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Domingo 03 de Enero de 2016

La voluntad de la mirada

Entre el periodismo y la literatura. Pablo Bilsky organiza un libro de impresiones sobre cosas vistas, a las que selecciona y descompone sin contemplaciones.    

Herodes, aclara en la contratapa del libro la editorial Yo soy Gilda, es la primera novela de Pablo Bilsky. Y esa afirmación es quizá una de las primeras formas que la escritura de Bilsky corroe. Herodes es la excusa perfecta, como el crimen perfecto, que el autor encuentra para expresarse sobre la escritura, sus formas, sus tramas, tonos, géneros y otros territorios aledaños.

Bilsky es escritor y docente, pero además periodista. La pregunta podría girar en torno a quién alimenta cada uno de esos roles o quizá sería más correcto preguntarse por quién corroe cada uno de esos roles. Una cuestión que atormenta a más de un escritor y periodista, o viceversa, y que este autor no sólo pone en evidencia sino que juega, no sin ironía.

El libro de Bilsky parece tener una estructura de capítulos: Hedor, Navidad y Cuerpos. Pueden ser textos, también, contados por la verdadera protagonista de la o las historias, una libreta de anotaciones, herramienta clave del periodista/escritor. Esa libreta se torna húmeda, oscura, pegajosa, diáfana, escribe sola o no absorbe las palabras que se posan sobre ella. Así es la escritura.

Mientras la libreta hace de las suyas, Bilsky intenta escribir su libro o sus crónicas o lo que fuera sobre una materia a veces informe, otras surreal o incluso híperreal.

Hedor, el primer capítulo, ubica al lector en un monte de eucaliptus de algún paraje cercano a Capitán Bermúdez. Los escenarios elegidos para las narraciones son quizá el punto de lo verosímil en las narraciones de Bilsky. Hay un cuerpo, un cadáver, hediondo, que arremolina cronistas. "Era el follaje el que nos daba cobijo, problemático cobijo, anoté, pero no para la nota, para tenerlo nomás"; así, el escritor y periodista sale y entra de la escritura, es su juego. Y la libreta quizás su espejo. "El cobijo, pensé, mirando a los cronistas, buscando la complicidad de mis colegas, que fijaban la vista en la lluvia sinfónica, untuosa que nos ofrecían los árboles. Un cobijo, una cobija, un manto, por ahí va la cosa. Eso, un gran tejido". Bilsky tira pistas al atribulado lector, siempre atribulado.

Frente a la escena es posible ver los hechos desde distintos puntos de vista, pero también buscar el fragmento por sobre la composición general. Descomponer el todo. "Estaban allí, como el cuerpo. Seguros y asibles. Estaban allí esos hechos, descriptos, inscriptos, anotados hasta el cansancio, mantras en las libretitas".

La cuestión fáctica interpela al cronista y evade al escritor, pero Bilsky se empeña y quiere escribir lo que ve unido a lo que imagina, en un dispositivo que pone en duda una mirada y la otra. Escribimos lo que vemos, es materia sensible, tal como lo que imaginamos, no hay neutralidad. Por eso la historia presente, la del cuerpo, el cadáver en el monte de eucaliptus, puede condensar la Historia, con mayúscula. Ese cuerpo, como otros que aparecen en el libro, en esta escritura, tiene su propia historia. Y en este caso recorre senderos delirantes. Un ex combatiente de Malvinas, dicen los vecinos, vestido de mujer. "Los vecinos ofrecían historias sobrias, nítidas, detallistas. Historias de guerras, de invasiones de soldados y bebés soldados. Historias susurradas con seriedad bajo los árboles", apunta el narrador.

"Era el cuerpo de Hugo. Estaba muy hinchado y tumefacto, y se encontraba vestido con una pollera que parecía reventar debido a la inflamación del vientre (...). Un cuerpo que había luchado, que se había enfrentado a una historia de masacres y conquistas", agrega.

Entonces en la mirada de Bilsky, el punto de vista de los cronistas puede ser el de los pájaros y puede volar, por sobre la historia, las masacres e invasiones, y sobre una ciudad —Rosario— envuelta por un transparente y bélico papel. Algo barroco opaca al cronista. Sólo el cuerpo, ese, el de Hugo, podía contener tanto hedor.

De Navidades, zombies y circos

Descomponer la trama, lo que se da, lo que aparece a diposición, esa parece ser la consigna en la historia que propone Bilsky. Usar las palabras para construir a gusto y piacere. El periodista sale al mundo en Navidad. Elige un shopping para encontrar el fragmento de la historia que le permita rechazar el todo. En la mirada siempre hay voluntad, por más automática que parezca. Bilsky no quiere mirar como un burgués apacible esos centros de consumo y elige un cuerpo, otra vez, que ahora cae, se derrumba. "Era ella un adorno más, una moderna instalación, hecha de carne, primeras marcas, convulsiones, sangre y lenta baba", describe y esta vez el delirio llega desde ese cuerpo que no encuentra su lugar o quizá lo ha perdido.

La libreta de Bilsky se vuelve otra vez oscura, húmeda, presta a recibir palabras pero no siempre a escrbirlas. Mientras, describe y busca descifrar el mundo del consumo sobre ese cuerpo que pocos logran ver. "El cuerpo de la mujer es el cuerpo del silencio, anoté, y nadie anuncia descuentos en las joyas de Cerén, anoté, pero no para la crónica de la Navidad, o sí", dice.

Como un juego de contracaras, las calles hacen, luego, de un nuevo capítulo y escenario de Navidad. Esta vez son calles donde los rumores anuncian que ya vienen, se acercan. "«Deambulan como muertos, en cada barrio de Rosario, en cada calle, y asustan a la gente, y prometen no dejar nada a su paso», gritaban desde aparatos de televisión. Con rápido montaje mostraban la Navidad de Sydney, en Tokio, en Mongolia", dice el cronista.

Bilsky esta vez elige el "cuerpo social" para que se inscriba en su libreta. La calle que recorre es la del rumor, o más bien la del temor. Desde el reino del consumo absoluto, la proclama enuncia a quienes se acercan como zombies que pueden acabar con una ciudad que sólo puede verse a sí misma.

"Los vieron pasar, «como una nube triste y lenta que camina rengueando en medio de la noche iluminada por las guirnaldas y los petardos», dijeron unas señoras que pasaron apuradas, contentas. Lo anoté con cuidado", advierte el cronista.

Bilsky recorre las calles no sin humor, negro, ácido, tal vez, pero certero en eso de buscar el cuerpo social y los respectivos cadáveres que arroja la ciudad sitiada, esta vez por la Navidad.

Luego, en la escritura de Bilsky llegarán cuerpos trashumantes, extrañas criaturas de un circo eterno pero a la vez perecedero, móvil en una ciudad inmóvil. Cuerpos que se mecen sobre una delicada cuerda, en constante peligro. Y el libro busca su cierre con dos minicapítulos, los más legibles en términos de crónica, que refieren a los cuerpos que aparecen durante una cobertura periodística en una central de emergencias y durante una ablación. Porque, se sabe, el periodismo padece su máxima, esa de dar visibilidad a los hechos, por eso los cubre. Y por eso también los descubre, como esos cuerpos que Bilsky se empeña en exhibir.

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