Cartas de lectores
Lunes 16 de Mayo de 2016

La reforma ortográfica

Como si no bastara con la matemática, la historia y la geografía para hacer escabroso el sendero escolar; como si no fuera suficiente con la prosodia, la sintaxis, la conjugación y la concordancia...

Como si no bastara con la matemática, la historia y la geografía para hacer escabroso el sendero escolar; como si no fuera suficiente con la prosodia, la sintaxis, la conjugación y la concordancia, los chicos de innumerables generaciones tuvieron que luchar a brazo partido contra la ortografía. Son recordados los temidos dictados que frecuentemente, eran la antesala de las odiadas tareas que había que realizar en casa. En 1843 en Chile, Sarmiento reflotó una propuesta de reforma ortográfica sugerida dos decenios antes por el filólogo venezolano Andrés Bello; pero Sarmiento no encontró eco en la comunidad intelectual de la época. Tal vez inspirado en esa fracasada proposición del maestro sanjuanino, en abril de 1997 y en el marco del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en la ciudad mexicana de Zacatecas, Gabriel García Márquez sugirió revisar la función y la vigencia de algunas letras, entre ellas, la pobre h (no la ch) que desde hace años está en la cuerda floja, como si fuera la única responsable de que la ortografía no pueda ser más fácil. A partir de ese momento, algunos salimos a opinar que ya es hora de hacer la ortografía más simple, aunque tal opinión sea la manera más sencilla de ganarse la reprobación de los docentes. Pero una cuestión tan arraigada es casi imposible de modificar, de manera que no nos queda más que envidiar al idioma inglés, que salvo en los extranjerismos no usa acentos en su escritura; y eso sucede porque en ese idioma, cada palabra tiene su propia significación; mientras que en el castellano, el simpático "palito" llamado acento o tilde, le otorga a ciertos términos diferente significado: así, la palabra aun (sin acento) quiere decir inclusive, mientras que aún (con acento) significa todavía. El castellano tiene una terminología lo suficientemente amplia como para que la tilde deba cambiar el significado de algunas palabras. Quién no recuerda con poca simpatía el estudio de las famosas agudas, graves, esdrújulas, sobreesdrújulas, y eso de las terminaciones donde entran en juego vocales, consonantes y particularmente la n y la s, en lo que constituye la regla de oro de la acentuación; pero todo no hubiese sido tan enredado, si no fuera por las célebres excepciones motivadas por los diptongos, hiatos y vocales cerradas y abiertas. Además, está el tema del singular y el plural, que cambia la cantidad de sílabas y consecuentemente, la posición del acento. Eso sí, todas las esdrújulas y sobreesdrújulas se acentúan. Algunos entendidos sostienen que las reglas ortográficas son tan complicadas, que el tiempo que se pierde en estudiarlas podría ser empleado en aprender otras materias. García Márquez afirmó que el sistema de acentuación carece de lógica y que "hay que jubilar la ortografía, terror del ser humano desde la cuna". Por su parte, el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno manifestó su desacuerdo con reglas que consideraba arbitrarias e ilógicas. Pero es muy poco probable que la Real Academia Española arríe la bandera de la complejidad ortográfica.

Edgardo Urraco

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