Opinión
Domingo 12 de Febrero de 2017

La vida de perros no es mala vida

Las mascotas son entrañables y encuentran la forma, o la circunstancia, de que sean incorporadas a las familias.

Las mascotas son entrañables y encuentran la forma, o la circunstancia, de que sean incorporadas a las familias. Esa relación ha ido mutando con el tiempo y en algunos aspectos se volvió rara, consumismo mediante. Era común escuchar a los veteranos que antes a los perros los usaban de perros nomás. Ahora no, y para reforzar el cambio aparecieron los negocios ad hoc, los pet shops, las tiendas para mascotas.

Desde la vidriera sorprenden, y una vez adentro cualquiera comenzará a desasnarse de las maravillas que promueve la tecnología. Elegir un collar (o un pretal) puede resultar una ardua aventura en los meandros de la decisión; de cuero, de nailon, de fibras, de colores, metálicos, de reciclados y similar problema, o mayor, planteará la correa. Pero el perro come (infinidad de recipientes), duerme (igual), hay que peinarlo, o bañarlo (lista de cosméticos), y así sigue la lista porque para cada actividad y su correlativa consecuencia hay algo específico.

Y ni hablar si se trata de algún otro animal menos común. Para los cobayos hay jaulas de acrílico que parecen naves espaciales, con conductos y pasadizos que cuelgan fuera de las paredes transparentes y luego vuelven a entrar, sacados de diseños de la guerra de las galaxias. Eso sí, las infaltables ruedas sin fin aparecen con accesos estrambóticos.

Los gatos también tienen toda una suerte de dispositivos para su confort.

Y un párrafo aparte merecen las pilchas, expuestas como para una exhibición de alta costura francesa.

En fin, parece que hace rato que la vida de perros no es mala vida.


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