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Domingo 25 de Agosto de 2013

La tragedia de la calle Salta y la política

Escribo esto luego de recorrer por dentro lo que quedó del edificio de la calle Salta 2141. Pienso en hacer una crónica de la semana política que pasamos y, quizá, de lo que creo que acontecerá en la próxima.

Escribo esto luego de recorrer por dentro lo que quedó del edificio de la calle Salta 2141. Pienso en hacer una crónica de la semana política que pasamos y, quizá, de lo que creo que acontecerá en la próxima. Siento que es incompatible, por no decir imposible.

La mezquindad reinante entre la mayoría de los que pelean por conducir los destinos del poder argentino impacta con tanta fuerza como la de esa nube de gas que destruyó una torre de edificios y conmocionó a toda la ciudad. La ausencia de reconocimiento de errores en el terreno de la política se escucha estruendosa frente al silencio reverencial que impera en las vallas que impiden el paso más allá del límite marcado sobre bulevar Oroño o sobre Balcarce. Si la política es el arte de atender las necesidades de los que menos tienen, sería recomendable que los candidatos de las primarias y lo que ya están haciendo campaña hacia octubre en el “quehacer nacional” piensen en una estadía de aprendizaje en nuestra ciudad.

Sentados en el cordón de la vereda, por qué no, serían testigos privilegiados del sentido de lo que es el servicio público.

Una mujer de 30 años se abraza a una maceta vieja que contiene una planta bañada en hollín y polvo. Creo que es un potus, pero no me alcanza el tiempo para detenerme en esas hojas que supieron ser verdes porque la mirada de esa joven hace desaparecer cualquier otra escena. Alina, creo que ese es su nombre, va llorando. Ingresó a su departamento en la vereda de los pares de la calle Salta acompañada de dos rescatistas y un hombre de Gendarmería. En un bolso pequeño lleva lo que imagino son documentos o, se me ocurre, alguna medicación de su familia. Pero toda su fuerza se concentra en esa planta que carga como su tabla de salvación ante el naufragio de escombros. Nadie se atreve a preguntarle nada, ni siquiera este cronista. El silencio, el respeto silente, el encuentro de las miradas mudas fueron desde el 6 de agosto el delicado modo de acompañamiento de todos los rosarinos.

Ingresando por la rampa de autos del edificio que estalló se camina por un sendero apuntalado con maderas y rieles. El primer cuerpo del edificio luce como una caja de cemento abandonada. “Todo esto estaba tapado de escombros”, explica uno de los responsables del operativo. Los materiales de construcción fueron removidos. No los recuerdos. Un trabajo práctico con carátula de la Universidad Nacional de Rosario quedó atrapado por algunas piedras. “Estudio sobre el movimiento de suelos”, se lee con irónica claridad. A su lado, un mapa de Florencia y una publicidad de un hotel de dos estrellas. Alguien, que quizá ya no recuerda, disfrutó de esa maravilla toscana. Hay ropas desgarradas, ventanas sin marcos que dejan ver colchones desnudos y, en lo alto de la tercera torre, una cucheta intacta que balconea sobre la nada.

“Estamos parados en la segunda torre, en la del medio”, dice el responsable de Defensa Civil de la provincia. En realidad estamos parados sobre la nada. Porque esa mole de departamentos no existe más. No hay metáfora.

Un hueco de apenas 60 o setenta centímetros se abre limpio entre los escombros. Es el conducto utilizado por los rescatistas para hacer, primero, ingresar la ecosonda que detecta cualquier movimiento y luego a los propios hombres y mujeres que llegaron hasta los últimos subsuelos. Da náuseas, fobia al encierro, temor, mucho temor, de sólo verlo. Luciano Salazar no quiere contar las veces que pasó por ese hoyo junto con sus compañeros de los Bomberos voluntarios.

Este chico tímido tiene 33 años. Viene de Mercedes, provincia de Buenos Aires, y le agradece a Rosario el haber hecho realidad su vocación de ser bombero. Agradece. Todo el tiempo, como sus colegas, agradecen resaltando con violencia la indiscriminada manera de tantos que tanto reclaman por nada. Apunta con su mano hacia la derecha y apenas dice: “Ahí abajo estaba Santi”. Santiago Laguia fue uno de los últimos mazazos a la esperanza de hallar vida. Si su departamento estaba intacto, si alguien aseguraba haberlo visto salir del edificio, si la ciudad entera rastrillaba casas para encontrarlo en estado de shock, nadie imaginaba hallarlo bajo todos esos escombros. Luciano vuelve a su silencio. Como todos los que estamos ahí. Después de algunos minutos mira hacia la nada y pide: “No pude hablar con la mamá de Santi. Querría que sepa que hicimos todo lo que pudimos. Ojalá pueda saber que se lo hubiéramos querido devolver con vida”. Y llora. Claro, como todos los que ahí estamos.

Al lado de las vallas hacia elbulevar Oroño espera Néstor Ferlatti. El papá de Enzo, el mismo que rescató a su hijo de 4 años de entre los escombros, muestra su bandera blanca con letras rojas. “Memoria por las víctimas y por todos”. Memoria. Dos paños albicelestes flamean desde un balcón vecino: “Gracias a todos”, “Fuerza Rosario”, dicen.

A contraluz: Daniel Scioli puso esta semana sentencia definitiva al kirchnerismo de Cristina cuando pidió internas para el peronismo del 2015 y pidió cuidar los dos últimos años de la presidenta. Sergio Massa ensaya en privado con su ejército de asesores gestos y discursos que agraden para seducir fuera de la General Paz. No descarta mirar con tono transversal hacia la Santa Fe de Hermes Binner. El gobierno es sólo Cristina. No sólo por sus primeras deserciones en sordina sino por la obcecación de quien escucha nada más que el discurso en primera persona de su propio convencimiento.

Sin embargo, todo eso es banal. Agradecer de un rescatista en cambio de reclamar con rencor. Servir como un bombero sin esperar nada más a cambio que la tarea vital cumplida. Acompañar de toda la dirigencia (¡por fin!) al que sufre en silencio, quedando en segundo plano, sin afán de protagonismo que reditúe algo más que el verdadero sentimiento. Respeto por la realidad, incontrastable, indiscutible. Todo eso representa la tragedia de la calle Salta y la ciudad entera como protagonista directa o testigo en solidaridad. Casi la base de lo que debería ser la política para quienes aspiren a ejercerla en tiempos electorales. Qué pena que ese recuerdo deba nacer, otra vez en la repetida Argentina del llanto sobre la leche derramada, por obra y gracia de una tragedia que no puede admitir otra cosa que memoria, verdad, justicia y castigo. Sus víctimas, si no es así, no descansarán en paz.

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