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Sábado 13 de Febrero de 2010

La patria del deseo

Para ser hermosa, una mujer debe ser legítima. Hay muchas mujeres bellas que no son hermosas. Pienso, por ejemplo, en las modelitos que reinan en las tapas de las revistas: carne de la alta burguesía, prostitutas de clase, frívolas y fatales, obedientes al poder, leales al dinero y esclavas del lujo.

Para ser hermosa, una mujer debe ser legítima.
Hay muchas mujeres bellas que no son hermosas.
Pienso, por ejemplo, en las modelitos que reinan en las tapas de las revistas: carne de la alta burguesía, prostitutas de clase, frívolas y fatales, obedientes al poder, leales al dinero y esclavas del lujo.
Ellas no son hermosas. Apenas, si se quiere, son bellas. Y eso sólo si no se las mira bien. O si se las mira, pero no se las ve.
Las mujeres legítimas brillan desde adentro. De ellas emana un fulgor tan discreto como profundo, que los años modifican pero jamás opacan.
Pienso, por ejemplo, en Sofía Loren. Tiene más de setenta y sigue siendo maravillosa. Y poco tiempo atrás se rió de las anoréxicas Penélope Cruz, Nicole Kidman y Kate Hudson, de quienes dijo: “Casi no comen”.
Imagínense ustedes una mujer que “casi no come”. O que no bebe con nosotros una copa. Por Dios, me rectifico: mejor no la imaginen. Y si la conocen, huyan de ella como si fuera la peste. Nunca es tarde para huir.
Para ser hermosa, una mujer debe ser real. Debe tener tetas y culo, pero sobre todo ojos abiertos, manos francas y boca generosa. Tiene que saber mirarnos, besarnos y acariciarnos. Y dejarse mirar, besar y acariciar. Comer, beber y conversar con nosotros. Caminar junto a nosotros. Hacer el amor sin miedo ni reticencia.
Para ser hermosa, una mujer tiene que saber dar. Y las que viven enfrentadas al espejo, obsesionadas por la arruga, la cana o la várice no tienen tiempo para dar. Ni deseos de darse. Sólo aspiran a exhibirse en la gran vidriera de la histeria. Sólo esperan ser admiradas. Pero no aspiran a ser miradas, porque una mirada atenta podría descubrirlas tal cual son. Y entonces dejarían de ser admirables.
Admitamos nuestra parte de culpa: los hombres solemos contemplar a las mujeres como si fueran un pedazo de carne colgado de un guinche. La ternura y la cortesía no parecen ser virtudes apreciadas en el Gran Macho Argentino. Pero los estúpidos sólo fomentan la estupidez: de tanto mirarlas así, como si fueran un pedazo de carne, lograremos que se conviertan en un pedazo de carne.
Y una mujer hermosa es mucho más que carne dulce, dura y mojada. Es un alma que la sostiene y la perfuma.

Escribo esto a pedido de una mujer hermosa.
Lo hago para recordarle que lo es (ella parece haberlo olvidado).
Lo hago para recordarle lo que es: luz transmutada en acto, una flor del absoluto.
Una estrella que cayó y alumbra nuestro camino.
Una patria del deseo.
Una mano que se abre en la soledad y nos ofrece un vaso de vino.
Una ventana iluminada en el corazón oscuro de la noche.
Un nombre que pronunciamos en silencio, con dolor o con esperanza.
Una razón para vivir, y también para dar la vida.
 

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