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Domingo 27 de Noviembre de 2016

"La realidad no es tan convincente como la literatura"

Acaba de presentar Mi mundo privado, el cuarto libro que publica en un año. Hiperactivo y lúcido, siempre próximo a la ironía y desvirtuando todos los rasgos solemnes del oficio de escritor, Elvio Gandolfo charló a fondo con Más y contó detalles de su relación con Rosario

Quedamos en encontrarnos en un bar de Serrano y Córdoba. En Palermo, el barrio donde vive cuando está en Buenos Aires, una semana al mes. Pero el lugar está cerrado, es la mañana de un día feriado y no hay nadie en la calle. Espero unos minutos. Al fin distingo que alguien se acerca por la otra cuadra, desde la calle Honduras. Camina sin apuro, impulsado por un empujón parejo y sostenido, casi automático. Por un momento dudo, luego lo reconozco. Elvio Gandolfo.

Algo extraño

La noche anterior presentó Mi mundo privado, su último libro, en un bar de Lavalle y Callao. Fue un diálogo con Mariana Enríquez, donde se lo vio distendido y a la vez listo para la réplica certera y graciosa, muchas veces rubricada por la risa, una risa a carcajadas.

Si hubo algo que distinguió a Elvio desde los tiempos en que hacía la revista el lagrimal trifurca junto a Francisco, su padre, fue la capacidad y la calidad del trabajo. En el periodismo cultural y en la literatura, es básicamente un tipo que se leyó todo, y que particularmente exploró temas y formatos raramente asociados a los intereses de los escritores argentinos, desde la historieta a la investigación científica. Y también se escribió todo, como pone en evidencia Mi mundo privado, el cuarto libro que publica en un año, después de Cuentos completos, los relatos que escribió y publicó entre 1970 y 2016, La mujer de mi vida (recopilación de las columnas que escribió para la revista homónima) y Libro de mareo, donde reúne crónicas, ficciones breves y textos dispersos "antes que obras terminadas y con aspiraciones de trascendencia".

Los géneros ocupan un lugar central en la producción de Gandolfo. Desde todos los ángulos que uno lo mire: como antólogo —desde 45 cuentos siniestros, que hizo con Samuel Wolpin, a El terror argentino, con Eduardo Hojman—, traductor, crítico literario y escritor, el policial, la ciencia ficción y el terror son parte de su oficio cotidiano. Y al mismo tiempo su literatura escapa a las clasificaciones convencionales. Escribe textos literalmente fuera de género, como Ómnibus, el relato de sus viajes entre Rosario y Buenos Aires, en la época en que dirigía la Editorial Municipal de Rosario y venía semanalmente a la ciudad, o The Book of Writers, un libro de perfiles ficticios y a la vez biográficos de otros escritores. Tal vez el punto de partida de esa línea sea Filial, el primer relato que escribió sobre su padre y ese espacio determinante en muchos órdenes de su vida, la imprenta familiar.

Mi mundo privado provoca el mismo efecto de extrañeza y de suspensión del sentido. Hay un punto en que uno no sabe qué está leyendo. El título puede evocar al de la película de Gus Van Sant. "Pero esto no es una película. A lo que más se acerca es a una novela", escribe Gandolfo. Las memorias de infancia y de adolescencia EM_DASHentre otras, las historias de los tíos aviadores de Leones, por el lado de la familia materna, y un paseo en bicicleta con el padre, el día del golpe militar contra PerónEM_DASH sugieren un relato autobiográfico, pero a la vez hay pasajes de ficción. El relato transcurre en tres ciudades: Rosario, Buenos Aires y Montevideo, donde vive.

—Para mí es un libro —explica—. No se usa como categoría, pero hay libros que son eso: libros, no otra cosa. El formato que tiene no es desprolijo pero sí con diez mil cosas distintas.

Al final nos fuimos a otro bar, en Córdoba y Thames.

—Escribí el libro muy rápido, fue una cosa de impulso súbito. El otro que hice así fue Boomerang, ahí había un plazo muy estricto, la fecha de cierre del concurso de novela de Planeta. Era la época en que no había computadora. Lo hicimos con Laura, mi hija; yo hacía un capítulo, lo corregía y ella lo pasaba.

El título de uno de sus libros lo define bien: Sin creer en nada. No porque sea un escéptico, sino porque prescinde de las impostaciones y la retórica del medio literario. Preguntado por la forma en que comenzó a escribir Mi mundo privado, cualquier otro en su lugar nos asestaría una grave reflexión sobre los problemas de la literatura actual. No es que Gandolfo no piense en esas cuestiones, al contrario; simplemente, no se manda la parte.

—En este caso había empezado los trámites para la jubilación en Montevideo y no salían. Además tenía un problema en el baño de mi departamento alquilado y la solución se fue demorando meses. En un momento me dije "son dos boludeces, tarde o temprano se van a arreglar" y estando en eso se juntaron dos cosas, como digo en el principio del libro, y tuve una especie de idea o concepto, que fue el de mi mundo privado.

Un video documental sobre las mantarrayas —que le envió por mail su hija— y el descubrimiento de que no llevaría a cabo el proyecto de escribir El día, una novela, condujeron a esa idea.

—El libro lo fui inventando a medida que lo escribía, no era una cosa armada. En ese proceso me salieron varias cosas mías que no imaginaba, por ejemplo la defensa del escapismo. Lo que me tiene harto es la exigencia de seriedad por parte de sistemas que en realidad son catastróficos todos por igual: los capitalistas, los socialistas, los europeos.

Un espacio donde la imaginación tiene tanto peso como lo real. Tan grande como el universo y donde hace lo que quiere. Que se ocultó durante años detrás de la conciencia, a la espera de revelarse. Ese es el mundo privado de Gandolfo. "Lo percibe alguien que tiene algo relacionado remotamente con lo creativo —dice—. En la propia tarea, por ejemplo un científico. Lo que combato sobre todo es cierto realismo, aquello de "esto es lo que hay", que en Uruguay aparece como "esto es lo que hay, valor". Y con eso te dicen que eso es todo y no te podés quejar, ni aspirar a otra cosa".

Un recuerdo personal

Lo conocí a principios de los años 90. El primer encuentro fue en el Savoy, cuando él planeaba junto a Christian Kupchik una revista monográfica, Barrio Jalouin, que publicó números dedicados a Los tres chiflados, Batman, los crímenes y los Rolling Stones, antes de quebrar.

En todos estos años, hubo una vez en que pude apreciar de cerca su proceso de escritura. Fue cuando compartimos vacaciones, inesperadamente.

Pasó que yo había conocido a una chica, en Rosario. Supongamos que fue un viernes a la noche, ya no lo recuerdo. El domingo salimos de viaje a Uruguay. Corría la tercera semana de marzo y en el Buquebús empezó a quedar claro que aquella historia no podía durar más que un fin de semana.

Pasamos una noche en Montevideo, en casa de Elvio, y al día siguiente tomamos un ómnibus a La Paloma, en medio de una tormenta. Llegamos cansados, mojados y con frío, y para coronar el asunto caímos en un hospedaje de mala muerte. Afuera seguía el diluvio y adentro, en la habitación, discutíamos. A la mañana siguiente la chica volvió a Rosario y yo me quedé en La Paloma, porque Elvio tenía unos días en El País, el diario donde trabajaba, y quería tomárselos antes de la Semana de Turismo, como se llama en Uruguay al feriado de Semana Santa.

Apenas llegó nos mudamos a un hotel céntrico. No había prácticamente nadie en el balneario, y mucho no se podía hacer. Nos tocó tiempo nublado y con lluvia. Caminábamos, leíamos y rotábamos entre los tres bares que estaban abiertos En esos días Elvio escribió Con los pies en el agua, un relato que incluyó en Cuando Lidia vivía se quería morir, el libro donde también apareció Filial.

Me leyó algunos fragmentos del cuento en La Paloma, pero tuve una fuerte impresión de sorpresa cuando lo leí en el libro. El relato está armado en base a fragmentos de pequeñas escenas y situaciones ambientadas en el lugar donde estábamos y tiene como protagonista a Mersault (como se llama el protagonista de El extranjero, la novela de Albert Camus). En un sentido, Mersault era Elvio: le pasaban cosas que él me contó que le habían ocurrido poco antes, y de hecho fui testigo de algunas que metió en el cuento, en el hospedaje de La Paloma, cuando descubrió una araña gigante y la mató de un golpe de alpargata. Pero también era otro, alguien desconocido para mí, y supongo que de ahí venía la rareza, con los elementos de ficción: entre ellos, el personaje del chico con el que se cruza una y otra vez Mersault y en torno al cual gira la narración. Pensé que mientras habíamos compartido esos días, y hablado de tantas cosas, la cabeza de Elvio había estado también en otra parte, muy lejana. Ahora entiendo que estaba en su mundo privado.

Una explicación puede estar en lo que me cuenta en el bar de Palermo:

—Filial parece tener una relación uno a uno con lo real, pero no es así, entran y salen los temas con un ritmo. Cuando largás lo real directo notás la diferencia, es autobiográfico y punto. Como si fueran distintas las zonas del cerebro que usás. Todo lo que me pasa entra en esa argamasa y a veces surge algo decididamente ficticio. Aunque siempre tenés un gancho con lo biográfico.


El hombre más común


—En Mi mundo privado decís que te gusta ser escritor sobre todo cuando no escribís, y que un escritor debe ser “el más común de los hombres comunes”. ¿Por qué?

—Me pasa que con frecuencia imagino principios, finales, cómo encararía algo, frases que se me ocurren. Cosas que se pierden, la mayoría se las lleva el viento. Pero cuando coagula eso, sale un relato. Nunca dejo de escribir, en la cabeza siempre es como mi tarea principal. A la vez para que un escritor haga bien la tarea principal lo ideal es que sea un tipo absolutamente anodino desde el punto de vista social, que no tenga otro gran trabajo que lo chupe vivo. En un momento estuve a punto de estudiar piano, con un gran maestro de Montevideo, el que le enseñó a Leo Masliah, Marozzi, un crack. Fui dos clases y quedé tan dado vuelta que dije “si agarro esto no puedo hacer otra cosa”. Fue hace mucho, hará veinte años. A su vez me parece que la transcripción de la experiencia es algo muy delicado. Por ejemplo si recurrís a la parte llamale fantástica, lo que se agrega es tan delicado de manejar que te ayuda mucho no tener otra tarea burocrática, laboral, etcétera, para poder concentrarte. Con esto no digo que el escritor sea un pelotudo que no tiene trabajo, yo he trabajado toda la vida, he hecho algo parecido a la literatura pero que no es para nada lo mismo, el periodismo.

—Por otra parte, a pesar de que se trata de algo privado, hay partes de la historia íntima que deliberadamente no se cuentan. O que pasás por alto, como el tema del narcotráfico, a propósito de Rosario.

—Lo del narcotráfico lo aludo con elegancia, si querés esquivando el bulto: digo que de eso se encargarán otros escritores, otros rosarinos. Digo además que el mundo privado tampoco tiene obligaciones políticamente correctas, cuando hablo de ángeles y demonios. No podés decir de alguien que es una bruja. En mi mundo privado, sí. Si es una bruja es una bruja. Lo hacemos todos, aunque hay una fantochada de caretas que lo nieguen. Además es la manera de presionar de los mediocres. Un mediocre sabe que presionar con lo políticamente correcto le va a dar resultado. De lo cual ha venido cierta ineficacia de fondo de casi todo lo político e incluso del feminismo como ideología.

A mí me pasó cuando hicimos la lectura del libro con una editora, muy buena, de diez. Me hacía observaciones, yo las aceptaba, o no las aceptaba. Hubo dos donde aparecía lo políticamente correcto: una la acepté, modificándola un poco en su dirección. La otra era excesiva. Hablando de una mujer se decía “yo la apoyo” o algo por el estilo. ¿No te parece que alguien lo puede tomar con doble sentido?, me preguntó ella. Que se joda, le digo, acá es literatura. Además qué pasa, es una mujer inteligente, muy buena escritora, pero al ponerse el sayo políticamente correcto simplifica y se rebaja su complejidad, es como los curas de provincia. En las dos ediciones que se hicieron de La reina de las nieves, una acá y otra en Uruguay, mucho más de la mitad del laburo de corrección fue sacar los cambios que habían hecho las correctoras de los textos de secundaria de Alfaguara. En Uruguay tuve que controlar casi palabra por palabra. A veces lo políticamente correcto —o en este caso lo gramaticalmente correcto— puede ser así, exagerado y exasperante, se les va la moto.


El poder de la literatura


Gandolfo nació en San Rafael en 1947, pero al año de vida sus padres lo llevaron a Rosario. En 1976 se radicó en Montevideo, donde ya había vivido entre 1970 y 1973.

—La relación que tengo con Rosario viene a ser la relación con mi casa, profunda, con lo que te forma —explica—. De Mendoza me fui muy chico, con un año, y no tengo ningún recuerdo, incluso nunca fui a San Rafael, no la conozco. Además en Rosario está la relación con las cosas de la infancia, la adolescencia y la primera juventud, el momento en que descubrís el sexo, en que te animás a irte de tu casa. Entonces tiene un entramado distinto al de las otras dos ciudades. Buenos Aires puede ser más mitológica, pero le faltan algunos aspectos. En el caso del lugar donde te armaste tenés una raíz muy profunda. La esquina del cine Sol de Mayo, por ejemplo, era una zona muy intensa por muchos motivos.

La experiencia en la ciudad tuvo uno de sus ejes en la imprenta que fundó el padre y donde él también trabajó. En Filial cuenta que en general no leían sobre una mesa, o en una silla, sino la madera de una máquina Minerva, mientras imprimían miles de boletas. En Mi mundo privado el antiguo trabajo familiar viene a resolver el final del libro. Puntualmente lo que se llamaba emparejar, cuando “aprendí a dominar pilas desordenadas de papeles para que quedaran ordenadas, parejas (…). La clave estaba en aflojar la densidad del montón para dejarle entrar aire”.

—Esa es la magia de escribir. Tenía ganas de escribir mucho más. Pero a veces un libro se detiene y te dice claramente: “Pará. Es hasta acá”. Cómo lo termino, digo. Había metido ese delirio del bicho que sale del mar. Entonces apareció lo de la imprenta y la actividad de emparejar papeles, y quedó una cosa absolutamente cotidiana, justa.

En el libro, Gandolfo dice que no podría definir una imagen de su mundo privado. Es una conciencia aumentada de la realidad y de la literatura. Sin jerarquías entre una cosa y la otra, porque la ficción suena tan verídica como los hechos comprobables.

—Jamás di talleres, porque nunca me atrajo. Pero en este libro de alguna manera lo hago con dos cosas que meto y más adelante muestro el truco, digo que las inventé de cabo a rabo: la charla con el tipo en el ómnibus y la mujer a la que va a ver una noche el protagonista. Alguien me dijo que en ese tipo de explicación hay como un curso rápido de narración, porque no es narración directa. Aparte, me dio gracia porque mi mujer me pregunto quién era esa mujer, aunque ya había leído que era puro invento. Eso es lo que tiene la literatura: el poder con que te puede convencer. La realidad no es tan convincente como la literatura.

Y para demostrarlo, nada mejor que algo de la experiencia cotidiana.

—Hace poco me pasó algo con la convicción que a veces le doy a mi voz. Fue en Montevideo, esperando un ómnibus, el 330, en la terminal Tres Cruces. Hay dos colectivos de la misma línea, el 330 y el 370, y llega uno y una viejita dice "¿este va por 18 de Julio?". Le dije “no, toma por Fernández Crespo” y dos o tres personas salieron de la cola y dijeron “ah, no va por 18”. Subo al ómnibus creyendo que era el 330, que tenía que seguir diez cuadras derecho. En cambio enseguida dobla hacia 18 de Julio. “Escúchame —le digo al chofer—, ¿por dónde agarra?. “Este va por 18 hasta el hotel Victoria Plaza”. Increíblemente yo había decidido un momento antes no ir a ese hotel a buscar un paquete que me habían dejado, sino a mi casa. Volví a cambiar de idea de inmediato. Se ve que la voz o lo interno o todo eso junto, misterioso, me dijo en el subconsciente “librate de algunos pasajeros, así el colectivo no va tan lleno” (risas).


Despedida


Al mediodía, cuando salimos del bar, había un poco más de movimiento. Caminamos unas cuadras por Córdoba hasta la calle Aráoz. Ahí nos separamos. Crucé la avenida y me paré un momento a mirarlo mientras se volvía hacia Palermo. Iba sin apuro, con el mismo ritmo con el que había llegado, en lo más privado de su mundo privado.


Osvaldo Aguirre

Especial para Más


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