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Domingo 27 de Diciembre de 2015

La política como religión

Reflexiones, por Luis Novaresio / Especial para La Capital. ¿Por qué en este país hay quienes creen que el republicanismo es una bandera si se es oposición, y un obstáculo molesto si se está en el gobierno?

La religión es un hecho que nos vincula con lo sobrenatural. La política, con lo bien tangible y mundano. La religión supone un conjunto de creencias que no se discuten y que, como dogmas, son reconocidas de antemano como obligatorias. La política es un conjunto de convenciones que se somete siempre a debate, cambiantes, que reconocen mayorías pero nunca unanimidades. Este es apenas un puñado casi obvio de las diferencias de dos disciplinas que admitirían, sin más, asegurar que es imposible confundirlas. No en nuestro país. No a lo largo de su joven historia de 200 años de vida. No, especialmente, en la última década en donde el ejercicio de una buena parte de quienes hacen y debaten la política ha transformado la actividad pública en una suerte de altar de adoración de la palabra según por quién sea dicha sin importar demasiado qué se dice.

Los ejemplos siempre ayudan. Y más si son recientes. El kirchnerismo se agravia por estos días ante la intervención dispuesta por el gobierno de Mauricio Macri de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca). Aseguran que el decreto es cuasi fascista (un disparatado periodista a sueldo de Fútbol para Todos dijo que ese acto precede al regreso de los vuelos de la muerte y los campos de concentración) y que viola toda división de poderes de la República. Es el mismo kirchnerismo que nombró al destituido Martín Sabbatella por decreto en abierta violación de la ley de medios, contraviniendo el principio de que quien estuviera en la Afsca no podía ser militante partidario (Sabbatella es titular del partido Nuevo Encuentro y colocó a dedo a afiliados propios en casi todas las delegaciones del organismo del país) y es el mismo movimiento que tiró por la ventana a dos presidentes del Banco Central, como Alfonso Prat Gay y Martín Redrado, toda vez que se opusieron a los pedidos políticos del Poder Ejecutivo reclamando autonomía consagrada por la ley. El ex oficialismo dice que la decisión de un juez de allanar la sede del organismo es represiva. La misma corriente que se apoderó del Indec con barras bravas de distintos clubes de fútbol que coparon el organismo de estadísticas y censos al son del deseo de Guillermo Moreno, que los arengaba con un estentóreo "patria o muerte".

En realidad, si se quisieran recordar todos y cada uno de los atropellos republicanos del gobierno terminado el 10 de diciembre el listado sería infinito: disolución o cooptación de todos y cada uno de los órganos de control del Estado (Fiscalía de Investigaciones Administrativas, Defensoría del Pueblo, Sigen, Procuración de la Nación, etcétera), invención de una comisión legislativa con facultades medicinales para controlar la salud de un juez de la Corte, violación sistemática del federalismo tributario en desmedro de las provincias y tanto más.

El problema que se plantea frente a una evidente ausencia de espíritu de respeto a la ley como se tuvo por largos 10 años es que debe ser corregido dentro de la ley. Comerse al caníbal no es autodefensa sino apenas asumir la condición de antropófagos.

Del otro lado, la religiosidad incipiente (son apenas 15 días de gobierno, por las dudas) empieza a hacerse ver. El nombramiento en comisión de dos jueces de la Corte Suprema es un hecho ilegal y apartado de la voluntad republicana. No es cierto que fue pacífica la interpretación del artículo 99 de la Carta Magna como dijo el gobierno pretendiendo enunciar una verdad revelada. Especialistas del derecho público como Daniel Sabsay, Andrés Gil Domínguez, Félix Loñ y muchos más dijeron que no es facultad del presidente hacerlo. Por las dudas, los mencionados se definen como antikirchneristas enfáticos. Por lo demás, si se quiere volver al concepto de la política como el de la negociación en las diferencias, el de la concertación desde el disenso, sacudir el cimiento de la cumbre de un poder distinto con un decreto luce cuanto menos inexplicable. ¿Qué se dice desde el PRO? El daño institucional de los anteriores fue tan grave que un caníbal nuestro no es tan grave. Por fortuna, sin reconocer el error explícitamente, se dio marcha atrás con esta idea proponiendo audiencias públicas que llevarán los nombramientos a cuando funcione el Congreso nacional, sin vencedores ni vencidos.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué se tiene la impresión de que el republicanismo es una bandera si se es oposición y un obstáculo molesto si se está gobernando? Porque se entiende a la política como un hecho religioso y no como un acto de necesario acuerdo desde las diferencias. Porque se cree que se hace mejor política si no se escucha al oponente y se lo considera un hereje que no merece ni ser advertido. Disentir fue el bautismo de la traición. Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Hugo Moyano, por sólo citar un par de ejemplos, saben de qué se habla. El nivel de intolerancia fomentado en todo este tiempo no sólo es dirigencial sino que ha calado en lo cotidiano de las relaciones personales. A quien diga lo contrario, y sin ánimo de autorreferencia, se lo invita a que recorra los comentarios de lectores de este diario en los espacios cedidos para dar las opiniones de notas como la de este cronista. La cruzada de la pureza política (sic), las inquisiciones lanzadas por quienes osen debatir apenas la superficie de las ideas, es inclasificable. Para este modo de pensar el hacer público, es demoníaco abrir al debate. Se cree en lo que se dice como en el uno y trino creacional. El resto, es traición abierta.

Es bien cierto que el gobierno que concluyó hace pocos días hizo de sus pareceres un culto pagano que no permitía el mínimo gris so pena de ser excomulgado al grupo de los anatemas. Sin embargo, aparece con preocupación entre los defensores de Cambiemos un larvado instinto análogo. Debería saber el gobierno que recién inicia que los obsecuentes que nunca no ven fisuras ni errores para reparar serán los primeros traidores cuando el poder de quien hoy transitoriamente lo detente empiece a menguar. Porque, señoras y señores, el poder nunca será eterno. Basta asomarse a cualquier manual de historia universal.

La eternidad es otro concepto religioso que no necesita demostración humana. Dios es eterno porque es pasado, presente y futuro. El tiempo no es más que una convención de los mortales para intentar explicar lo permanente. Sería bueno que los que asumen el cargo de servidores públicos y los que lo han dejado por decisión popular se decidieran a ser políticos y no religiosos, recordando que ni uno solo, ni los de antes ni los de ahora, es poseedor de verdades absolutas y menos indiscutibles. Caso contrario, conviene que vayan pensando en una sotana y no en saco y corbata, banda y bastón de mando de una República.

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