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Sábado 15 de Agosto de 2015

La simplificación del nazismo

En foco. Uno de los fenómenos más complejos de la historia del sigo XX fue abordado de una manera superficial por la presidenta durante un acto con representantes de la filial argentina de la empresa alemana Mercedes Benz. Algunos datos históricos se pasaron por alto.

Cuando hace algunos días la presidenta Cristina Kirchner se refirió al ascenso del nazismo al poder en Alemania trajo a escena uno de los períodos de la historia del siglo XX más difíciles de entender y que ha sido objeto de estudio (aún lo es) por profesionales de las más variadas ramas de la ciencia, desde la sociología a la política.

Tal vez por demostrar algún conocimiento sobre el tema, la presidenta comentó durante un acto de presentación de un nuevo modelo de vehículo de la filial argentina de Mercedez Benz, que Hitler había llegado al poder por las condiciones humillantes del Tratado de Versalles y no por la inflación, una frase que simplifica de manera muy superficial lo que realmente ocurrió tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y el desarrollo político posterior.

“Saben por qué llegó Hitler? Porque habían humillado a Alemania y entonces se montaron en un discurso xenófobo ultranacionalista, y así surgió el nazismo. No producto de la inflación, el nazismo fue la consecuencia de las condiciones que los aliados le impusieron a la Alemania vencida en la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles”, dijo la presidenta, quien también recomendó una gran película: “La caída”, protagonizada por el actor suizo Bruno Ganz en el papel de Hitler.

Sin embargo, ese filme no aborda el ascenso del nazismo sino todo lo contrario, porque recrea muy bien los últimos días de Hitler en su bunker de Berlín a través de la mirada de una de sus secretarias privadas, Traudl Junge, quien poco antes de morir (vivió hasta 2002) plasmó sus memorias en el libro “Until the Final Hour: Hitler’s Last Secretary” (Hasta la hora final: la última secretaria de Hitler”. En el prólogo a ese trabajo, Traudl Junge escribió: “Cuando leo este manuscrito nuevamente décadas después (fue escrito entre 1947 y 1948) estoy horrorizada y avergonzada por haber sido ingenua e inconsciente. Este libro no es una justificación retrospectiva ni una autoacusación. Tiene la intención de buscar una reconciliación, no con el mundo exterior, sino conmigo misma. No busco comprensión en mis lectores, pero creo que los ayudará a entender lo que ocurrió”.

Es cierto que el Tratado de Versalles, del 28 de junio de 1919, impuso a la derrotada Alemania condiciones casi imposibles de cumplir, como pagos millonarios en indemnizaciones (que contribuyeron a la hiperinflación) y severas limitaciones a su poder militar, además de pérdida de territorios. Pero limitar ese tratado a lo que ocurrió en la Alemania de entreguerras y a partir del 30 de enero de 1933, cuando Adolfo Hitler fue nombrado canciller del Reich, es recortar de una manera abrupta ese período y echar por tierra los miles de estudios que a lo largo de los últimos 70 años han intentado explicar el complejo fenómeno del nazismo.

Como una buena docente, la presidenta recordó que el surgimiento de Mercedes Benz en Alemania fue para contrarrestar la entrada de automóviles norteamericanos de la empresa Ford y no tuvo problemas para decir, delante de los directivos de la compañía germana, (“llegaron a la Argentina en 1951 con Perón”) que había provisto de material militar al ejército nazi durante la guerra. “Esto fue así y nadie tiene que sentirse ofendido ni atacado, porque la historia es la historia y no tiene nada que ver el empresario que está ahí, ni yo, ni el actual gobierno de Alemania, ni nada. Fue así”, dijo categóricamente Cristina.

Todo eso es correcto, pero la presidenta olvidó comentar algunas cosas. En primer lugar, Henry Ford, el fundador de la compañía, era un virulento antisemita que apoyaba a Hitler y fue uno de los pocos extranjeros condecorados por el nazismo. En segundo lugar, el criminal nazi Adolf Eichmann trabajaba en la filial argentina de Mercedes Benz con el nombre falso de Ricardo Klement hasta que un comando israelí lo atrapó en 1960 en San Fernando y lo llevó a Israel para juzgarlo y condenarlo a muerte en la horca por crímenes contra la humanidad.

Eichmann y otros jerarcas nazis habían llegado al país porque encontraron facilidad para establecerse y simpatías dentro del gobierno peronista de entonces. Esto también es historia y no está de más recordarlo. Lo mismo hicieron los norteamericanos con científicos alemanes que fueron utilizados para el desarrollo de la industria espacial y tantos otros países que cobijaron a los nazis en fuga, ayudados en muchos casos por algunos funcionarios vaticanos.

Además, durante la última dictadura militar argentina, dieciocho trabajadores de la planta de Mercedes Benz que integraron en algún momento la comisión interna gremial fueron secuestrados y la mayoría permanece desaparecida. Lo mismo ocurrió en la planta de Ford con varios representantes de los trabajadores, con lo que la relación de los industriales automotrices argentinos y la dictadura para “sacarse de encima” a obreros contestatarios fue más que notoria y aún hoy hay procesos judiciales abiertos por esos casos criminales y de complicidad con una dictadura, seguramente gustosa, de complacer a la patronal en la represión de su personal.

El nazismo. No sólo es importante tratar de interpretar cómo surgió el nazismo sino entender cómo fue posible que haya logrado adherencia y admiración de la mayoría de la población alemana durante sus 12 años en el poder y así tener el sustento popular necesario para cometer la peores barbaridades de todos los tiempos, como la industrialización de la muerte de millones de personas. Los nazis comenzaron a eliminar primero a miles de alemanes discapacitados a través de un programa masivo de eutanasia, que sirvió de base para la matanza de judíos, gitanos, socialistas, comunistas, homosexuales y prisioneros de guerra de variadas nacionalidades. Y todo a la vista de la población, como en el campo de concentración de Sachsenhausen, ubicado en la localidad de Oranienburg, a sólo 40 minutos de tren desde la estación central de Berlín.

Cuando Hitler fue nombrado canciller del Reich, en enero de 1933, su partido nacionalsocialista había obtenido en las elecciones parlamentarias de dos meses antes, en noviembre de 1932, un 33 por ciento de los votos. Pero en 1924, ocho años antes, había recogido sólo el 3 por ciento. ¿Fue la humillación del tratado de Versalles lo que llevó a ese aumento del caudal electoral y obligó al anciano presidente de la debilitada República de Weimar, Paul von Hindenburg, a convocarlo a formar gobierno? ¿O tuvo mucho que ver un programa claro, eliminacionista, xenófobo y asesino que el pueblo alemán tenía internalizado y que un líder político estaba dispuesto a cumplir?

En “Mi lucha”, escrita por Hitler en 1925, estaban todos los lineamientos a seguir por su partido, conductas criminales incluidas, que sin embargo iluminaron hasta las mentes más preclaras de la época, como el filósofo Martin Heidegger, entre tantos otros.

Fue así que en enero de 1942, en una mansión en las afueras de Berlín, en Wannsee, la jerarquía nazi se reunió para planear la eliminación de todos los judíos de Europa y aún más allá. En la reunión se hizo un detalle (están las actas conservadas de ese encuentro) de los once millones de judíos que se pensaba matar, que incluian a los de países como Inglaterra, Suiza o Turquía, que ni siquiera estaban bajo dominio alemán.

No parece que sólo la humillación, como dice Cristina, haya provocado que un 33 por ciento de alemanes haya votado a Hitler en las elecciones que precedieron a su gobierno y menos lo que ocurrió después, porque ese magro número inicial se convirtió luego en una mayoría abrumadora que ya no quiso discernir entre el bien y el mal.

Según el historiador norteamericano Daniel Goldhagen en su libro “Hitler’s Willing Executioners” (Los verdugos voluntarios de Hitler) hay tres núcleos centrales para entender qué pasó en la Alemania nazi: la existencia de un pueblo ancestral y virulentamente antisemita, la aparición de un líder capaz de ejecutar esa fantasía eliminacionista y criminal y una maquinaria militar poderosa lanzada a conquistar territorios.
Esta teoría, como otras, han sido apoyadas y refutadas por los especialistas de distintas disciplinas, pero nunca reducidas a explicaciones superficiales, porque fenómenos de tamaña envergadura como el nazismo merecen un análisis más profundo.

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