Cartas de lectores
Jueves 01 de Diciembre de 2016

La verdad absoluta

Con la muerte de alguna personalidad famosa o de un líder, durante días o semanas, según marquen las encuestas de captación general, se publican notas, anécdotas y biografía de dicha figura pública. Revelando sus "opinantes", distintos niveles sociales, culturales, posición económica, origen y sobre todo su calidad intelectual. Este fenómeno suele trasladarse al cotidiano diálogo entre ciudadanos. En ambos se puede discurrir y analizar cuál es el tipo de educación recibida o por qué medios se informan, a la vez determinar con severa realidad cuántos libros ha consultado en su vida para lograr diferenciar y ubicar con cierta capacidad, blanco sobre negro. O si opinan simplemente resultado de una ignorancia inducida, sin olvidar la costumbre de ciertos creídos pequeños burgueses, quienes dicen cosas para afuera que luego en su propia intimidad no las reconocen como tales. En el caso de Fidel Castro, es necesario diferenciar su capacidad de liderazgo y los motivos iniciales de su revolución, sin desestimar contra quién luchaba, conociendo que el dictador Fulgencio Batista había convertido la isla en el gran prostíbulo y sala pública de juegos, para beneplácito y refugio de toda la delincuencia estadounidense. Luego Fidel con la caída del muro de Berlín, confunde en parte su obstinación política, pero de ningún modo altera sus ideales. Como todo líder revolucionario tuvo luces y sombras, amigos y enemigos perfectamente identificados. Resultando que como ejemplo un aspecto de su actividad sea para polemizar, pero ante la ausencia de líderes creíbles que padecemos, sería sumamente útil que muchos de nuestros eternos candidatos a la nada comenzaran a leer algo de su historia y revisar el valor de sus compromisos y sus lealtades. Ejemplo, su discurso en "La Cumbre de La Tierra" en Río de Janeiro, junio de 1992. Aceptando honrosamente sus posibles errores, pero intentando adaptar ese magnetismo, que a pesar de decirse demócratas nunca les será propio. De cualquier modo, según Borges: "La verdad absoluta existe sólo para los fanatismos religiosos, o para los fracasados".

Norberto Ivaldi


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