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Domingo 24 de Mayo de 2015

La “vacuna” de la longevidad

¿Dosis controladas de frío, calor, radiación o dieta pueden prolongar la vida? Algunos científicos creen que sí. Y que podría funcionar en humanos.

La diminuta mosca Drosophila buzzati podría haber sido un renglón perdido en los manuales sobre insectos. Originaria del Chaco argentino, se alimenta de los cactus caídos, en particular, de las tunas. A lo sumo, hubiera sido considerada la “hermana pobre” de otra mosca de la fruta, Drosophila melanogaster, muy utilizada en estudios de genética.  
Sin embargo, hay algo que intriga a los investigadores: esa ignota mosquita de los cactus tiene otra parienta muy relacionada, Drosophila koepferae, que ocupa un nicho ecológico prácticamente igual —aunque prefiere los cardones a las tunas—. Ambas tienen el mismo tamaño diminuto. Los mismos ojos rojos saltones. La misma forma de las alas. Las mismas bandas en el abdomen. “Al microscopio no hay nadie que las pueda distinguir”, apunta el doctor Fabián Norry, investigador del Instituto de Genética y Evolución de Buenos Aires (Iegeba), que depende del Conicet y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Pero mientras la especie buzzati vive alrededor de dos meses, la koepferae apenas llega a los 15 días. ¿Qué determina tamaña diferencia? ¿Cuál es el secreto de la longevidad de una y de la vejez acelerada de la otra?  
Con el objeto de ayudar a dilucidar ese tipo de interrogantes, los cuales también podrían tener implicancias en humanos, Norry y su equipo adoptaron desde hace años un enfoque novedoso en Argentina. Someten a estas y otras moscas a distintos factores de estrés ambiental, como frío, calor, radiaciones o dietas hipocalórica. Y analizan de qué manera la resistencia a ese tipo de estrés se relaciona con el envejecimiento. Los resultados son consistentes: en la mayoría de las especies investigadas, esa clase de exposición eleva en promedio un 30 por ciento la expectativa de vida. “El efecto es variable incluso dentro de la misma especie: en un individuo la longevidad puede aumentar un 20%, y en otro, 60%”, resume Norry.
El fenómeno biológico que explica ese efecto tiene un nombre: hormesis. Y se puede definir como el beneficio que recibe una célula u organismo después de la exposición a dosis bajas de un agente químico o factor ambiental que, en dosis altas, hubiera sido dañino. “El concepto no es nuevo: Nietzche decía que lo que no mata, fortalece”, escribieron investigadores en un artículo de la Gaceta Médica de México. Y aunque todavía falta mucho para definir cuáles serían la cantidad y la frecuencia adecuadas, un número creciente de científicos y médicos considera que la hormesis puede ser la llave para que los seres humanos sean capaces de vivir 120, 140 o más años. O, al menos, para extender su independencia funcional y lucidez mental durante más tiempo.   
“La hormesis representa, sin dudas, una de las estrategias más promisorias para lograr un envejecimiento saludable en humanos”, sostiene a Más el doctor Suresh Rattan, autor de doce libros sobre la biología de la senescencia, editor de la revista Biogerontology y director del Laboratorio de Envejecimiento Celular de la Universidad Aarhus, en Dinamarca. “No podemos decir exactamente cuál va a ser su impacto sobre la duración de la vida, pero tenemos suficiente confianza científica de que puede hacer que la salud sea mantenida por más años”.
El principio de la hormesis evoca en parte los supuestos fundamentos de la homeopatía, aunque en rigor tiene más correlato con la acción de las vacunas: ambas producen una reacción en el cuerpo y sus repercusiones preventivas se sostienen en el tiempo. Incluso, como ocurre con los planes de inmunización, la hormesis en modelos animales parece funcionar mejor cuando se aplica en edades tempranas. “En moscas que viven tres meses, dos o tres tratamientos de hormesis en los primeros diez días tiene efectos que persisten toda la vida”, dice Norry.  Otros investigadores también hicieron experimentos alentadores con gusanos, algunos mamíferos y cultivos de células humanas.  
Pero si las vacunas estimulan la producción de anticuerpos y otras defensas inmunitarias, la hormesis parece actuar mediante otro mecanismo. Según creen los científicos, la exposición a un factor de estrés moderado (por ejemplo, una dieta con 30 por ciento menos de calorías o baños repetidos con agua fría) dispara ciertos programas de reparación de las células que eliminan o arreglan proteínas dañadas. Si la acumulación progresiva de esos desechos explica el proceso de envejecimiento, como especulan muchos expertos, la hormesis es como si hiciera “la limpieza de la casa”, grafica Norry.
¿Hay pruebas de que la hormesis también puede funcionar en los seres humanos? Quienes defienden esa perspectiva suelen citar un ejemplo paradigmático: el ejercicio. Sudar la gota gorda en gimnasios o salir a correr representa un estrés para el cuerpo que, a la postre, lo termina beneficiando. En 2012, un estudio en Estados Unidos que examinó datos de más de 650.000 adultos determinó que quienes dedican dos horas y  media semanales a realizar actividad física moderada viven, en promedio, 3,4 años más que los sedentarios. Y quienes duplican esa dosis de ejercicio aumentan la longevidad 4,2 años.
Rattan, de Dinamrca, incluye al ejercicio dentro de las “hormetinas”: aquellas condiciones que inducen la hormesis. En particular, lo considera una de las hormetinas físicas, como el calor, el frío o la radiación. Y quizás también el sexo. Pero también propone la existencia de hormetinas mentales, como resolver rompecabezas o hacer meditación.  Y señala que existen otras biológicas o nutricionales, como podrían ser la curcumina (colorante de la cúrcuma), el alcohol o el resveratrol, un ingrediente del vino tinto. “Descubrir nuevas hormetinas como moduladores del envejecimiento y la longevidad es una campo creciente de investigación”, sostiene.
De todos modos, los científicos son cautos. Hay hormetinas que  no están contraindicadas, como el ejercicio o los juegos mentales, pero existen otras que podrían ser riesgosas. ¿Acaso todo el mundo sacaría provecho con veinte minutos semanales de sauna, por ejemplo? ¿Cuál es la eficacia, seguridad y viabilidad ética de exponer a un chico a cierto tipo de radiación o dieta estricta para conquistar, en el futuro, años o calidad de vida? Norry añade otro reparo: los estudios en animales muestran que la respuesta varía mucho de individuo en individuo, por lo cual, en el futuro, quizás se deban desarrollar tests que identifiquen a las personas que realmente se puedan beneficiar de este enfoque.
Pero para eso falta tiempo, y Vince Giuliano, de 86 años, cree que no tiene mucho margen para la espera. Doctor en física aplicada y primer graduado en ciencias de la computación de Harvard, con una extensa trayectoria en empresas de tecnología de la información, hace veinte años Giuliano decidió que quería tener una vida larga y productiva. Y no cualquier vida larga y productiva: se propuso vivir hasta los 225 años. Desde entonces, leyó todos los estudios y teorías al respecto, desarrolló su propio programa antienvejecimiento y se transformó en un activo “consultor e investigador independiente en longevidad”, según se presenta. Dicta conferencias, escribe libros y, sobre todo, trata de predicar con el ejemplo (y es consciente de que, si falla, no va a tener chance de revancha). 
La hormesis es uno de los pilares de su sueño de eternidad. “El estrés es lo que me mantiene joven y andando”, escribió en su página web (www.anti-agingfirewalls.com). Y resumió algunos trucos personales para estimular ese fenómeno: duerme en una habitación a 15ºC y cuando se levanta, sin ropas, pasa frío durante unos 10 a 20 minutos hasta que actúa la calefacción. Toma suplementos con curcumina y otros ingredientes. Hace 45 minutos de cinta. Se entera de malas noticias. Y hasta discute con su esposa: “Me gusta pensar que son todos eventos horméticos”, afirma, en la flor de su vida.

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