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Domingo 06 de Abril de 2014

La razón linchada

Por estas horas la política argentina volvió a hacer ostentación de ineficacia para otro de sus fines esenciales.

Por estas horas la política argentina volvió a hacer ostentación de ineficacia para otro de sus fines esenciales. Parece que no les alcanzó a los inquilinos del poder con el fracaso a la hora de resolver la cuestión educativa, porque ahora acometieron con desorientación palmaria en los temas vinculados con la inseguridad. Y en los dos casos, sea dicho, hablamos de síntomas de algo más profundo.

Los representantes investidos de mandatos populares vienen insistiendo desde 1983 que la educación es el pilar esencial para el cambio de raíz de los problemas de la Nación. En palabras, todo. En los hechos, ese pilar debe ser sostenido por vocación desinteresada de los maestros retribuida con cinco o seis mil pesos mensuales, buena parte de ellos pagados en negro. Raro modo de proponer verbalmente gestas fundacionales remuneradas en la práctica con salarios que se aproximan a lo privativo.

Casi al unísono, una sucesión de hechos de violencia ciudadana colectiva tendiente, se supone, a castigar a presuntos delincuentes impunes demostró desde el ajusticiamiento en barrio Azcuénaga de Rosario que tampoco otra misión esencial del Estado organizado era cubierta por las instituciones. Ni la educación primero, ni la falta de respuesta a hechos repetidos de inseguridad, encontraron canal estatal suficiente para su abordaje.

En tiempos de crisis que provocan reacciones sanguíneas fuertes suele ser recomendable apaciguar esos impulsos primitivos con razonamientos que separen la paja del instinto emocional del trigo serio de la convivencia razonable. Eso, es cierto, no resulta demasiado sencillo en momentos de dogmatismos militantes. Hoy, frente a 17 casos reportados de detenciones callejeras de ladrones por parte de ciudadanos de a pie, no es posible argumentar que se puede estar en contra de los linchamientos populares sin ser rotulado ipso facto como defensor obcecado de los delincuentes. No hay modo de explicar que esto no es un contrasentido sino una simple expresión del instinto de supervivencia. No se puede explicar que si el Estado es ineficiente lo será mucho más recurrir a una ley individual y arbitraria de cada uno de nosotros.

En algo (quizá más que algo) habremos contribuido los que ejercemos el oficio de periodistas, tan veloces para buscar títulos impactantes, reconocer imágenes que generan rating o textos que dan más lectores sin que importen demasiado las reglas básicas de la rigurosidad de la comunicación o la autocrítica a la luz de los principios de la ética. Sin embargo, la responsabilidad esencial de lo que ha sido este no debate por la “justicia” por mano propia se debe a una carencia de reacción del Estado, que no sabe ni prevenir ni reaccionar a no ser con el uso del relato verbal cargado de adjetivos innecesarios.
Es inexplicable que desde que comenzaron los ajusticiamientos callejeros de algunos ladrones o delincuentes se haya tenido que escuchar que Mauricio Macri, jefe de la Capital Federal y candidato a presidente (con chances de serlo), se tranquiliza porque su hija estuvo en el exterior gozando de la seguridad que ni él mismo le brinda en su territorio de gobierno. O que el renovador Sergio Massa aproveche la volada para contar que su familia reside en la Argentina aunque ese país carezca de alguna propuesta alternativa desde la oposición que él representa a no ser un muy prolijo discurso de buenas intenciones. O, por agregar algunos ejemplos más que no son exhaustivos, sumar el lugar común o el silencio de los que desde un frente amplio de unión pretenden presentarse como alternativa a un gobierno que se expresa en un jefe de Gabinete nacional que niega que lo que pasa en las calles sea otra cosa que la extrema derechización (sic) de la realidad mediática.

La clase dirigente dejó que se le escaparan los hechos. No previno. No olió. No operó para evitar que el humo se transformara en incendio. Ahora tampoco apareció como el contenedor del desborde. Todo fue puro relato contradictorio para sumar un par de votos y cotejarlo con las encuestas que dan vueltas y vueltas todo el tiempo como el único satélite al que le prestan atención los que deberían gobernar mirándose la tierra que pisan.

Alguno de los que no supo evitar que un conjunto (minúsculo, es cierto) de personas creyese que no habiendo seguridad estatal se les otorgaba el derecho de promover un juicio sumarísimo al ladrón a punta de palos y patadas, ¿no barajó asomarse por esos barrios y conversar con los vecinos cansados de padecer las agresiones de los delincuentes? ¿Nadie pensó que debía incluso arriesgarse a recibir el insulto para empezar a demostrar de cuerpo presente que estaban preocupados y empezaban por ponerse del lado del hombre y la mujer de a pie que tienen miedo? Nada. Apenas discursos. Todos por dos votos.

Por fin, resta la mirada sobre nosotros como sociedad efectivamente asustada por la inseguridad y desorientada ante la falta de reacción de los elegidos para combatirla. Muchos prefirieron ubicarse del lado exclusivo de la víctima. Es que es cierto que cuesta pensar que el infierno no es siempre ajeno. Pensar en el ladrón apaleado como un desconocido condenable es siempre más cómodo que imaginarlo como un familiar con traje de delincuencia. Los que creen que no se debe condenar el golpear (y hasta matar) a un ladrón tomado in fraganti juegan a creer que ni el destino ni el error puede ubicar en el lugar del delincuente a un hijo propio, un amigo o un afecto fuerte. ¿Y si fuera así? ¿Y si mi hijo arrebatase una cartera a una mujer por la calle? ¿Merece los golpes ejemplificadores o directamente letales?

Pensar en esto, pensar en general, supone un clima circundante en donde las cuestiones más elementales para la supervivencia estén resueltas. Mientras a un maestro se le exija heroísmo y se le pague con migajas, mientras la inseguridad sea moneda de cambio para la suma de votos o de preferencias de encuestas, mientras la realidad se lea solamente desde la chicana verbal que desprestigia al oponente pero no modifica lo que se cree perjudicial, seguiremos jugando a pontificar sobre la educación cada vez más pobre y sobre la inseguridad que luce cada día como irresuelta. Y a los palos por las calles. Triste.

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