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Sábado 03 de Noviembre de 2012

La primaria que fundaron los vecinos

La charla con los distintos representantes de la comunidad escolar es sin apuro, minuciosa y rica en datos e imágenes. Es Diego Fernández, ex cooperador y vecinalista, quien hace un pormenorizado relato de cómo la 1.331 llegó a instalarse en el barrio. Una historia de compromiso y lucha solidaria que se concretó en agosto de 1990.

"Un día vino Emilio (Mendoza) y me dijo que sacaba a sus hijos de la Escuela 1.080 (San Lorenzo y Wilde) que es adonde iban nuestros chicos hace más de 20 años. Lo hacía porque el Carlos Pellegrini (barrio privado) cerró todos los terrenos que eran campos, los compraron e hicieron un loteo, los chicos no pudieron pasar más y debían ir por la ruta, que es peligrosa. Así nos preguntamos por qué no contar con una escuela para nuestro barrio", recuerda.

Repasa entonces que el intendente que acababa de asumir era Héctor Cavallero, a quien lograron contactar "gracias al apoyo de los que en ese momento eran concejales, como Rossi (Agustín), Vitiello (Juan José) y Quaranta (Luis)". El resultado fue "la donación de este terreno, que era municipal, para poder levantar la escuela". La provincia les dio la autorización para crearla y el 16 de agosto de 1990 comenzó a dictar sus clases.

"Empezamos en la vecinal, y después en un chalet que nos prestó un vecino, al año ya estaban los primeros salones", agrega. Cada tanto los vecinalistas y cooperadores presentes subrayan que "todos trabajaron" para edificar la escuela. Literalmente, desde conseguir los fondos hasta hacer de albañiles.

Eso explica en parte el amor que estos hombres —muchos ya abuelos o a punto de serlo— tienen por esta institución. Y la férrea decisión de asumir la pelea para que siga adelante.

Fernández agrega que "la población de chicos que siempre recibió pertenecen al barrio, a Villa Golf, parte de Stella Maris y de la zona de atrás de calle Urquiza", entre otras zonas. "Nuestro sentido —continúa— siempre fue trabajar con un solo criterio: formar esta escuela para que los chicos no deambulen, se trabajó de buena fe, todo se hizo con un grupo de vecinos".

Como en toda institución, cada gestión deja su impronta, y así como los cooperadores y vecinos mencionan a una que otra directora que "estaba en todo" y "conseguía lo que se proponía", otras no hicieron lo mismo.

Sin embargo, de la charla y el intercambio de impresiones queda claro que haber levantado una escuela pública en un barrio con el estigma de residencial varias veces les jugó en contra. "Piensan que aquí no vive gente humilde, que no se necesita, por ejemplo, de un comedor, de una vianda, de una escuela secundaria", se los escuchó reclamar varias veces sobre la mirada que les devuelve el Ministerio de Educación ante estos pedidos.

Es que los chicos sólo reciben la copa de leche, "mate cocido con leche, azúcar y medialunas" y "cuando se puede un refuerzo, porque esta partida llega cada 90 días". "Cada vez que hemos pedido una vianda de comida, nos dicen que a esta escuela no porque está en Fisherton R", cuentan sobre cómo los perjudica el desconocimiento de quienes toman decisiones por teléfono y sin recorrer un aula. Para la comunidad de la 1.331 este no es un dato menor, "ya que si el padre encuentra este servicio en otro establecimiento lo elige".

Secundario.Otra decisión oficial que aseguran afectó al crecimiento de la 1.331 fue la de quitar los 8º y 9º años de la EGB que tenían. "Nosotros pedimos que en lugar de sacar estos cursos se sumara el secundario, porque hay lugar y los chicos del barrio lo necesitan, pero no lo dieron, porque si no tenés un padrino parece que no se logra nada", dice el cooperador Miguel Marchisio.

Rita Fernández, portera y mamá de un alumno de 2º grado de la 1.331, describe junto a los demás presentes en la charla con LaCapital que los adolescentes del barrio se van a los secundarios de Funes o a la Media Nº 409 que "siempre tienen los cupos llenos", o bien a la que "abrieron en la 1.080 (secundaria Nº 546)". "Pero como hay que tomar colectivos o bien ir a otro barrio, y cuando dicen de dónde vienen los tratan mal, lo cierto es que los chicos terminan abandonando", explica junto a Gisela Albornoz, otra mamá de dos nenes que concurren a la institución y ex alumna.

Gisela tiene 27 años, un nene en jardín de 4 años y otro en 4º grado. "Vine a esta escuela cuando daba clases en el chalet, quiero que siga adelante por todo el esfuerzo que hicieron los vecinos", opina.

Con absoluto sentido común, coinciden en que en lugar de "dejar caer la escuela" desde las políticas estatales se podrían pensar alternativas para ese edificio, desde el secundario hasta escuelas para adultos.

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