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Miércoles 16 de Enero de 2008

La puerta

A veces la ciudad es una trampa. Y todas las puertas para huir están cerradas con llave. Hace calor. Los colectivos avanzan sin piedad sobre el asfalto hirviente. Hay que llegar, hay que llegar a alguna parte. A cualquier parte. El trabajo, el banco, el médico, rápido a casa que los chicos tienen hambre, ¿pasaste por el súper? A veces la ciudad es una trampa y la belleza –ese relámpago– se toma el día franco sin pedirnos permiso...

A veces la ciudad es una trampa y todas las puertas para huir están cerradas con llave. Hace calor. Los colectivos avanzan sin piedad sobre el asfalto hirviente. Hay que llegar, hay que llegar a alguna parte. A cualquier parte. El trabajo, el banco, el médico, rápido a casa que los chicos tienen hambre, ¿pasaste por el súper? A veces la ciudad es una trampa y la belleza –ese relámpago– se toma el día franco sin pedirnos permiso. 
    No hay razón alguna para seguir aquí ni para querer seguir aquí y ese oscuro sentimiento es compartido por todos. Pero todos agachamos la cabeza y seguimos. El infierno es cierto, dijo el gran poeta italiano Eugenio Montale. Damos fe. Es cierto y quema bajo nuestros pies, se incendia a nuestro lado.
   En alguna parte, oscura y fresca, late sin embargo el amor. Aunque no sea ni haya sido jamás para nosotros, sabemos que está allí y los que aún estamos vivos lo buscamos. Los que aún estamos vivos y no tenemos miedo.
   A veces, la ciudad es una trampa. Pero hay una puerta.
   Está dentro nuestro.

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