres secuaces, que fueron los mejores socios para que conecten en el mismo punto sensible. Desde el piano, Germán Wiedemer, con quien grabó "Romaphonic Sessions, grabaciones encontradas volumen 3", el ADN en que se basó este show; Toño Miguel, en contrabajo y Martín Bhrum, en percusión.

La única objeción musical fue que la mayoría de las canciones ofrecieron una tendencia al bolero. Si bien Wiedemer aportó su impronta jazzera y la base rítmica exhibió ductilidad cuando el pulso se corría hacia una ranchera mexicana ("El tercio de los sueños") o la cumbia ("Tuyo siempre"), pareció que casi todos los temas sucumbían ante el tempo manso del popular género caribeño.

Compositor exquisito. Lo más jugoso de este show, es que nada de todo lo dicho hubiese sido posible, si el cantante en cuestión no sería un compositor exquisito.

A lo largo de casi dos horas, hubo perlitas de su obra que demuestran por qué Andrés Calamaro puede mezclar un hit rockero de su puño y letra con cualquier gema de la música popular, y que todo fluya y haga un pleno en las emociones.

Basta con escuchar "7 segundos", "Bohemio", "Carnaval de Brasil", "Estadio Azteca", "Paloma", "Flaca" o "Los aviones" para comprobarlo. O deleitarse en los bises con "Mi enfermedad", "Media Verónica" y "Crímenes perfectos", para empacharse de buenas canciones, y encima entonadas con glamour y sentimiento, una combinación explosiva.

Sólo válida para los que surcan distintas aguas con aquella credencial bien arriba, la que da la eterna licencia para cantar.

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