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Jueves 18 de Junio de 2009

La muerte es triste, pero se usa

"La muerte es triste, pero se usa". Velaban a mi tío Carlos cuando escuché a mi abuela decir esta frase, una de sus tantas y célebres frases al menos para mi familia y para mí. Enriqueta, así se llamaba mi abuela, largaba todo lo que se le cruzaba y creemos que por eso, en sus 89 años de vida, nunca tomó ni una aspirina. Ella no sabía del dolor de las palabras no dichas y al hablar podía ser muy cruel, muy tierna o muy insensata.

"La muerte es triste, pero se usa". Velaban a mi tío Carlos cuando escuché a mi abuela decir esta frase, una de sus tantas y célebres frases al menos para mi familia y para mí. Enriqueta, así se llamaba mi abuela, largaba todo lo que se le cruzaba y creemos que por eso, en sus 89 años de vida, nunca tomó ni una aspirina. Ella no sabía del dolor de las palabras no dichas y al hablar podía ser muy cruel, muy tierna o muy insensata.
 
Si alguien estaba gordo se lo decía monstruosamente y sin vueltas. Si llegaba una visita que a ella no le caía en gracia, se lo dejaba en claro. Si le regalaban algo que no le gustaba, no se iba en cumplidos: "Dejátelo y usalo vos", decía la muy perra.
 
De padres italianos que mezclaron aquí dialectos y castellano y con apenas un segundo grado cursado en el campo, Enriqueta hablaba mal e inventaba palabras. "Gracialmente", significaba para ella, "gracias e igualmente"; los homosexuales eran "sensuales"; los drogadictos "adroguitos" y los problemas psíquicos eran "cítricos". Creo que los lingüistas, al no conocerla, realmente perdieron un objeto de investigación.
 
Por suerte, una tarde la grabé. Hice esto con mis alumnos, con mis sobrinos y también con mi abuela. Una de las pocas cosas que más agradezco haber compartido con ella.
 
La charla se dio una tarde en que andaba con mi grabador y sin que ella se diera cuenta. Me contó nada menos cómo estaba viviendo ese día: duro y especial para ella en que ingresó al geriátrico donde finalmente murió. Ese casete guarda el argumento con el que Enriqueta intentó convencerse de que ése lugar era el mejor, cuando todos sabíamos, incluso ella, que no lo era. De esa cinta, sus palabras salen cándidas en medio de una realidad que recordamos tan dura como culposa.
 
Pero vuelvo a la frase que me hizo recordarla por estos días. Mi abuela disparó "la muerte es triste, pero se usa" sentada en una silla, de brazos y piernas cortas y cruzadas, muy cerca del cajón donde velaban a mi tío y como recibiendo con ella a quien entraba. Nunca supe muy bien qué quiso decir: tal vez que la muerte de los seres queridos era dolorosa, pero inevitable. En su momento la escuché incoherente, pero ahora la pienso sencilla, sabia e irremediable. Y digo que la volví a recordar _a mi abuela y a la frase_, porque en estos días parece que de golpe mucha gente decidió morir. Sin dudas llaman la atención las muertes en simultáneo de tantas personalidades conocidas y mediáticas como Fernando Peña, Alejandro Doria, Oscar Ferreiro y José Ignacio García Hamilton. Muertes lamentadas para muchos y a las que sumo una más, pero de mi íntimo mundo. Esta semana me llamó mi amiga Andrea al celular. Estaba trabajando cuando la saludé como siempre, con apuro y hablando en un rincón de la redacción para que no se escuche tanto mi vozarrón. "Murió mi papá", me dijo Andrea llorando. Estupefacta reputié más que siempre. Recordé a mi abuela. Y maldije su erudita verdad. Que la muerte es triste, sigue en uso, y que duele cuando conmueve y entristece a nuestros seres más queridos.

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