Edición Impresa
Sábado 31 de Agosto de 2013

La química de la muerte

Distintas situaciones ante hechos trágicos de la vida, como una guerra, catástrofes naturales o accidentes, parecen tener disímiles respuestas tanto aquí como en el resto del mundo.

Distintas situaciones ante hechos trágicos de la vida, como una guerra, catástrofes naturales o accidentes, parecen tener disímiles respuestas tanto aquí como en el resto del mundo. Cuando esos acontecimientos se vuelven crónicos y casi permanentes, la reacción es lenta y la tolerancia parece ser mayor.

Pero por diferentes motivos hay disparadores políticos, sociales o morales que hacen insoportables el traspaso de ciertos umbrales. Es ahí cuando la conmoción ante el drama se torna elocuente.

Esa descripción es tal vez parte de lo que viene ocurriendo en Siria, un país azotado desde hace dos años por una cruenta guerra civil que se estima ya ha causado cien mil muertos. El presidente de esa nación del Medio Oriente, Bashar Al Assad, heredó en el año 2000 el cargo de su padre, también un dictador durante tres décadas que combatió rebeliones internas.

Todo comenzó en Siria en 2011 con la convulsión que trajo a la región la Primavera Árabe surgida en Túnez y que terminó con varios gobiernos despóticos de la zona. El de Siria venía resistiendo a sangre y fuego al ejército rebelde, un conjunto de fuerzas no sin contradicciones ni luchas internas, que es sin duda apoyado por los países occidentales. Irán, el grupo armado libanés Hezbollah y Rusia son los principales respaldos del gobierno sirio.

Hasta la semana pasada se trataba de una guerra en un país sin mayor influencia política y económica en el mundo globalizado, pero sí en una estratégica zona donde están en curso conflictos internacionales que pueden afectar a todo el planeta. Pero hasta ahora nadie había querido arriesgar más de la cuenta para poner fin a la peor masacre de civiles en la década.

Doble moral. De repente todo cambió cuando se detectó en Siria el uso de armas químicas en una nueva matanza de pobladores de una zona cercana a la capital Damasco. Se estima, aunque es muy difícil precisar la cifra, que murieron entre 500 y 1.400 personas, entre ellas decenas de niños cuyas dramáticas imágenes cadavéricas dieron la vuelta al mundo.

Los rebeldes acusaron al gobierno de haber gaseado a civiles y los primeros indicios de organizaciones independientes así lo sugieren. EEUU lo asegura y dio cifras: 1.429 muertos. La ONU, siempre tarde e ineficaz, intentará investigar qué pasó y hoy lo daría a conocer.

En su edición de ayer, analistas militares consultados por el "The New York Times" descontaban, aunque políticamente demorado, un inminente ataque a Siria porque la "línea roja" de tolerancia fue sobrepasada. Todo parece encaminarse en las próximas horas a una acción militar limitada y liderada por Estados Unidos, decisión que sin embargo nadie se atrevía a confirmar.

Francia, a través del presidente Francois Hollande, pidió que el ataque químico no quede impune. Habló con el premier británico David Cameron y acordaron analizar "qué respuestas dar a este acto intolerable".

Sin duda que es un acto intolerable y también criminal, pero ¿por qué no se actuó con la misma celeridad y preocupación durante estos dos últimos años y se miró para otro lado cuando el genocidio se cometía con armas convencionales? ¿Asesinar a la población con explosivos comunes no es tan terrible como hacerlo con armas químicas? ¿Cuál es la doble ética y moral que separa una forma de otra para que la primera sea más tolerada?

La respuesta, como siempre ocurre, habrá que buscarla más en el interés estratégico, político y económico de los más poderosos y menos en el aprecio por la vida de la inerme población siria. Mientras la lucha se mantenía a escalas consideradas de baja intensidad y sin repercusión mundial importante era permisible. Cuando con el empleo de estas armas de destrucción masiva se puede dañar el balance regional, el alerta sí es inmediato.

Por otro lado, es extraña la división del mundo musulmán de la región que tampoco puede acotar un conflicto que masacra a sus hermanos, cosa que no ocurre cuando cierra filas en adjudicar todos los males a un pequeño vecino de la zona.

Antecedentes. El ataque masivo con armas químicas en Siria es el peor en los últimos 25 años. El iraquí Saddam Hussein las había empleado contra la minoría kurda de su país en 1988. Décadas antes los norteamericanos regaron la selva vietnamita con esos tóxicos, cuyo empleo en la era moderna surge en la Primera Guerra Mundial: Alemania las usó por primera vez en 1915 y la respuesta de Francia e Inglaterra no se hizo esperar.

En la Segunda Guerra Mundial no hubo agentes químicos en las batallas pero sí se los empleó en el exterminio industrializado de seres humanos implementado por los nazis en los campos de concentración y muerte. En 1942 la BBC de Londres ya había informado sobre las cámaras de gas en la Polonia ocupada, pero el pedido a los aliados para que bombardearan las vías férreas que conducían a las víctimas hacia los campos nunca se concretó. Pese a que se usaron gases químicos parece que en este caso no había importantes intereses afectados.

Un caso menor. Ya en estas latitudes, y de absolutamente inferior escala, la tragedia de la explosión de calle Salta 2141 también dispara algunos interrogantes sobre la condición humana y las respuestas ante el drama colectivo.

Es indudable que la necesaria ayuda a las víctimas fue acorde a las circunstancias. Desde los tres niveles de gobierno, entidades privadas, deportistas, artistas y toda la sociedad en general hicieron su aporte. Créditos, subsidios, fondos especiales recaudados en espectáculos, además de la contención afectiva, dieron una gran señal de la solidaridad ante la catástrofe por la irrecuperable pérdida de vidas humanas en primer lugar, y de efectos materiales en segundo plano.

Esa gran lección que han dado el gobierno y la sociedad para asistir a los damnificados por la explosión ¿por qué no se logra extender al universo del resto de la población en las mismas condiciones de sufrimiento?

Miles y miles de personas en esta ciudad viven en villas miseria en condiciones deplorables. Se ve por todas partes gente revolviendo contenedores de basura, a niños mendigando en las calles y a jóvenes en edad productiva lavando parabrisas en las esquinas a cambio de una moneda. ¿Es un crónico panorama instalado desde hace décadas y por eso ya no conmueve tanto?

Se entremezclan enfrentamientos políticos y devaneos intelectuales que llevan años, mientras la violencia se desmadra por las calles como producto, sin dudas, de la creciente exclusión social de parte de la población.

El asistencialismo, importante ante la urgencia y en el corto plazo, se torna insuficiente porque no va a la cuestión de fondo sino a perpetuar un fenómeno evidente: la ampliación de la brecha social entre los que están incluidos en el sistema y los despojados de por vida y por varias generaciones.

En calle Salta también se superó un umbral: fue la peor tragedia con el mayor número de muertes en la historia de Rosario. Y se respondió en consecuencia.

Pero todavía queda por abordar integralmente una postal urbana más amplia: la de la miseria y el desamparo que, por su cronicidad, son más tolerados y generan menos angustia social. Sólo así se entiende que puedan ser digeridos en un país que es el tercer exportador mundial de soja y en una provincia que cuenta con el mayor polo industrial aceitero de todo el planeta.

¿O sólo la muerte imprevista y a escala, aquí o en otra parte del mundo, es el único disparador que moviliza la conciencia colectiva y la consiguiente acción reparadora?

Comentarios