Opinión
Jueves 13 de Octubre de 2016

La primera necesidad de Rosario es vivir en paz

Claves. El contexto y las dervivaciones violentas no deseadas del Encuentro Nacional de Mujeres pusieron otra vez en foco a la ciudad. Pocas cosas se podrán lograr si no se recupera la convivencia pacífica. Para eso, es imprescindible evitar riesgos.

Rosario y los rosarinos necesitan vivir en paz, pero a veces parece que no los dejan.

Los episodios de violencia e intolerancia que se dieron en el contexto del Encuentro Nacional de Mujeres volvieron a poner en foco a la ciudad que, a veces, parece castigada por un designio extraño a aparecer en la agenda por cuestiones ajenas a su historia. Muchas otras veces, claro, la responsabilidad objetiva está enclavada en su gobernantes.

Con las movilizaciones pacíficas en demanda de mayor seguridad, la sociedad le puso límites al laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar) en que pareció quedar convertida la seguridad pública. Gobernantes a las cosas, exigieron los rosarinos como una rémora no escrita de la vieja cita de Ortega y Gasset.

Pero ese cambio radical no se producirá hasta tanto y en cuanto no se tome conciencia cabal de que la ciudad, al menos hoy por hoy, no está en condiciones de tirar manteca al techo. ¿Era éste el momento para que Rosario aloje y contenga a decenas de miles de participantes del Encuentro Nacional de Mujeres?

Pliego de condiciones. Dígase desde el vamos que este razonamiento de ningún modo implica un juicio crítico hacia los reclamos y los encuentros populares para evitar la violencia de género y a favor de la igualdad de condiciones laborales. Nadie en su sano juicio intelectual podría estar en contra de ese pliego de condiciones. Lo que sí está rodeado de interrogantes es la elección de la ciudad como anfitriona.

Por estas horas, de hecho, está la clase política rosarina intentando obtener respuestas de las autoridades de Seguridad y control sobre el desquicio urbano que se produjo durante 48 horas.

Las respuestas oficiales son conocidas y de manual. "Fue un grupo de 50 ó 100 inadaptados", dijo el gobernador Miguel Lifschitz. Sin embargo, el ministro de Seguridad, Maximiliano Pullaro, declaró ayer que si la policía no intervenía con gases y postas de goma hacia los manifestantes "iban a quemar la catedral, porque tenían ocho bombas molotov". De hecho, aunque el funcionario no lo haya dicho en público, la inteligencia previa hizo que 8 grupos de asalto estuvieran alojados adentro mismo del templo cristiano. Hasta el momento de escribirse esta nota no hay detenidos.

Tampoco quedó claro hasta aquí quiénes fueron los responsables de haber tirado balas de goma contra el periodista Alberto Furfari y el fotógrafo José Granata, heridos durante la refriega. Sería bueno que, finalmente, las penas caigan con todo su rigor. Tal vez todo quede en un habitual encuadre: aquí no ha pasado nada.

No pareció estar a la altura el operativo de contención y, debe decirse, en muchos casos fueron las mismas participantes del evento las que impidieron episodios de mayor violencia. Ejemplo: la garita de Córdoba y Laprida —vacía de policías— estuvo a punto de ser incendiada por un grupo de manifestantes. Fue impedido por otros militantes y vecinos del lugar. En el Ministerio de Seguridad sostuvieron que los propios organizadores pidieron que no se visualice presencia policial y reivindican la actitud de los uniformados.

Desde la Municipalidad de Rosario aseguran que nada tuvieron que ver en la elección de la ciudad como sede del evento. Es más, recalcan que la intendenta ni siquiera participó de alguna actividad, porque "no tenía buen pronóstico sobre la evolución del encuentro". Eso, además, le trajo a Mónica Fein algunos roces con una parte de la organización.

Las consecuencias políticas están a la orden del día. Desde el PRO rosarino acusan al municipio y a la provincia por las fallas en los controles y la seguridad y, en ese sentido, el concejal Gabriel Chumpitaz puso el grito en el cielo sobre los lugares de la ciudad por los que transitó la marcha.

Ida y vuelta. Desde el Palacio de los Leones dijeron ayer a La Capital. "Francamente no se entiende lo que dicen los macristas. El encuentro se hizo con financiamiento del gobierno nacional, más precisamente del Consejo Nacional de la Mujer, que depende de Carolina Stanley, ministra de Desarrollo Social. Ellos financiaron 20 mil viandas y el transporte", apuntó un funcionario del Ejecutivo rosarino, que ratificó que Fein "decidió no ir porque se la vio venir".

En esa línea, verbalizó el final político de la historia: al gobierno rosarino le pegan por derecha "por no actuar antes" y por izquierda como consecuencia "de la represión en la catedral".

Al margen de las polémicas sectoriales, y muy por encima del Encuentro Nacional de Mujeres, resulta difícil de entender la diferencia de apreciaciones del oficialismo respecto de la situación. Muchas referencias, incluso oficialistas, se quejaban de que la prensa no reflejara "el contenido didáctico y práctico" de los talleres, objetando que se pusiera el acento en la vandalización de espacios públicos, comercios, sanatorios y escuelas. No parecieron escuchar a los rosarinos que, antes de los episodios irracionales, ya habían sufrido trastornos para poder movilizarse.

Si se abre el zoom al análisis de las perspectivas del Frente Progresista para seguir gobernando la ciudad, queda claro que sus autoridades deberán entender y aprehender los nuevos paradigmas de la sociedad.

En ese decálogo de nuevas realidades, la seguridad urbana y todo su contexto están a la cabeza de las prioridades. Y lo seguirán estando en los próximos años.

Los periódicos encuentros entre funcionarios de los gobiernos nacional y provincial serán una buena noticia en tanto y en cuanto los resultados no sean sólo un fruto de estación.

Rosario necesita estar en paz, quiere que la dejen de paz. Sin que se logre ese remanso, no habrá horizonte posible Incluso, desde lo político.

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