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Domingo 08 de Enero de 2017

La suprema delicadeza

El lunes murió John Berger en su casa de un suburbio parisino. Ensayista, poeta, novelista y dibujante, lo distinguió su particular forma de observar el desequilibrio, los prodigios y la inequidad del mundo. Una periodista que lo entrevistó recuerda el encuentro.

Una de las experiencias más habituales y a la vez más difíciles para un entrevistador es vérselas con la distancia a veces sutil, a veces abismal, entre la persona y aquello que hace, piensa, escribe. Un hecho que nadie ignora, pero que para un periodista es crucial (sin contar las expectativas ilógicas, no siempre evitables). Esa diferencia es lo primero que nos sale al encuentro —sorprende, inquieta, llega a causar estupor— cuando entramos en relación con un artista o un pensador.

En más de dos décadas de hacer entrevistas, muy pocas personas como John Berger me transmitieron, desde el instante en que abrió la puerta de su casa —la casa de la escritora Nella Bielski, en realidad, en Antony, un suburbio al sur de París donde Berger pasaba algunas semanas al año—, la certeza de estar frente a un rarísimo portento: su obra era —estoy tentada de escribir "apenas"— un resto, una emanación de algo que tenía lugar en su persona.

Y eso que se trata de una obra vasta, hecha de pinturas, dibujos, novelas, obras de teatro, escritos sobre arte, textos políticos en los que denuncia una a una las barbaries de nuestro tiempo, y excepcionalmente marcada por la combinación de lucidez, pensamiento teórico encarnado y profunda compasión.

Entrevisté a John Berger en el 2004, cuando él tenía 78 años. Nunca, ni siquiera de muy chica, creí en el juvenilismo, por lo que descarto que mi asombro ante su energía colosal fuera inexperiencia. Sus ojos, un azul oscuro de profundidad oceánica, parecían los de un niño ávido, curioso y sabio al mismo tiempo. Su cuerpo era robusto, se reía con desparpajo. Saludó al fotógrafo Jorge Sclar, quien se fue antes que yo, con un abrazo cerrado en el que le sacó, sin ninguna resistencia, la promesa de volver a verse pronto.

Lo que se respiraba en esa casa, en la acogedora recepción que Berger nos brindó a Jorge y a mí, en la música de Tom Waits que sonaba mientras preparaba el café (más tarde, vino y tostadas con pasta de aceitunas), en su disposición a pasar una tarde del otoño hablando de dibujos, de libros, de su vida, pensando largamente antes de pronunciar cada frase —como si las escribiera primero en su mente—, es un modo de existencia a la vez omnívoro y respetuoso donde todo es tratado con eso que el propio Berger llamaba "tacto".

El tacto fue, en efecto, uno de los temas sobre los que conversamos esa tarde. Le mencioné que en sus escritos sobre pintura, pero también en su narrativa, el cuerpo, lo sensorial, ocupan un lugar muy relevante. No me refería sólo al sentido de la vista, que aparece en varios de sus títulos, sino a algo más integralmente físico, corporal. Me respondió: "la experiencia de escribir es corporal en el sentido básico de que casi siempre escribo con lentitud, entre otras cosas porque corrijo mucho, soy muy minucioso. Es posible que eso se relacione con la pintura, ya que también la pintura es un proceso de corrección, un proceso de descomposición de las cosas, de invocar la presencia, el resto de recuerdo de lo que he visto que hay en mí. Una palabra que me parece muy exacta en mi caso es «tacto». Si no existiera ese tacto, la escritura interferiría con aquello sobre lo cual se escribe. El tacto no es una cuestión de amabilidad ni de buenos modales, sino de no perturbar la experiencia que se intenta alcanzar. Tocar sin perturbar".

Se refirió inmediatamente después a esa dimensión del tocar que se relaciona con el lenguaje. Para Berger, "la elección de una palabra es como encontrar el lugar preciso del cuerpo que se quiere tocar con la lengua materna". Semejante delicadeza en el trato con la propia existencia, esto es, con el hecho de ser hablantes (de vivir, no perorando ni monologando, sino hablándonos unos a otros, cuerpo a cuerpo, de generación en generación), junto con la exigencia que ese hecho nos lanza, habitaba en él como talante natural.

Una idea capital de El tamaño de una bolsa, el libro que era la excusa para esa entrevista, es que el artista es alguien que, antes que producir algo, se abre a recibirlo. Su tarea es anunciar que ha visto algo, afirmar así las presencias-ausencias que nos rodean, en la certeza, no melancólica sino intensamente humana, de que el mundo físico al que hemos sido llamados o arrojados está continuamente apareciendo y desapareciendo.

"Mientras no aprehendamos el devenir en tanto secuencia de presencia, ausencia, presencia, ausencia —me dijo—, estaremos en problemas. Si se elimina la ausencia, no hay más devenir. Y sin devenir, no hay deseo". Por eso, al tiempo que el pintor mira a su objeto, lo está creando. Y mientras lo crea, se abre a aquello que ese objeto es y tiene para decir. Para Berger, crear, es decir vivir, es siempre una colaboración amorosa.

Como muchos periodistas, había pautado la entrevista como una forma de compensación en medio de otro viaje de trabajo. Y había tenido la fortuna de que ese otro viaje, el oficial, era interesante: Tuve la fortuna de que ese trabajo era muy interesante: un viaje en trenes de alta velocidad por algunas ciudades de Europa, organizado para periodistas "del resto del mundo" (es decir, ni europeos ni estadounidenses).

Una parada era en París, una sola tarde y su noche. Esa tarde libre viajé a Antony. Al llegar a la ciudad nos habían llevado al hotel, el despampanante y recién renovado hotel-spa Trianon Palace, en el recinto histórico de Versalles: habitación del tamaño de un salón de baile, pesadas cortinas de brocado detrás de las cuales se veían ovejitas que pastaban en los campos, colores suaves, muebles de estilo Luis XV, música angelical, servicio invisible.

Dejé mis cosas, tomé el tren a Antony, volví cuando ya estaba oscuro. De regreso del encuentro con John Berger, ese espectáculo lujoso, sin rostro, sin corazón (ni siquiera la lejanía estetizada del museo: sólo confort), me pareció la contracara exacta de algo que pueda llamarse una vida.

Bío

John Berger nació en Londres en 1926. Entre sus obras más conocidas están G., ganadora del prestigioso Booker Prize en 1972. Es uno de los pensadores más influyentes de las Bellas Artes. Autor de novelas, ensayos, obras de teatro, películas y dibujos como los que ilustran estas páginas. Su compromiso con el campesinado europeo en la trilogía De sus fatigas (compuesta por Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag) quedará como uno de los referentes literarios más comprometidos con los menos favorecidos. Rondó para Beverly fue su último libro, escrito tras la muerte de su mujer. "Su libro Modos de ver, y la serie de 1972 de la BBC basada en esa obra, influyeron en el modo de ver el arte de al menos dos generaciones. Y su escritura desde entonces, sobre todo sobre la emigración, cambió la manera como muchos de nosotros vemos el mundo" escribió el diario inglés The Guardian el martes pasado.

Flavia Costa / Especial para Más

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