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Sábado 02 de Octubre de 2010

La sabiduría de los poetas

Hay un poeta que me formó, al que quiero mucho y a quien siempre vuelvo: el francés Paul Eluard.

Hay un poeta que me formó, al que quiero mucho y a quien siempre vuelvo: el francés Paul Eluard.
Cuando tenía apenas diecisiete años, iba especialmente a la Biblioteca Argentina a buscar tres libros que ya por entonces (1981) estaban agotados y por supuesto siguen agotados: los tres tomos de su Obra Selecta, traducidos con belleza por Marcelo Ravoni. Me sentaba largamente en las tardes de invierno de la dictadura a leer aquellos poemas tiernos y luminosos, donde no faltaba el misterio y sobre los cuales se cernía, a veces, la sombra inequívoca de la pena.
Después, a lo largo de las décadas, entre encuentros y pérdidas, seguí conversando en silencio con Eluard. Y noches pasadas, mientras repasaba distraído una de las libretas donde tomo apuntes de lectura, me encontré con una frase suya que me dejó, de nuevo, pensativo.
Es esta: “No dejemos perfeccionar, embellecer, aquello que se nos opone”.

Me ha pasado (¿a quién no?) confundir la luz con pura sombra. Conferirle a la mentira los atributos de la confianza y pintar con la imaginación, sobre los rasgos de la frivolidad más cruda, el rostro del amor y de la alegría.
Me ha pasado, y no hace tanto. El paso del tiempo no cura nada por sí mismo. Pero sí nos curan las palabras justas, las palabras sabias. Las que dan en el blanco.
Los poetas como Eluard suelen dar en el blanco y nos encuentran cuando menos lo esperamos. Como me pasó a mí la otra noche.

Yo perfeccioné y embellecí aquello que no tenía belleza y sólo era perfecto en su aptitud para el mal.
Yo busqué aquello que debía ser perdido y creí en lo que carecía de toda verdad.
Vi las alas del insecto y lo tomé por un pájaro.

Pero Eluard, por suerte, estaba allí. Me abrió los ojos y me dio otra lección.
Los poetas saben más de lo que parece.

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