Bicentenario de la Independencia
Sábado 09 de Julio de 2016

La patria, un encuentro con el otro

El filósofo Darío Sztajnszrajber propone tomar la fecha patria como espacio de reflexión y de repensar la historia desde el presente y como comunidad. Cuestiona al utilitarismo y a la meritocracia como valores. Y afirma que hoy la patria debe pensarse "como una democracia abierta al encuentro con el otro". Y agrega: "A la negrada o al cabecita negra las ideas de patria tradicional quieren negar o colocar debajo de la alfombra".

—¿Qué expectativa nota en la sociedad respecto del Bicentenario?

—Las expectativas sociales, salvo hechos que están muy instalados en la comunidad, surgen más que nada a través de las prácticas políticas. En la medida que no haya un fomento de la celebración de las fechas patrias quedan como más cerca de lo que es un feriado, pensando más en lo diario que en lo que puede ser un espacio de reflexión y de repensar la historia en función de nuestro presente. Incluso en otras épocas diferentes, donde se le ha dado mucha importancia a estas fechas, tampoco se las ha convertido en un lugar de debate y de repensarse a uno mismo como comunidad. Con lo cual los dos extremos en el fondo comparten un mismo plano que es: o hacer del día patrio un fetiche o no darle directamente importancia. Los festejos que a mí me interesan tienen que ver con el espacio de reflexión. Entiendo que haya una lectura más emocional que está buenísima, porque hace a la cohesión de una comunidad, pero que no tiene otro objetivo que celebrar la historia. Y lo más interesante es pensarse a sí mismo en su presente, con sus contradicciones. En ese sentido yo no he visto ese tipo de proyectos. El Bicentenario de 1810 fue una fiesta fascinante, hermosa, con mucha gente en la calle, pero no se dio tampoco esa tarea que le hace bien a la comunidad en su conjunto, que es la capacidad de dudar de sí misma.

—¿Dónde habría que hacer hincapié al hablar de independencia?

—Hay una idea de Platón en el Alcibíades donde plantea que para gobernar a los otros primero tiene que poder gobernarse a sí mismo. Hay una relación muy interesante entre lo que es la independencia de una sociedad con lo que puede ser una independencia más bien personal y existencial, hasta qué punto una persona se siente libre o independiente. Y hasta qué punto entonces se puede producir una homología entre esa independencia individual y la de la sociedad. En ambos casos lo que aparece fuertemente es la idea de condicionamientos. Creo que es fundamental no idealizar la independencia pensando que uno puede realmente alcanzar un estado de autonomía absoluto. Porque pasa lo mismo que con todas las idealizaciones. Se crean imaginarios tan altos que después todo lo que sucede resulta frustrante. Es importante revisar cuáles son los condicionamientos y de qué manera lidiar con ellos. El ser humano está permanentemente condicionado por un trasfondo que no elige. Y es a través de ese trasfondo —que pueden ser el lenguaje, nuestros vínculos o las distintas instituciones en las que somos arrojados— que uno puede darse un trabajo de construcción y cuestionamiento. Pero no un trabajo que niegue justamente ese condicionamiento como algo que uno puede sacarse de encima, como quien se cambia de remera. De última te podés cambiar de remera pero siempre terminás poniéndote una. Me parece importante entender, como decía Foucault, que el sujeto está sujeto. Entender cuáles son las sujeciones de este sujeto que se piensa autónomo y que sin embargo esa autonomía está atravesada por condicionamientos que uno no elige. Qué hacer con esos condicionamientos es la clave de la lucha por la independencia. Me parece que la independencia no tiene tanto que ver con lo que se manifiesta como probable dependencia, sino al revés, se trata de hurgar y encontrar las dependencias ocultas, que son las que tienen más fuerza. Preguntarse de qué dependemos. Y ahí aparecen valores instituidos. Me preocupa mucho más la productividad o el utilitarismo como valor desde los que deberíamos poder trabajarlos y apartarnos un poco, porque ahí se van estructurando formatos institucionales que nos condicionan todo el tiempo. La meritocracia hoy está ligando alto como uno de los valores instituidos dentro del sentido común dominante. El cuestionamiento a la meritocracia me parece clave para entender que se puede pensar otro modelo de sociedad donde no haya un privilegio para los que el sistema considera que se lo merecen. Y entender que el mérito supone siempre un criterio que define quién está mejor que quién, y que lo que hay que discutir es el criterio. Por eso es importante volver a 1816, a la época de las luchas de la independencia, donde si pensás el lugar que ocupaban los negros y los indios te das cuenta que la meritocracia tenía una fuerte raigambre clasista, cuando no étnica. En ese sentido el recuerdo de la historia sirve para pensar nuestro presente.

—¿Sigue siendo para los chicos y adolescentes la escuela el mejor lugar de transmisión de la historia y sus debates?

—Hay una paradoja constitutiva en todo el sistema escolar, que es que se vuelve muy difícil lograr inspirar desde la historia, en pertenencias comunitarias, en comprender a la historia como un modo de pensarse a uno mismo en relación con el otro, que la historia nos movilice. Es difícil producir al mismo tiempo un efecto de inspiración movilizante desde la historia y que a su vez ese sea el contenido de una materia más que los alumnos tienen que aprobar rindiendo exámenes, con cierta normativa que en general lo que hace es desapropiarle a la historia todo ese objetivo emocional. Es muy difícil que si para los alumnos hoy el Bicentenario es una unidad más del programa puedan conectar desde otro lado que no sea aprobar un examen. Eso hace que en general dependa de la buena voluntad de un docente que quiera poder generar ambas cosas. O bien desde la creación de espacios no formales, que cada vez hay más, y que se muestran como el anverso de la educación cotidiana. Es en la misma escuela, pero tal vez fuera de hora, donde los chicos se pueden juntar en un café filosófico, preparando olimpíadas de historia o haciendo teatro. Y desde ahí ver de qué manera trabajar el Bicentenario. Pero siempre vas a encontrar la posibilidad de un trabajo más profundo emocionalmente cuando no se encuentre encorsetado por las normativas institucionales de la escuela.


"Si la patria no tiene que ver con la democracia, la diversidad y la redención de los grandes derrotados de la historia termina siendo un concepto funcional a las elites dominantes" / @sztajnszrajber

—¿Cómo analiza el vínculo de las distintas generaciones con los símbolos patrios?

—Lo más importante es poder generar una deconstrucción de la idea de patria tradicional, que atrasa y lo que hace es fomentar violencias internas y externas. Si el símbolo patrio tiene como objetivo una identificación dogmática con la idea de argentinidad, entonces no me interesa. Me interesa la patria siempre como una democracia abierta al encuentro con el otro. Lejos está hoy la patria, como en otro momento y que fue necesario, de generar una homogenización cultural y social. Todo lo contrario, hoy la patria para mi gusto tiene que promover exactamente lo contrario, que es la exaltación de una diversidad que constituyendo día a día la Nación Argentina. La Argentina es básicamente producto permanente de una apertura hacia el otro que se da en sus mixturas constitutivas, que continúan dándose día a día, porque no es que se conformó en algún momento una especie de patrón argentino, sino que lo interesante de la Argentina es que esa mezcla es desordenada y que cada vez más vamos visualizando en nuestro país esa existencia de una hibridación cultural. Y eso suma para el crecimiento de una sociedad que necesita cada vez más ser menos violenta con el otro. En ese sentido me parece que hay un gran ausente o discriminado en la patria argentina que es a quien en principio cualquier sentimiento patriota debería redimir, que son aquellos sectores postergados de nuestro país, los más discriminados desde el punto de vista no sólo social y económico sino también cultural y mediático. Y hablo de lo que la tradición ha llamado con el nombre del negro, la negrada, el cabecita negra, que es como el hijo más dilecto de esa mixtura que en general las ideas de patria tradicional quieren negar o colocar debajo de la alfombra. O en lugares de servicio doméstico. Por eso hay que ver cómo ese otro invisibilizado va generando obviamente sus propias manifestaciones, que en general se lo asocia con la idea de lo popular. Pero si la patria no tiene que ver con la democracia, la apertura, la diversidad y la redención de los grandes derrotados de la historia termina siendo un concepto funcional a las elites dominantes.

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