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Domingo 16 de Agosto de 2009

La señora

Desde marzo la señora no deja de llamarme. Está disgustada conmigo por una nota que escribí y en la que entrevisté a un psicólogo, funcionario de un área de salud mental de un hospital, que analizó un drama controvertido como los suicidios a partir de cifras registradas en ese centro sanitario y también estadísticas de la Organización Mundial de la Salud ("Las penas de amor llegan al hospital", La Capital, 22 de marzo de este año).

Desde marzo la señora no deja de llamarme. Está disgustada conmigo por una nota que escribí y en la que entrevisté a un psicólogo, funcionario de un área de salud mental de un hospital, que analizó un drama controvertido como los suicidios a partir de cifras registradas en ese centro sanitario y también estadísticas de la Organización Mundial de la Salud ("Las penas de amor llegan al hospital", La Capital, 22 de marzo de este año).

La señora está enojada. Y tiene derecho: a criticar la nota, mi forma de redactarla, el enfoque que se le dio al tema desde este diario, sentirse identificada o herida y muchas cosas más. El problema es que nunca pude hablar con ella, saber qué de todo esto le ha pasado; no he podido ni dialogar, ni discutir, ni defender mi trabajo o, en todo caso, reconocer errores y pedirle disculpas. Porque la señora no me llama al diario, me llama a mi casa. Cada diez o quince días. Y me deja mensajes en el contestador ya que curiosamente nunca, nunca me encuentra.

A veces alguien hacer sonar el teléfono y corta. Y horas más tarde aparece la voz de la señora, quien no se identifica y más que una queja expresa su bronca contra el profesional que entrevisté para la nota, emite sugerencias, me cuenta confusamente cosas de su vida y me advierte que me molesta y lo seguirá haciendo.

Cuando comienza el mensaje siempre me dice: “Vilche”... A veces usa un tono severo, otros irónico. Ultimamente, tal vez convencida de que logró ya cierta familiaridad conmigo, se despide diciéndome “chau Lau”.

Nunca le di mucha importancia a los llamados de la señora. Me dije que no diferían mucho a los comentarios, a veces muy agresivos, que dejan lectores anónimos en la web. Pero me equivoqué. Mi casa no es la web, en la que entra quien quiere y a toda hora sin pedir permiso. Y, la semana pasada, la señora "entró" tres veces a mi casa. Entonces repensé mi despreocupada postura y me pregunté quién sería esta empecinada mujer. Me enojé, molesté y hasta atemoricé.

Es que la señora empezó a hablar peor que nunca del psicólogo que entrevisté para la nota que —a esta altura no lo lo dudo— no le gustó nada. Y me pidió que averigüe por “la zanja que tiene (el entrevistado) adelante de su casa, no vaya a ser que se caiga...”.

No me cayó bien la frase, ni como chiste, ni como metáfora, ni como nada.

Pero hubo un llamado más, y hasta ahora último, que cambió todas esas sensaciones. Ya no con sesgo mafioso, sino con uno casi tierno. Me lo dejó el domingo pasado y decía. “Feliz Día del Niño, Vilche. Debe ser muy triste vivir con el niño que fuimos muerto adentro (sic), yo por eso soy una mina que sufre y una niña feliz. Con todo respeto y buen humor te quería saludar para que veas... más o menos... que encuentres por ahí la clase de persona que soy. E insistamos con el tema... a ver si perdemos al pequeño gran hombre. Insistamos con ello. Chau Lau”.

Me convencí. La señora no está bien. Realmente intuyo que la atormenta alguna historia personal y cree que yo puedo escucharla, hacerme cargo de ella o de su drama; tal vez hasta ilusiona con que su charla incesante con mi aparato telefónico la calmará o le provocará cierto consuelo. En definitiva, cree de algún modo que puedo ayudarla.

Pero no señora, no puedo.

Y tampoco quiero. Porque no es mi función aliviar las penas, no sabría cómo hacerlo, y menos la de las almas que no conozco. Mucho menos.

Por eso sólo le sugiero con todo respeto a usted señora o a quien pueda ayudarla a comprender que envíe una carta de lectores de puño y letra al diario La Capital (Sarmiento 763- (2000) Rosario) o por mail a cartaslectores@lacapital.com.ar. o llame al conmutador 522-6000 y pida con la seccion La Ciudad, donde trabajo. Tal vez así, señora, me entere de quién es usted, qué le sucede y podamos charlar sobre quién sí puede ayudarla.

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