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Lunes 14 de Julio de 2008

La vida misma

La pregunta siempre me llamó la atención. “¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?”. ¿Libro? Quiero a mis libros, pero puedo vivir sin ellos. Es más, tras mudanzas, separaciones y préstamos descuidados perdí varios, pero los he vuelto a conseguir de una u otra manera. Y a muchos los he regalado sin sentir desgarro alguno. El fetichismo lo guardo para las fotos...

La pregunta siempre me llamó la atención. “¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?”. ¿Libro? Quiero a mis libros, pero puedo vivir sin ellos. Es más, tras mudanzas, separaciones y préstamos descuidados perdí varios, pero los he vuelto a conseguir de una u otra manera. Y a muchos los he regalado sin sentir desgarro alguno.

El fetichismo lo guardo para las fotos.

No podría irme definitivamente a ningún lugar sin mis fotos. No podría ni querría elegir tan sólo una. Trataría de llevarlas a todas, aunque pudieran volarse en esa maldita isla desierta.

Alguna vez, la nota a una mujer santafesina que contaba todos los objetos que le había llevado la inundación de 2003 me hizo pensar en ello. Salvó a sus hijos, y eso sin dudas era lo más importante. Pero cuando dijo que además de sus muebles, electrodomésticos y ropa había perdido todas sus fotos familiares, sentí que se había quedado sin historia.

Por compromiso o circunstancias no previstas una tiene fotos con mucha gente, pero con quienes quiso o quiere seguro se saca una foto, y la guarda. En cajas, cajones, álbumes, bolsas, en la PC , donde se pueda.

Parece mentira en qué insignificantes lugares una guarda toda toda su historia.

Familia, amigos, amores, mascotas, lugares, objetos, los recuerdos para reírse, avergonzarse o llorar. En blanco y negro o a color. Todo está ahí. Todo. Las fotos no tienen piedad.

Y me encanta que así sea. Me río de algunos retratos impresentables que conservo, tanto propios como ajenos. Y me acuerdo de una anécdota.

En mi familia no hay registro fotográfico de mi hermana menor siendo bebé. No teníamos cámara por entonces, y no sé por qué la pibita se libró de la típica serie de fotos de los 60: esas de la criaturita con el teléfono en la oreja o portando el juguete preferido, tomada por un fotógrafo social.

Con mi hermana mayor convencimos entonces a la menor de que no tenía fotos porque era adoptada. Y la pobre lloraba como una marrana.

Malas de toda maldad éramos las dos nenitas más grandes. Creo que nos carcomían los celos sobre la más pequeña y linda de las tres.

Cosa extraña me dispara esto de las fotos. Crueldad con alguien a quien quiero tanto, y enigma con seres anónimos como el de la foto coloreada y vieja que compré hace unos días en una librería, aún más vieja. En un ángulo de la foto, en letra blanca y cursiva se lee: “Paseo del Malecón. Villa Hermosa. Tab. Mex”. Es bellísima. Un hombre, pantalón y remera blancos, apoyado en un farol, mira hacia el río. En la orilla hay un barco. Me recordó inmediatamente al de Fitzcarraldo, el de la película de Herzog.

No conozco Villa Hermosa, pero me seduce el nombre. Nunca sabré quién fue ese hombre, quién sacó la foto, ni por qué. No importa, me encanta ser la albacea de la historia que comencé a imaginarme a partir de esa foto.

También quisiera llevármela. A la isla, digo; al geriátrico o donde sea. Necesitaba dejarlo por escrito.

Si alguna vez, por algún motivo me pierdo…alcáncenme mis fotos. Póngalas delante de mi cara. Sabré de quien se trata cada una, recordaré el momento y el lugar. Y a vos Carla, sí a vos, en días previos a este celebrado Día del Amigo, te pido un favor. Recordá lo que me prometiste: antes de bajar la tapa, meté todas, todas las fotos adentro. Que no me pase lo que a la mujer inundada. Las imágenes de ese desgraciado episodio hace tiempo que no reaparecen en los medios, como si nunca nada hubiera pasado.

Nada de eso. Las fotos son la historia de una; la vida misma.

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