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Domingo 29 de Marzo de 2015

La muerte de Don Guillermo y el estado “normal” de la ciudad

Guillermo Soto tenía 60 años y desde hacía varios meses deambulaba por las calles del barrio Las Flores sin rumbo fijo. 

Guillermo Soto tenía 60 años y desde hacía varios meses deambulaba por las calles del barrio Las Flores sin rumbo fijo. No tenía casa ni trabajo, por lo que vivía cirujeando y dormía donde lo sorprendía la noche. Hace nueve días, el sueño lo venció en el pasaje 512 al 6400. Allí lo encontró un grupo de personas, que lo prendió fuego y se entretuvo viendo cómo las llamas lo consumían. Ingresó al Heca a las 4 con el 70 por ciento del cuerpo quemado y falleció cinco horas después.

   Su muerte no provocó masivas marchas de repudio. No muchos se horrorizaron. Tal vez si Don Guillermo no hubiese sido un indigente y su espantosa muerte se hubiese producido dentro de los bulevares, la reacción habría sido distinta.

   O no. Quizás su muerte potencia ese sentimiento de normalidad con el que los rosarinos han comenzado desde hace tiempo a ver la violenta realidad que se pasea por las calles de la ciudad.

   La Real Academia Española define a “normal” como una cosa que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano. También refiere a lo que se halla en su estado natural.

   Y precisamente son estas normas o reglas de anticonvivencia las que parecen imponerse cada vez más en la ciudad, por lo que se convirtieron en el “estado natural” de las cosas, y ya no sorprenden.

   De no ser así, no se entiende cómo no causa demasiado asombro que dos personas diriman sus diferencias a los tiros a 15 metros de donde la intendenta Mónica Fein daba un discurso el domingo pasado en el parque Oeste.

   Ese parece ser el patrón normal de las cosas en una ciudad en la que en los discursos oficiales se acuña con facilidad el término convivencia, pero donde hay cada vez más gente armada resolviendo pleitos a los tiros. Un día después de que dos personas terminaran internadas (entre ellas un funcionario municipal) a raíz del tiroteo en el parque Oeste, tres parejas discutieron a bordo de un colectivo de la línea 121. Eran las cuatro de la tarde, uno de los jóvenes terminó herido con una tijera al tiempo que otro extrajo un revólver calibre 22 en plena discusión, que por fortuna no llegó a utilizar porque fue detenido por la policía.

   Casi a la misma hora, en el arroyo Ludueña a la altura de la autopista a Córdoba, tres muchachos asaltaron a un padre que pescaba junto a sus hijos. Los apuntaron con una ametralladora PAM I (sí, leyó bien, los pibes tenían una ametralladora) y se llevaron todas sus pertenencias y el auto.

   Así, en tan sólo dos días hubo tres situaciones que dan cuenta de la cantidad de armas en poder de manos civiles que hay en Rosario. Y el estado de “normalidad” que subyace a todos estos sucesos provoca, de modo alarmante, que los rosarinos se sorprendan cada vez menos con ellos.

   No es la primera vez que esa “normalidad” se pasea cerca de la intendenta. En septiembre del año pasado, un feroz tiroteo dejó un saldo de dos heridos en la puerta de la escuela John F. Kennedy (Grandoli y Gutiérrez). Mónica Fein estaba a una cuadra participando de un acto. Y en septiembre de 2012, dos jóvenes rompieron el vidrio del auto en el que se desplazaba y le robaron la cartera en Pellegrini y Felipe Moré.

   A Don Guillermo lo mataron sin piedad en el barrio en el que, paradójicamente, la provincia y el municipio realizaron el año pasado un maratón “por la convivencia”. Horas después de esa carrera, un vecino terminó con un balazo en la cabeza.

   Como se ve, más allá de las buenas intenciones y las políticas a largo plazo que se tejen para frenar la violencia, en la coyuntura las situaciones se repiten sin soluciones concretas.

   Y por más que se hable de “conflictos interpersonales” y “destrucción de lazos familiares”, este estado de cosas lleva a los rosarinos a percibir a la violencia como normal.

   La regla parece ser armarse y dirimir los conflictos a los balazos. Y la ciudad sigue su pulso sin al menos ruborizarse por las muertes como la de Don Guillermo y pibes de 15 años asaltando a otros con una ametralladora.

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