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Domingo 01 de Diciembre de 2013

La religión de Cristina

“La Jefa le sigue mandando mensajes a Francisco”, dijo en reserva una diputada nacional del ala dura del kirchnerismo.

“Cura, asesor ad honorem de la Dra. Alicia Kirchner. Hincha de River”. Así se define en twitter el flamante titular de la secretaría nacional de prevención y lucha contra las drogas designado por Cristina Kirchner. Juan Carlos Molina asume en reemplazo del rosarino Rafael Bielsa en uno de los organismos que deberá enfrentar las consecuencias del creciente narcotráfico en la Argentina y es un mensaje contundente para los que se preguntan si hay cambios en el modelo. En su relación con la Iglesia Católica, el viraje es evidente. “La Jefa le sigue mandando mensajes a Francisco”, dijo en reserva una diputada nacional del ala dura del kirchnerismo. “Está definitivamente hipnotizada por el Papa y parece que no tiene miedo de haber ¨volanteado¨ demasiado hacia la derecha. Primero el Código y ahora esto”, concluye la misma legisladora que no puede ocultar una mezcla de sorpresa y desazón con el nombramiento.

La presidente ha mostrado en esta semana que lleva desde su reintegro a las funciones que está dispuesta a hacerles caso a sus médicos. Uno de los integrantes de este equipo, de viaje en Australia hasta la primera semana de diciembre, les confesó a sus colegas que está gratamente sorprendido por la disciplina y conciencia con que la primera mandataria cumple sus indicaciones para no someter a su organismo a un excesivo stress. “No sólo respeta las normas de cuidados físicos sino que ha bajado varios cambios. Es notorio”, graficó uno de lo especialistas. La alta exposición diaria que se verificaba, por ejemplo, en permanentes discursos de atril transmitidos en cadena semioficial no existe y se ha reemplazado por las conferencias matutinas de su jefe de Gabinete.

No hay dudas que es un progreso institucional para esta administración el tener un ministro coordinador que entiende que dar cuenta de sus actos supone aceptar preguntas y respuestas de los periodistas. Aunque allí se venga cumpliendo esto de no hacer anuncios grandilocuentes (de inflación e inseguridad, hasta ahora, nada) o aparezcan traspiés y resbalones como ampulosos anuncios de impuestos a los autos foráneos que, a la hora de la letra chica, terminen siendo una nueva presión tributaria (¿hasta cuándo nos acostumbraremos a soportar con nuestros bolsillos “impuestos y tributos por única vez”?) a todos los coches, aún los económicos y nacionales. O pasar de un título de rediseño total del polémico “Futbol para todos” que se lleva 1200 millones de pesos por año a la danza de nombre de relatores estrellas de partidos.

Fue también Jorge Capitanich el que sugirió el nombre del cura Molina para que se haga cargo de la Sedronar. El chaqueño lo conoce por las actividades que desarrolló en su provincia en donde se establecieron programas hogareños de contención de adictos. Un dato para ponderar. La relación personal del sacerdote y del entonces gobernador no fue la ideal y se registran chispazos respecto de discusiones por apoyos económicos de la provincia. Capitanich, y eso es bueno, no hizo gala de rencor alguno. Pesó mucho también en la decisión la impronta de Alicia Kirchner. El sacerdote es su amigo y confesor personal y un militante abierto y sin medias tintas de la causa K como gusta la ministra. En sus redes sociales privilegia fotos con Juan Cabandié, Estela de Carlotto, Hebe de Bonafini y la propia presidente. Algunos dicen que hasta había sintonizado muy bien con el fervoroso católico Guillermo Moreno a quien habría acompañado en algunos actos públicos. Las preguntas que se imponen son: ¿conoce técnicamente del tema? ¿Es su nombramiento una intromisión religiosa en un Estado que debería ser laico?

Por lo primero, su curriculum está poblado de felicitaciones personales (hasta del ex menemista y hoy massista Eduardo Amadeo) pero de escasos pergaminos que acrediten su estudio sobre el tema. La designación es del todo política antes que técnica. Desde la Iglesia, por un lado se saludó formalmente su llegada a través de un obispo de la Pastoral Social y por el otro se mantuvo un ostensible silencio desde quien bien lo conoce: su anterior obispo y superior. Monseñor Juan Carlos Romanín, de fuerte presencia en distintos conflictos sociales de Santa Cruz, rechazó opinar sobre el cura. Pasado a retiro por supuestos problemas de salud, el prelado sabe que el hoy secretario de Estado militó para que se lo apartara de la diócesis. Molina fue siempre kirchernista y su jefe crítico, en las calles y desde el altar, de Néstor y Cristina. La relación de ambos, tormentosa.

El otro interrogante es saber si la llegada de un clérigo a semejante cargo empaña la necesaria separación que debe haber en una república entre religión y Estado. Ser sacerdote no inhabilita in limine pero tampoco garantiza solvencia indiscutida. Los dogmas son para las religiones. No para la función pública. Alguna vez entenderemos que los cargos específicos y de ejecución real de la administración deberían ser ocupados por los que se preparan y estudian para ello. Claro que nadie se opondría a que curas como el padre Montaldo, Negri, Castricone o Aloi asumieran funciones de asistencia social. Ellos han puesto su cuerpo y alma para que la palabra del Evangelio que acompaña a los excluidos tome real vida. Sin embargo, un secretario técnico de prevención y lucha contra las drogas, ¿no debería ser alguien con trayectoria académica o de campo para no que no se vea obligado a ir a aprender al cargo? Pensar en su designación, ¿cierra definitivamente toda discusión sobre la despenalización de estupefacientes para uso personal? Si es así, ¿es justo que el Estado adopte como política un precepto religioso y no se abra al debate de todos?

El nombramiento del padre Molina muestra un símbolo impensado para un gobierno que antes huía de los tedeums oficiales porque veía el germen destituyente en algunas iglesias. Es semejante a cambiar de un plumazo un Código Civil para todos y todas y adecuarlo al pensar católico en aspectos centrales. Contradicciones no únicas, por cierto. ¿Cuál es hoy el modelo? ¿El que acuerda con Repsol o el de la épica dialéctica de hace un año que prometía ni un peso para los españoles? ¿El del tono receptivo de Capitanich o el que saluda como un héroe al patotero de Guillermo Moreno? ¿el que piensa en el matrimonio igualitario o en un sacerdote como secretario de Estado?

Dilemas que se develarán con el paso del tiempo que sigue reclamando más respuestas inmediatas a temas como el alza de precios o de la tasa de inseguridad y menos devaneos de índole espiritual que son siempre, es bueno recordarlo, individuales, intransferibles y ajenos al Estado.

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