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Domingo 15 de Mayo de 2016

La resistencia de las florerías

El negocio de la venta de flores perdió esplendor en Rosario pero subsiste con clásicos como las rosas y los nuevos festejos como el de San Valentín. Cómo cambió el mercado en los últimos años.

Para conquistar, para festejar, para alegrar la casa u homenajear a las madres y a las amigas, para recordar a un ser querido y también para reparar algún desarreglo conyugal. Las flores son un regalo clásico que atraviesa edades y épocas y que a pesar de padecer como todos los sectores los rigores de la economía modelo 2016, todavía da batalla en las vitrinas de las florerías más tradicionales de la ciudad, en los puestos callejeros y en los canastos de los vendedores que surcan las veredas de los barrios los sábados a la mañana.

"Una flor o un ramo es un regalo especial porque es más simbólico que material. Además, expresa un cariño diferente hacia una persona", explica con sabiduría Nora Liberati sintetizando toda una historia genética en el rubro. Liberati es la responsable de uno de los comercios de venta de flores más antiguos de Rosario (cuarta generación) ubicado en Rondeau y Gallo, en pleno corazón del barrio Alberdi.

Con la rosa como emblema clásico y fechas imbatibles como el día de las Madres, el día de la Mujer y el festejo importado ("para alegría de las florerías") de San Valentín, estos comercios siguen siendo lugares de historias y encuentros que suelen exceder el simple hecho de vender algo.

"Acá escuchamos de todo, historias lindas y algunas feas también. Nunca me olvido que una vez un hombre despechado me hizo mandarle a una mujer un ramo de rosas sin pimpollos, sólo los tallos y las espinas. Terrible", recuerda la dueña del local que lleva su apellido, también testigo de los cambios en las costumbres sociales que para bien o para mal moldea el paso del tiempo.

Antes, por ejemplo, siempre se preguntaba el nombre del destinatario del ramo o el arreglo, un hábito que cambió ya que ahora "hay amores de todo tipo".

Las orquídeas y claveles dejaron paso a ramos multicolores —incluso para los velorios— y es cada vez más frecuente armar ramos de novias para segundas y terceras nupcias.

"A veces entra una mujer ya cuarentona o en los 50 a encargarme un ramo de novia y le digo que le veo cara conocida, y me responde «sí, vine con mi primer marido»", desliza entre risas Nora, muy bien flanqueada en el negocio por sus hijas Nara y Ana, hábiles en el armado de ramos y herederas de un oficio que tuvo su época de esplendor hasta entrados los 90, cuando Rosario era la ciudad con mayor cantidad de florerías del país.

Una rosa es una rosa

"El hombre a la mujer le sigue regalando flores, y la rosa es un clásico que nunca muere", dice con tono de experta Melina Ponce de León, vendedora desde hace cinco años en la florería Lalic, una de las más tradicionales del macrocentro rosarino.

Lalic es un clásico del rubro en la ciudad, con una historia de cultivadores desde hace décadas que con el tiempo montaron su propio negocio en la zona donde funciona el cluster de las florerías, cerca de Callao y San Juan.

Ofrece una variedad de ramos coloridos con precios accesibles entre los cuales las más comunes son las montoneras o yerberas, que arrancan en los 35 pesos.

Venden rosas nacionales e importadas para intentar cubrir todas las temporadas y ofrecer rangos de precios, ya que las que se producen en el país sólo se consiguen en el verano y el otoño y son bastante más baratas que las que se importan, que vienen desde Ecuador y Colombia y pueden costar hasta 400 pesos el ramo. “Las ecuatorianas son las mejores rosas del mundo”, subraya Melina mientras busca complicidad en sus dos compañeras de trabajo, Verónica Mengarelli y Georgina Martinich.

Las tres cuentan que si bien la venta romántica o para fechas especiales resiste el paso del tiempo y sigue arraigada en las costumbres, algunos hábitos como comprar flores para decorar la casa están en caída pero más que nada por cuestiones de bolsillo: “La venta de todos los días cayó mucho. Las flores no son un artículo de primera necesidad y muchos eligen gastar esa plata en otra cosa”.

Las anécdotas entre las vendedoras vuelan y se mezclan con las risas. Como cuando se acuerdan de la novia que llamó a las 7:30 de la mañana desesperada porque se casaba al mediodía y se había olvidado de encargar el ramo.

O la que sumaron al historial de las imborrables el mismo día de la entrevista con Más cuando un muchacho, rozando la treintena, fue a adquirir un ramo descomunal para su esposa a quien también le acababa de comprar un auto, aunque eso sólo “le parecía poco”. La generosidad del muchacho tenía su explicación. “Es un regalo proporcional a la macana que se mandó”, contó el amigo que lo acompañaba y que le hacía el aguante en el intento desesperado por recuperar el amor que veía perdido.

Un cliente fiel

Si se pudiera trazar un perfil del comprador de flores éste sería un hombre en casi todos los casos, entre los 40 y los 50 años, ya que a esa edad “regala para todos lados”: a la hija o sobrina que cumple 15, a la esposa o compañera, y hasta a su madre.

En el caso de la florería Liberati, muchos de los que aún compran a menudo son clientes heredados de padres o abuelos que ya regalaban flores, un hábito que como tantos otros crece, se sostiene o muere en el seno de cada familia.

“Quien ve que su papá regalaba flores va a repetir el hábito”, argumenta Nora, que cuenta con cierta desazón que muchas veces los chicos jóvenes le piden que envuelvan los ramos con papel de diario “para que no se note que llevan flores”, porque les da vergüenza.

Un capítulo aparte merecen las mujeres que van a comprar, una minoría compuesta en casi todos los casos por madres de quinceañeras o de novias/novios que quieren imponer su gusto por sobre el de sus hijos que se van a casar, y muchas veces lo hacen a capa y espada con un autoritarismo a prueba de balas. “Vemos cada pelea acá”, se sinceran las vendedoras de Lalic.

Nora Liberati piensa de manera muy parecida: “La verdad es que es mucho más fácil trabajar con hombres que con mujeres, que son pocas pero tienen muchas exigencias. Al hombre todo lo viene bien”.

También existen compradores particulares, como por ejemplo los que son devotos de algún santo o quienes realizan ceremonias religiosas en las que sólo se utilizan flores de determinado color, como pasa con las blancas.

Adaptarse

El rubro fue perdiendo clientela, mucha en los últimos años, como resultado de cambios sociológicos, nuevos comportamientos y también estrechez económica. “Hace tres años los días de mercado esto se llenaba, y mirá hoy, no hay casi nadie”, relataron en Lalic.

Otro golpe duro a las florerías fue la prohibición que muchos sanatorios pusieron para el ingreso de ramos por nacimientos aduciendo razones de salud para los bebés, ya que ahora las flores no pueden lucirse en la habitación y quedan retenidas en el ingreso.

“Lamentablemente hay que decir que es un rubro en extinción. Hasta los 90 éramos la ciudad con mayor cantidad de florerías y había cultivadores, hoy queda muy poco de eso”, argumenta Nora, tras lo cual su hija Nara agrega: “Menem lo hizo”.

Para diversificar sus ventas, de un tiempo a esta parte algunas florerías comenzaron a vender plantas, tarjetas y peluches. Las suculentas (unas plantitas con hojas carnosas que acumulan agua) están de moda, son económicas, fáciles de cuidar y se adaptan a interiores, balcones y departamentos.

Incluso se ha puesto de moda mezclarlas en los ramos de novias junto a las rosas y a las peonías, una especie en boga que se pide hasta con meses de antelación. Se consigue sólo entre octubre y diciembre y se traen desde Buenos Aires, donde se cortan una sola vez al año.

Aunque no es nada fácil, los que sostienen este negocio dan batalla para sostener y por qué no recuperar las épocas de esplendor. Quizá la clave siga estando en el amor, en sus múltiples formas, porque después de todo, quién no queda rendido ante una flor.

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